CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA REFORMA LITÚRGICA SE INSERTA EN LA TRADICIÓN VIVA DE LA IGLESIA (26/08/2026)

La reforma litúrgica no nació “de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los Papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las instancias del Movimiento litúrgico”. Así lo afirmó el Papa León XIV en la Audiencia General de este 26 de agosto, celebrada en la Basílica de San Pedro, en su última catequesis dedicada a la Constitución Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II. En su reflexión, el Santo Padre recordó una carta de 1962 del entonces Arzobispo de Milán, el Cardenal Giovanni Battista Montini, futuro San Pablo VI, quien definía la liturgia como expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano y como voz de diálogo con Dios. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Los Documentos del Concilio Vaticano II
III. Constitución Sacrosanctum Concilium 8. Las motivaciones de la reforma litúrgica

Queridos hermanos y hermanas:

En esta última catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, deseo hoy detenerme en las razones por las cuales los Padres conciliares quisieron promover una reforma de la liturgia. Es iluminadora, en este sentido, la tercera Carta desde el Concilio que el Cardenal Giovanni Battista Montini, entonces Arzobispo de Milán, envió el 28 de octubre de 1962 a los fieles de su propia Iglesia. La liturgia – escribía – «es expresión sincera tanto de lo divino como de lo humano. Es lenguaje. Es vehículo de enseñanza divina, por un lado, es voz de diálogo con Dios. Es claro que ésta no puede renunciar a su función didáctica, y no puede no ofrecer a la fe y a la piedad la posibilidad de expresarse con espontánea inteligibilidad» [1]. Motivado por estas convicciones, el futuro Papa San Pablo VI afirmaba que los fieles «no pueden y no deben permanecer más, mudos y pasivos. Su presencia material no puede conciliarse con su ausencia espiritual» [2].

Es evidente la consonancia de estas declaraciones con aquellas que aparecerán en el n. 48 de la Constitución conciliar: «la Iglesia se preocupa vivamente porque los fieles no asistan como extraños o mudos espectadores a este misterio de fe, sino que comprendiéndolo bien mediante los ritos y las oraciones, participen en la acción sagrada conscientemente, piadosamente y activamente; sean formados por la Palabra de Dios, se alimenten en la mesa del Cuerpo del Señor; den gracias a Dios, ofreciendo a la víctima inmaculada, no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él, aprendan a ofrecerse a sí mismos, y día a día, por mediación de Cristo, se perfeccionen en la unidad con Dios y entre ellos». Se capta en estas palabras una renovada conciencia del valor de la liturgia. A través de las acciones rituales de la Iglesia, mientras se realiza el memorial de la obra de la salvación, se da la posibilidad de vivir la verdadera relación con Dios, entrando en contacto con el evento salvífico. Ya que los gestos, las palabras de la sagrada liturgia son decisivos para realizar esta experiencia, la participación de los fieles no puede ser pasiva.

La reforma conciliar, al poner en el centro lo que constituye el corazón de la experiencia eclesial, quiso hacer resplandecer la liturgia como «la fuente primaria de ese divino intercambio en el cual se nos comunica la vida de Dios» [3]. De dicha convicción nació la exigencia de hacer más disponible a todos los fieles la riqueza de los textos bíblicos y de las oraciones, y de hacer más lineal el ordenamiento celebrativo respecto al previsto en los libros litúrgicos entonces vigentes.

La liturgia, de hecho, al ser una realidad viva, siempre ha estado sujeta a lo largo de los siglos a desarrollos y cambios. El Magisterio ha adaptado sus formas a las exigencias de las diversas épocas. No sorprende entonces que también el Concilio Vaticano II, con el máximo respeto por el patrimonio de la tradición, y precisamente con el fin de hacerlo más fructífero, haya considerado necesaria una revisión de los libros litúrgicos.

El objetivo que los Padres consideraban importante se hace explícito en el n. 21 de la Constitución Sacrosanctum Concilium: «Para que el pueblo cristiano obtenga con mayor seguridad las gracias abundantes que la sagrada Liturgia encierra, la Santa Madre Iglesia desea realizar una esmerada reforma general de la Liturgia. Ésta, de hecho, consta de una parte inmutable, porque es de institución divina, y de partes susceptibles a cambio, que en el curso de los tiempos pueden o incluso deben variar, si se han introducido en ellas elementos que no responden bien a la íntima naturaleza de la Liturgia misma, o si estas partes han llegado a ser menos idóneas. En dicha reforma el ordenamiento de los textos y los ritos debe ser conducido de manera que las santas realidades que ellas significan, se expresen con mayor claridad y el pueblo cristiano pueda comprender más fácilmente su sentido y pueda participar en ellas con una celebración plena, activa y comunitaria». Se remonta a la Encíclica Mediator Dei del Papa Pío XII la distinción, en la liturgia, entre elementos divinos, inmutables, y elementos humanos, que en cambio «pueden sufrir diversas modificaciones, aprobadas por la sagrada Jerarquía asistida por el Espíritu Santo, según las necesidades de los tiempos, de las cosas y de las almas» (Acta Apostolicae Sedis 39, 1947, 541-542).

Por lo demás, el deseo de una “reforma general” no nacía de improviso, sino que se había manifestado en la acción de los Papas que se sucedieron desde el inicio del siglo XX, en sintonía con las instancias del Movimiento litúrgico. La afirmación de la necesidad de que los fieles no asistieran a las celebraciones «como extraños o mudos espectadores» ya había sido retomada por la Constitución apostólica Divini Cultus del Papa Pío XI. Además, se pueden recordar las intervenciones de Pío XII sobre el ordenamiento de los ritos de la Semana Santa, los cuales reubicó en las horas correspondientes a los acontecimientos pascuales, después de que durante siglos se hubieran anticipado a las horas de la mañana. Tampoco se debe olvidar que San Juan XXIII consideró necesaria una simplificación de las rúbricas del Breviario y del Misal, aprobándola con el Motu proprio Rubricarum instructum, del 25 julio de 1960, en el cual remitía al anunciado Concilio Ecuménico la propuesta de los principios fundamentales para una reforma de la liturgia.

La reforma litúrgica promovida por el Concilio Vaticano II se sitúa, por lo tanto, en el surco de la tradición viva de la Iglesia. Su recta comprensión permite también rechazar los abusos que se han verificado en algunos sectores de la Iglesia en la etapa post-conciliar, y que lamentablemente a veces todavía hoy se verifican, absolutizando o malentendiendo algunos de los principios que estaban en la base de la reforma misma.

A este respecto, vale la pena recordar cómo la Constitución conciliar afirma que «las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, que es "sacramento de unidad", es decir, pueblo santo congregado y ordenado bajo la guía de los Obispos. Por ello tales acciones pertenecen a todo el cuerpo de la Iglesia, lo manifiestan y lo implican» (Sacrosanctum Concilium n. 26).

Es, por tanto, responsabilidad primordial de los pastores, de los Obispos, pero también de cada sacerdote en lo individual, custodiar y promover una liturgia que, en el respeto a las normas litúrgicas, resplandezca por su noble sencillez (cf. n. 34) y manifieste así a la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Una liturgia tal será también un vehículo fundamental de evangelización, el instrumento de gracia a través del cual, como enseña el Concilio, podremos aprender a ofrecernos a nosotros mismos y, por la mediación de Cristo, seremos perfeccionados en la unidad con Dios y entre nosotros (cf. n. 48).


[1] G. B. Montini, «Tercera carta desde el Concilio», Revista Diocesana Milanesa 51 (1962) 921-923: 922.

[2] ibid.

[3] Solemne Clausura de la II Sesión del Concilio, Alocución del Santo Padre Pablo VI (4 de diciembre de 1963).

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