EL MUNDO OFRECE CAOS Y EVASIÓN CUANDO EL BIENESTAR RESIDE EN NOSOTROS MISMOS: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN RÍMINI (22/08/2026)

Este 22 de agosto, el Papa León XIV terminó su visita pastoral a San Marino y Rímini celebrando la Santa Misa en el Puerto de Rímini. El Santo Padre, en su homilía, exhortó a los presentes a ser una comunidad dispuesta a acoger y recordó que “los valores de honestidad, gratuidad y benevolencia son notoriamente queridos por la gente de la región de Romagna, franca y de índole jovial, laboriosa y solidaria”. Compartimos a continuación el texto de su homilía, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy muy feliz de presidir esta Eucaristía con ustedes y para ustedes, Iglesia que se encuentra en Rímini. Lo hago al culminar un día intenso, en el cual visité la República de San Marino y el “Meeting para la Amistad entre los Pueblos”. Ahora, mientras entramos en el día del Señor, es el momento de celebrar el Misterio que da sentido a todo y culmen y fuente de toda nuestra acción pastoral.

En el Evangelio que hemos escuchado (cf. Mt 16, 13-20) Jesús pregunta a los discípulos: «Ustedes, ¿quién dicen que soy?» (v. 15). Pedro responde, el nombre de todos: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (v. 16). También nosotros, después de dos milenios, estamos llamados a renovar la misma profesión de fe: estamos aquí porque creemos que Jesús es el Mesías, el Hijo eterno del Padre, consagrado y enviado al mundo «para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20, 28).

Sí, muy queridos todos, en las palabras de Pedro, reconocemos la verdad que nos llena de alegría y esperanza, y encontramos el camino que conduce a la vida: el camino de Dios que nos pone al servicio del hombre (cf. Fil 2, 5-8), del Maestro que se inclina a lavar los pies a los discípulos (cf. Jn 13, 12-15), del Pastor que se sacrifica por su rebaño (cf. Jn 10, 11). Es bajo esta luz que miramos el gesto de Jesús que entrega a Pedro las llaves (cf. Mt 16, 19-20), porque en la Iglesia, a todos los niveles, la autoridad es servicio.

El Papa, los Obispos, los sacerdotes y diáconos están llamados en primer lugar a vivirla así, y a ellos debe reunirse todo el Pueblo de Dios, cada uno según su llamada específica. Dio testimonio de ello muy bien, entre ustedes, el Siervo de Dios Don Oreste Benzi, que decía: «Nuestra vocación consiste […] en dejarse conformar a Cristo pobre, a Cristo siervo, a Cristo que expía el pecado del mundo, a Cristo, el Hombre Dios encarnado que vive en medio de nosotros en una forma de compartir directa a partir de los últimos» (Con esta sotana suave, editado por Valerio Lessi, Bolonia 1991, p. 42).

En la Iglesia, de hecho, la misión de “atar” y “desatar”, si por una parte se refiere al papel de quienes, el nombre del Señor, estamos llamados a ejercer la autoridad, por otra describe un estilo y una tarea que involucra a todos los bautizados: el de abrazar, reunir, acoger, liberar, perdonar, emancipar a quien sea prisionero del pecado y sus consecuencias, haciéndonos administradores rectos y sabios de los bienes que Dios nos encomienda, para que todo concurra, en la caridad, para el bien de todos.

En la primera lectura (cf. Is 22, 19-23) el profeta Isaías nos habló de Sebna, un funcionario a quien el rey Ezequías habían encomendado un gran proyecto de renovación religiosa, moral y social de Jerusalén y el reino de Judá. Por ambición y codicia, sin embargo, este hombre poderoso había comenzado a abusar de la autoridad que se le había conferido, acumulando riquezas para sí y para su círculo de amigos y parientes e imponiéndose sobre las personas. Había olvidado que lo más importante de la aventura en la cual su señor lo había involucrado, no eran los medios económicos y el poder, sino la posibilidad, a través de ellos, de promover un designio de renacimiento para el bien de toda la comunidad. Por eso fue destituido y su misión encomendada a Eliakim, hombre honesto y libre de condicionamientos, sólido en su rectitud, como un clavo clavado en la pared, según las palabras del Profeta (cf. v. 23).

El mensaje es claro: todo lo que somos y tenemos es don de Dios, encomendado a nosotros para que, en sus manos, podamos ser unos para otros, instrumentos de salvación en la justicia, a partir de los lugares y las personas con las que vivimos y trabajamos todos los días, para dirigirnos, con un corazón grande y abierto, al mundo entero.

San Pablo, en la segunda lectura, nos habla de los designios de Dios y dice que son inescrutables: no por la complejidad de sus razonamientos, sino por la inmensidad que desarma de su amor, que supera toda nuestra capacidad y expectativa, «porque de él – dice el apóstol –, por medio de él y por él existen todas las cosas» (Rom 11, 36). Dios es sencillo, porque es pura caridad, y nos llama también a nosotros a amar con un corazón semejante al suyo, conformando a sus caminos nuestros caminos, y a sus pensamientos nuestros pensamientos (cf. v. 33).

Estos valores de honestidad, gratuidad, benevolencia, son notoriamente importantes para la gente de Romagna, franca y de índole jovial, laboriosa y solidaria. De ellos son testigos los numerosos ejemplos de santos y beatos que aquí han nacido, ejerciendo la caridad y viviendo el Evangelio, a veces hasta el martirio. Lo testigo también el compromiso que hasta ahora sigue siendo ferviente en las distintas realidades eclesiales, en las parroquias, en las familias, en la Acción Católica, en los distintos movimientos y asociaciones, en las obras de asistencia y formación cristiana. Es ciertamente también por esta riqueza, además de por las bellezas naturales y artísticas de la costa Adriática y de tierra adentro, que hay muchísimas personas, de muchas partes de Italia y del mundo, se dirigen aquí, cada año, para sus vacaciones.

Y, al respecto, quisiera animarlos a seguir impulsando el compromiso con el que buscan lograr que este territorio sea acogedor, además de por el descanso y la diversión, también por el espíritu. San Juan Pablo II, en visita que hace ya tantos años, hablando de dicha vocación, subrayaba que «descansar no quiere decir separarse de sí mismo. Más aún – decía –, descansar significa encontrarse consigo mismo y reconciliarse con su propia intimidad» (Homilía de la Santa Misa en Rímini, 29 de agosto 1982).

El mundo en el que vivimos ofrece muchas formas de descanso, algunas de las cuales, sin embargo, llevan más bien a la dispersión y a la ruina que no a un verdadero “volver a a sí mismo”, y dejan el vacío en el corazón. Hay quien les llama “evasión”, como si la vida ordinaria fuese una prisión de la cual hay que huir. Pero nosotros sabemos que el lugar más verdadero en el cual encontrar descanso, en el cual encontrar a Dios para encontrarnos realmente entre nosotros, no es afuera, en el caos, sino dentro de nosotros, en lo profundo del alma. Como comunidad cristiana estamos, entonces, llamados de manera especial a cultivar dicha experiencia y transmitirla, en la apertura y la hospitalidad personal y de las estructuras, en el cuidado y el recogimiento de las iglesias, en la predisposición a la ayuda y la caridad. Y que esto sea ante quien busca un merecido tiempo de descanso después de un año de trabajo, o hacia quien, herido en el cuerpo y el espíritu, pide refugio, alimento y asistencia lejos de su tierra.

Su Obispo, en una Carta a la Diócesis, escribió: «La oración, la unidad, la escucha, la valentía, la sencillez, la gratitud, la belleza […] querían señalar actitudes siempre presentes en todo fragmento de la vida» (Mons. Nicolò Anselmi, Carta past. Amerai, sarai felice e godrai di ogni bene, ora e nei secoli eterni, 14 de octubre 2024). Queridos hermanos y hermanas, mientras propongo nuevamente a todos ustedes esta importante invitación, para su reflexión y su compromiso, les agradezco una vez más por su recibimiento, por su participación llena de fe y alegría, y los encomiendo a la intercesión de María Santísima, de San Gaudencio y de sus santos patronos.

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