EL AMOR QUE MUEVE AL MUNDO, LLAMA A LA CONVERSIÓN, LA PAZ Y LA CIVILIZACIÓN DEL AMOR: PALABRAS DE LEÓN XIV EN EL ENCUENTRO DE RÍMINI (22/08/2026)

Este 22 de agosto el Papa León XIV se encontró con los participantes en el 47º Encuentro por la Amistad de los Pueblos en Rímini. Al mencionar el lema de este año, el Santo Padre dijo que el amor “mueve”, como en el cielo. Así también en la tierra el amor es la ley de la vida, el método de la redención, del Mesías crucificado. La cultura católica debe “oponer” el falso realismo y promover el realismo de la misericordia, que reconoce a todos, incluso a los adversarios, como hermanos. Publicamos a continuación el texto de su discurso, traducido del italiano:

Saludo espontáneo del Santo Padre al Auditorium

Buenos días. Qué tal, jóvenes. Buenos días.

No saben qué hermoso es verlos a todos ustedes aquí juntos. Y son sólo una pequeña parte, porque en otro lado hay muchos más. ¡Excelente!

Gracias, gracias. Los aplausos más fuertes deben ser para Jesucristo: ¡todos somos discípulos de Jesús!

Gracias. Hay muchas oportunidades aquí para reflexionar sobre nuestra vida, sobre la sociedad, sobre la fe. Apenas acabo de ver una, que habla de la vida de San Agustín, que habla del amor.

El amor es la fuerza que puede realmente cambiar al mundo. «Si todos nosotros queremos cambiar el mundo, comencemos con nosotros mismos», dice San Agustín. Su corazón, nuestro corazón, que es tan grande, tan capaz de amar, nunca debe estar cerrado. Busquemos todos el camino para caminar juntos, para construir un mundo de paz y amor.

Gracias a ustedes. Sigan con este hermoso camino. Vivan siempre con este entusiasmo verán que podemos realmente construir un mundo de paz y amor.

¡Muchas felicidades!

Saludo espontáneo del Santo Padre a la Aldea Juvenil

Buenos días a todos.

Gracias. Gracias. Gracias por estar aquí; gracias por este recibimiento y por este entusiasmo que es signo del Espíritu.

Escuchen un momento… hace algunos años San Juan Pablo II dijo: «Si el mundo de hoy necesita algo, es la comunión».

Aún no hoy podemos repetir las mismas palabras. Y si habrá comunión en el mundo, comienza con ustedes los jóvenes, porque ustedes saben construir la comunión con la amistad, saben respetarse unos a otros para construir la paz y el mundo los necesita, necesita su entusiasmo, su caridad, su fidelidad.

Que Dios los bendiga a todos ustedes y sean siempre fieles a Jesucristo.

Discurso del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas:

Estoy feliz de encontrarme en Rímini, en los ambientes que son importantes para ustedes por el compromiso, la creatividad y el diálogo cuyo encuentro de finales de agosto desde hace años es capaz de movilizar. Agradezco al Presidente Scholz y al Doctor Prosperi por su saludo.

En este momento histórico comprendemos más profundamente la profecía que hace casi medio siglo se inscribió en el nombre que se le dio a estas Jornadas: “Meeting para la Amistad entre los Pueblos”. Como les dijo San Juan Pablo II, «ya sólo él pronunciar estas palabras alegra el corazón: “¡Encuentro!” “¡Encuentro de amistad!” “¡Encuentro entre los Pueblos!” Palabras que adquieren un particular significado en estas horas, a menudo dramáticas, de la historia del mundo» (Discurso al III Meeting para la Amistad entre los Pueblos, Rímini, 29 de agosto 1982).

También hoy la paz es custodiada y difundida por personas a las que les gusta encontrarse y no temen discutir. El Papa Francisco con la Encíclica Fratelli tutti no se enseñó a cultivar la amistad social, que representa el rostro público, dinámico y concreto de la fraternidad. Reconociéndonos, de hecho, en la dignidad de hijos de Dios, entramos en contacto con lo que une originalmente a los seres humanos, más allá de cualquier diversidad, separación o conflicto. Podemos identificarnos uno con el otro, escucharnos y hacernos amigos, entre personas y, por tanto, entre pueblos. Antes que fronteras, definiciones e instituciones están siempre las personas. Esta conciencia está en el corazón del cristianismo: ustedes lo saben, porque han sido educados para leer el Evangelio como revelación de Dios que se hace encuentro, acontecimiento, mirada, experiencia, despertando en cada uno el deseo de ser amado y de amar. De esa forma, no han hecho del “Meeting” una especie de enclave: al contrario, éste se ha convertido en una encrucijada para la Iglesia y la sociedad, un encuentro que multiplica los encuentros e inspiran nuevos caminos.

Agradezcamos al Señor por esta herencia viva, que les da una gran responsabilidad histórica, en la comunión más grande de la Iglesia, al servicio de una humanidad que tiene hambre y sed de justicia. Como nos enseñó el Concilio Vaticano II, de hecho, «las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de hoy, de los pobres sobre todo y de todos aquellos que sufren, son también las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo y nada hay genuinamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Const. past. Gaudium et spes, 1). Sí, queridos amigos, es la hora de la responsabilidad, especialmente para quien mucho ha recibido de una milenaria tradición de fe que se hace cultura. Las distintas ediciones del “Meeting”, de hecho, han sabido abrevar del gran patrimonio del pasado las razones que los comprometen hoy ante el arte, la música, la literatura, la ciencia, la economía y toda expresión del alma humana. También el título elegido para esta edición, tomado del último verso de la Divina Comedia, nos impulsa hacia la historia de la cual Dios es Señor. «El amor que mueve el sol y las demás estrellas» no ha desaparecido, no ha perdido fuerza, ni intensidad, si bien es un amor que permanece de buen grado silencioso, a diferencia de las fuerzas ruidosas que agitan la tierra, el cielo y a todas las criaturas.

Sí, ¡el amor mueve! «Hace surgir el sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 45). Así Jesús describe la perfección de Dios, manifestando la separación entre la generosidad de su actuar y la restricción de los pensamientos humanos. La realidad se sofoca en nuestros cálculos y respira en la gratuidad de Dios. No por casualidad mis predecesores – San Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco – indicaron la misericordia divina como punto de impacto entre el Evangelio y las “cosas nuevas” de esta época dramática y maravillosa. Seguir a Jesucristo después de las tragedias y el reinicio del siglo XX implica, de hecho, una conciencia lúcida: el mal no se combate con el mal. De igual forma que en el cielo, también en la tierra del amor es la ley de la vida, el método de la redención, del Mesías crucificado. Al falso realismo, que vuelve a armar las mentes, las palabras y a las naciones, la cultura católica hoy debe oponer el realismo de la misericordia, para el cual no pueden existir enemigos y todos, incluso los adversarios, son hermanos y hermanas a los que hay que mirar a los ojos y encontrar en la verdad. El pecado existe, es verdad, pero más fuerte es el amor redentor de Cristo, que nos compromete a purificar pensamientos, intereses, costumbres, hábitos, proyectos, inversiones – todo aspecto de la vida – de todo lo que la cultura del poder ha contaminado.

Entre ustedes no faltan capacidades, responsabilidades y recursos que pueden ponerse al servicio de una auténtica conversión de pueblo. «la obsesión por preservar la propia gloria, la propia “dignidad”, la propia influencia no debe formar parte de nuestros sentimientos. Debemos perseguir la gloria de Dios y ésta no coincide con la nuestra. La gloria de Dios que deslumbra en la humildad de la gruta de Belen o en la deshonra de la cruz de Cristo nos sorprende siempre» (Francisco, Discurso en el V Congreso Nacional de la Iglesia Italiana, Florencia, 10 de noviembre 2015). Liberemos, entonces, la convivencia de la sospecha, la cultura de la prepotencia, la educación de la ideología, el trabajo de ley idolatría por la ganancia, la tecnología y las finanzas de los negocios de la muerte. A partir de las organizaciones que hemos generado y en las que trabajamos, desenmascaremos las relaciones de poder injustas, en la raíz de pobreza y desigualdades, de la guerra y los desastres ambientales. Desarmemos el desarrollo tecnológico cuando se hace invasivo y destructivo. Hacen falta pioneros valientes, que comiencen por el propio cambio de ruta a hacer convincente y creíble la conversión que se pide a todos.

Que no haya solamente quien sopla sobre el fuego del cansancio y la desesperación; que haya también quien enciende de nuevo sueños y visiones. Ambos caminos son incompatibles, porque uno explota la división, la alienación y la desesperación; la otra sirve al Reino de Dios y a su justicia. «En un mundo atravesado por tantas maniobras que buscan conquistar mercados y espacios de influencia, a menudo revestidas por retóricas tranquilizantes y construcciones ideológicas seductoras, nuestro corazón advierte la necesidad de descubrir un designio distinto, sabio y benévolo, semejante al que María contempla en el Magníficat, cuando proclama que de generación en generación la misericordia de Dios se extiende sobre aquellos que lo temen. Este designio de misericordia atraviesa la historia también hoy, dentro de los pasajes más rápidos se inquietantes marcados por los algoritmos, por las redes globales, y se convierten en la brújula para una existencia evangélica en la era digital. En el centro está el misterio de la Encarnación» (Carta enc. Magnifica humanitas, 230-231).

Queridos amigos, la belleza desarmada de este Misterio pide correr “el riesgo educativo” del que les habló Don Giussani. El intuyó que «el método educativamente más capaz de bien no es el que vive de huir de la realidad, para afirmar de forma separada el bien, sino el que vive de la promoción del bien en el mundo» [1]. E insistía: «en el mundo significa enfrentarse con la realidad completa, enfrentamiento riesgoso, si así quieren llamarle; pero sería mejor decir exigente» [2]. Hermanos y hermanas, asumamos ahora esta responsabilidad, que es compromiso con Cristo y compromiso con nuestro mundo.

Queridos jóvenes, son muchos aquí, varios como voluntarios. Son signo de que el futuro es una promesa, no una amenaza. Muchos ya no lo creen, sea entre los adultos, o entre los jóvenes. Silenciosamente, sin embargo, «el amor que mueve el sol y las demás estrellas» impulsa todavía a la esperanza. Lo advertí intensamente entre sus contemporáneos en el Líbano, en África y en España. El amor mueve, apremia, despierta del letargo, su cita nuevas vocaciones y llama a arriesgarse. ¡Pónganse en juego! Ábranse una verdadera catolicidad, ensanchando sus vínculos más allá de cualquier pertenencia demasiado restringida. Que el Movimiento, los grupos, las comunidades sean un trampolín desde el cual sumergirse en toda la realidad. Luchen contra lo que quisiera alejarlos de hermanos y hermanas de cultura, sensibilidades y orígenes distintos, especialmente de los más pobres. Salgan, en cambio, al encuentro de todos.

En todas las latitudes, en particular en los márgenes y entre aquellos que sufren, encontrarán a quien ya está listo para construir la civilización del amor. No le permitan a nadie menospreciar esta palabra, que es el nombre mismo de Dios: «Dios es amor» (1 Jn 4, 16). En el amor nunca hay compulsión, adoctrinamiento; nunca seducción, engaño, enrolamiento. Existe amor solo en la libertad, en la discusión viva, en el don generoso de sí mismo.

Queridos jóvenes, hoy el mundo parece asombrarse por su adhesión a Cristo, por la atracción que sienten por Él y su Palabra, por su pertenencia a la iglesia. Que sean cristianos es hoy, para muchos, una sorpresa. Sin embargo, sin ruido, «a través de ustedes la palabra del Señor resuena» (1 Tes 1, 8). Lo escribí a San Pablo a la muy joven comunidad de Tesalónica. Y continuaba: «Su fe en Dios se ha extendido por todos lados, tanto, que no necesitamos hablar de ella» (ibid.). No es una cuestión de números, si bien conmueven los miles de sus contemporáneos que piden el bautismo en sociedades consideradas entre las más secularizadas del mundo. Es una cuestión de libertad: la verdad se encuentra sólo en la libertad.

Lo estamos comprendiendo cada vez mejor, en circunstancias históricas que reactivan las preguntas más humanas y un deseo infinito de sentido, de justicia y paz. Así, una cierta pérdida de influencia, que nosotros los adultos quizás temimos y combatimos, debía revelarnos que podemos valorar mejor el poder del Evangelio, los vínculos que generan, la lógica que enciende, la vida que hace surgir. Como repitieron muchas veces mis predecesores, «la Iglesia no hace proselitismo. Se desarrolla más bien por atracción» [3]. Es la atracción por una forma de vivir en el mundo, a propósito de la cual Don Giussani provocativamente preguntaba: «¿Se puede vivir así?» [4]

Ya en el siglo II, por otra parte, el anónimo autor de la Carta a Diogneto reconocía que los cristianos «se proponen una forma de vida maravillosa e, indudablemente, paradójica» (V, 4). Es verdad, debemos admitir que llevamos este tesoro “en vasijas de barro” (cf. 2 Cor 4, 7) y que a menudo la credibilidad de nuestro testimonio personal y comunitario está marcada por el límite y el pecado. Pero es el Señor el que nos levanta siempre, como individuos y como comunidades.

Queridos amigos, amen siempre a la Iglesia. Amen y preserven la unidad. Merece pronunciarlo nuevamente: “Amen siempre a la Iglesia”. Queridos amigos, amen y preserven la unidad de la “compañía” a través de la cual Cristo los ha reunido y los atrae hacia Él. Como dijo el Papa Francisco en ocasión del centenario de nacimiento de su fundador, «también los momentos difíciles pueden ser momentos de gracia y pueden ser momentos de renacimiento. Comunión y Liberación nació precisamente en un tiempo de crisis, como fue 1968. A continuación, Don Giussani no se asustó de los momentos de paso y crecimiento de la Fraternidad, sino que los enfrentó con valentía evangélica, confianza en Cristo y en comunión con la madre Iglesia» (Francisco, Discurso a los miembros de Comunión y Liberación, 15 de octubre 2022).

Pues bien, muy queridos todos, precisamente en la tribulación del cambio de época, en este mundo lacerado por múltiples crisis, podemos redescubrir «el “gusto espiritual” de ser pueblo de Dios, reunido desde toda tribu, lengua, pueblo y nación, que vive en contextos y culturas distintas […] que todavía peregrina en el tiempo y ya en comunión con la Iglesia del cielo» (XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Documento final, n. 17). En estos últimos años, hemos redescubierto la dimensión sinodal y misionera de nuestro ser iglesia, que nos llama ante todo a aprender a escucharnos mutuamente. El don de la escucha es algo que, pienso, todos reconocemos, pero que a menudo se ha perdido en algunos sectores de la Iglesia. Debemos seguir descubriendo lo valioso que es, comenzando por la escucha de la Palabra de Dios, la escucha de la sabiduría que encontramos en hombres y mujeres, en miembros de la iglesia y en cuanto están en búsqueda de la verdad, pero que aún no son, y quizá nunca serán miembros de la Iglesia (cf. Discurso a los participantes en el Jubileo de los equipos sinodales y organismos de participación, 24 de octubre 2025).

Es un camino que requiere también la renovación de cualquier realidad asociativa y movimiento eclesial. Los invito, tanto al interior del Movimiento de Comunión y Liberación, como en las iglesias particulares en las que cada uno de ustedes pertenecen, a realizar esta experiencia de caminar juntos: cada uno escucha, se deja transformar por la fe de los demás y juntos, bajo la guía del Espíritu Santo, se maduran nuevas conciencias, pasos a realizar, obediencia valientes al Espíritu Santo. Sinodalidad no es el nombre de un proceso, sino la naturaleza de un pueblo que en la amistad y el encuentro con el otro advierte que pertenece sólo a Dios. Entonces, la autoridad se convierte en servicio, que honra las diversidades y facilita su armonía. Este estilo constituye, en esta época atribulada, un verdadero signo de los tiempos. Debemos testimonio de qué cada carisma es para la utilidad común, que cada riqueza se multiplica si se comparte, que todo miedo puede superarse: debemos hacerlo tangible, creíble, deseable. Sabrán hacerlo, queridos amigos, en la estela de su fundador, cultivando la unidad entre ustedes, con aquellos que son llamados a guiar al Movimiento, con la Sede Apostólica que los ha reconocido y con el Sucesor de Pedro. Que el Espíritu Santo nos eduque en la práctica de la comunión. Que les dé su gusto, aprecio y esperanza. Que siga guiándolos, queridos hermanos y hermanas, y ese Amor “que mueve al sol y las demás estrellas”. Gracias.

Elemento fundamental en toda comunidad cristiana es la oración. Entonces, ahora, invito a todos a rezar la oración que Jesús nos enseñó: Padre Nuestro

[Bendición]

Gracias y buen camino.


[1] L. Giussani, El riesgo educativo, Milán 2014, 106.

[2] ibid.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la Misa inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida (13 mayo 2007). Francisco, Catequesis (11 enero 2023).

[4] cf. L. Giussani, ¿Se puede vivir así?, Milán 2007.

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