EN NUESTRA VIDA DE FE CULTIVEMOS LA SINCERIDAD Y LA DOCILIDAD: ÁNGELUS DEL 30/08/2026
“Nunca interrumpir el dialogo con el Señor y nunca juzgar el obrar de Dios”, son las dos cosas importantes que nos enseña el Apóstol Pedro, a pesar de su “incertidumbre e impulsividad”. Así lo dijo el Papa León XIV este 30 de agosto, en su reflexión previa a la oración mariana del Ángelus, ante miles de fieles y peregrinos que se congregaron en la Plaza de la Libertad de Castel Gandolfo. Antes de invocar la maternal protección de la Virgen María, que fue obediente a los designios de Dios permaneciendo de pie junto a la cruz de su hijo Jesús, el Santo Padre dijo que debemos pedir tener la misma sinceridad de Pedro y cultivar su docilidad. Compartimos a continuación el texto de su alocución, traducido del italiano:
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo:
Hoy el Evangelio nos habla de Jesús que revela a sus discípulos el Misterio de su Pascua inminente: el Mesías – dice – tendrá que «ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, de los sumos sacerdotes y los escribas, y ser ejecutado y resucitar al tercer día» (Mt 16, 21).
Lo que afirma está muy lejos de sus expectativas de un Mesías triunfante y poderoso, con cuya ayuda derrotar y pisotear a los enemigos (cf. Sal 108, 14). Ya habían tenido forma, en el tiempo transcurrido con Él, de sorprenderse con muchos de sus gestos y palabras. Este último mensaje, sin embargo, va realmente más allá de cualquier previsión. En particular, Pedro manifiesta su desacuerdo y reclama a Jesús, diciéndole: «“¡Dios no lo quiera, Señor; eso nunca te ocurrirá!”» (v. 22).
Poco antes había reconocido en Él al «Cristo, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Ahora, en cambio, sorprendido y quizá decepcionado de lo que escucha, en contraste con la bellísima profesión de fe que acababa de hacer, le reclama. Parecería que le dice: “sí, creo que tú eres el Mesías, pero no es así como se salva al mundo”. El suyo es un impulso de celo, ciertamente motivado por amor sincero y, sin embargo, nos hace reflexionar.
También para nosotros, no es siempre fácil entender y aceptar los caminos de Dios, especialmente cuando están muy alejados de los nuestros. Entonces la tentación es pensar, contra toda lógica de fe, que es el Señor el que se equivoca o, peor aún, el que no nos escucha o no se interesa por nosotros. Frente a esta incertidumbre Pedro, aún en su impulsividad, nos enseña dos cosas importantes.
La primera es la de nunca interrumpir, mucho menos en estos momentos, el diálogo con el Señor; más bien, manifestarle con confianza incluso nuestra dificultad para comprender lo que nos pide.
La segunda, sin embargo, es la de nunca juzgar el obrar de Dios, sino más bien, ponernos a la escucha, con humildad, en la oración, de lo que nos está revelando a través de su actuar, incluso cuando no corresponde a nuestras expectativas.
Y la grandeza del Primero de los Apóstoles se manifiesta también en esto.
Jesús le responde: «¡Ponte detrás de mí, Satanás!» (v. 23), y les explica, a él y a los otros discípulos que, para seguir sus huellas, deberán negarse a sí mismos, tomar su cruz y seguirlo (cf. v. 24). Pedro lo hará: después de haberlo escuchado, aceptará el desafío y permanecerá fiel a las palabras del Cristo, al que ha reconocido como su Redentor, por toda su existencia, hasta el martirio.
Pidamos entonces al Señor que tengamos también nosotros, en nuestra vida de fe y en nuestra oración, la misma sinceridad de Pedro, al decirle humildemente lo que sentimos realmente, incluso cuando el corazón está confuso; y, al mismo tiempo, saber cultivar su misma docilidad, al aceptar aquello que nos pide más allá de nuestras expectativas.
Que nos ayude María, que fue obediente a los designios de Dios incluso bajo la cruz de su Hijo Jesús.

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