CATEQUESIS DE LEÓN XIV: REDESCUBRIR LA ORACIÓN COMO DIMENSIÓN FUNDAMENTAL DE NUESTRA HUMANIDAD (05/08/2026)

La oración no es una «forma de evasión» inútil ni una técnica psicológica para el bienestar personal, sino una «dimensión fundamental de nuestra humanidad» y, por ello, «merece ser redescubierta en su verdad». Es necesario también acoger la Liturgia de las Horas «en la vida cotidiana de los bautizados y de las comunidades». Así lo subrayó el Papa León XIV este 5 de agosto, en la Basílica de San Pedro, en su quinta catequesis sobre la Constitución Sacrosanctum Concilium, que el Concilio Vaticano II dedicó a la liturgia, sobre el tema «La oración de la Iglesia». Compartimos a continuación el texto de su catequesis, traducido del italiano:

Los Documentos del Concilio Vaticano II
III. Constitución Sacrosanctum Concilium 5. La Oración de la Iglesia

Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

En esta catequesis retomamos la reflexión sobre la Constitución conciliar sobre la Liturgia Sacrosanctum Concilium (SC). Hoy nos detenemos en la dimensión eclesial de la oración litúrgica.

Como sugiere el Apóstol Pablo, es el Espíritu Santo el que nos enseña a orar. Desde el día de Pentecostés, el Espíritu habita en la Iglesia, inspirando cada una de sus actividades y, en particular, la oración. La vida de la primera comunidad, nacida en Jerusalén después de la Pascua de Jesús, es vida en el Espíritu entregado por el Señor resucitado. «Desde entonces, – dice el Concilio – la Iglesia nunca ha dejado de reunirse para celebrar el misterio pascual: leyendo “en todas la Escrituras lo que a él se refería” (Lc 24, 27), celebrando la Eucaristía, en la cual se hacen presentes la victoria y el triunfo de su muerte, y dando gracias “a Dios por su don inefable” (2 Cor 9, 15) en Cristo Jesús, “para alabanza de su gloria” (Ef 1, 12), en virtud del Espíritu Santo» (SC, 6).

En nuestro tiempo, en los contextos dominados por una mentalidad centrada en la eficiencia y el consumismo, la oración puede parecer algo inútil e irrisorio. En un mundo donde la ciencia y la técnica pretender dar todas las respuestas, orar puede parecer una forma de evasión. Además, incluso en distintas familias cristianas ya no se transmite la oración, mientras que numerosas personas corren el riesgo de confundirla con una técnica entre otras, de naturaleza psicológica y orientada al bienestar personal. La oración, en cambio, en cuanto dimensión fundamental de nuestra humanidad, merece ser redescubierta en su verdad.

La Constitución Sacrosanctum Concilium tomó en serio dicha exigencia. Y esto alegraba profundamente al Papa San Pablo VI, el cual, al promulgar este primer documento aprobado por el Concilio Vaticano II, afirmó: «Dios en el primer lugar; la oración, nuestra primera obligación; la liturgia, primera fuente de la vida divina que se nos comunica, primera escuela de nuestra vida espiritual» (Discurso, Basílica de San Pedro, 4 de diciembre de 1963).

En la Constitución, de hecho, el término “la oración” designa toda la liturgia. Esta perspectiva es decisiva, porque orientó la reforma litúrgica dándole como eje conductor la participación activa de los fieles. La liturgia se presenta ante todo como el lugar del encuentro, de la iniciativa de Dios que se hace cercano a la humanidad en su Hijo, «el Verbo hecho carne, ungido por el Espíritu Santo» (SC, 5), al que podemos responder «por Cristo, con Cristo y en Cristo, en la unidad del Espíritu Santo», es decir, gracias a «la oración que Cristo unido a su Cuerpo eleva al Padre» (SC, 84).

Por eso, San Pablo VI deseaba ardientemente que la Liturgia de las Horas, es decir, la oración pública cotidiana de la Iglesia, inseparable de la Eucaristía, impregnara profundamente, reavivara, guiara y expresara toda la oración cristiana y alimentara eficazmente la vida espiritual del pueblo de Dios (cf. Const. ap. Laudis canticum).

Para que tal deseo se realice, la Liturgia de las Horas debe acogerse y vivirse cada vez más en la vida ordinaria de los bautizados y de las comunidades. A muchas personas que quieren aprender a orar, en particular, a los catecúmenos, ésta puede ofrecerles el camino y la escuela de la oración cristiana.

Cada semana y cada día, la Eucaristía y la Liturgia de las Horas son el aliento de la vida de la Iglesia que hace circular al Espíritu Santo a través de su Cuerpo. En esta oración, Cristo «une a Sí a toda la humanidad y se la asocia al elevar este divino canto de alabanza» (SC, 83); así, día a día, somos asociados cada vez más al misterio pascual y conformados a Él.

Afirma San Agustín: «Cuando hablamos a Dios en la oración, no debemos separar de Él al Hijo; y cuando ora el cuerpo del Hijo, que no separe de sí mismo a su cabeza; que sea, por lo tanto, el mismo único salvador de su cuerpo, el Señor nuestro Jesús Resucitado, Hijo de Dios, el que ora por nosotros, el que ora en nosotros y el que es orado por nosotros. Ora por nosotros como nuestro sacerdote; ora en nosotros como nuestra cabeza; es orado por nosotros como nuestro Dios. Reconocemos, entonces, en él nuestra voz y su voz en nosotros» (Enarr. in psalmum LXXXV: PL 37, 1081).

Vinculada a la Eucaristía, de la cual prolonga su luz, la Liturgia de las Horas santifica el tiempo de nuestra vida cotidiana: por la mañana, empezamos el día con fe y gratitud; a mediodía, pedimos la fuerza de la fidelidad en medio de las fatigas; por la tarde, terminado el trabajo, las Vísperas acompañan en momento del atardecer; por la noche, nos dormimos encomendándonos a la paz de Dios. Cada Hora es un acto de esperanza: durante la peregrinación terrenal velamos esperando con toda la Iglesia el regreso glorioso del Señor.

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