EN LA PLENITUD DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA CONTEMPLAMOS NUESTRO DESTINO FINAL: ÁNGELUS DEL 15/07/2026
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy celebramos la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María. Una fiesta de gran importancia, tanto para la teología católica como para la piedad popular; de hecho, es una celebración muy querida en muchas comunidades, especialmente en donde la Catedral o la iglesia parroquial están dedicadas a la Virgen de la Asunción.
Para contemplar este misterio de la fe, podemos referirnos a los dos modelos iconográficos con los que, a lo largo de los siglos, los artistas lo han representado.
El primero, el más antiguo, que fue el único durante casi un milenio, es el de la «dormición» de la Madre de Dios: ella aparece recostada sobre un ataúd, dormida en la muerte; a su alrededor están los Apóstoles que la veneran conmovidos en oración; en el centro, de pie, está Jesús resucitado, que sostiene en sus brazos el alma de María, como una niña recién nacida. Ha venido a buscarla para llevarla consigo a la gloria de Dios, “al cielo”, como decimos simbólicamente. De hecho, el Señor ha realizado para su Madre aquello que prometió a todos sus amigos: «Cuando me haya ido – al Padre – y les haya preparado un lugar, vendré de nuevo y los llevaré conmig » (Jn 14, 3).
Este primer modelo pone en relieve la verdad central: es Cristo, muerto y resucitado, quien nos conduce a la meta a la que desde siempre hemos sido destinados, la vida eterna. Es lo que generaciones y generaciones de fieles han contemplado al orar frente a los iconos de la Dormición, y que se puede admirar en Roma, en el gran mosaico del ábside de la Basílica de Santa María Mayor.
La iconografía más reciente, que se desarrolló posteriormente en Occidente, nos muestra, en cambio, a la Virgen María de cuerpo entero, en el cielo, rodeada de luz, a menudo rodeada de ángeles y santos. Aquí, en el centro, está el cuerpo glorificado de la Virgen, en consonancia con lo que se lee en el Libro del Apocalipsis: «Un signo grandioso apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y, sobre la cabeza, una corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).
Algunos artistas han unido los dos esquemas, representando a la Virgen gloriosa en alto y abajo su tumba vacía, frecuentemente llena de flores multicolores, y a los Apóstoles con la mirada dirigida hacia ella, en el cielo.
Este segundo modelo pone en evidencia la verdad de que María fue asunta en alma y cuerpo, es decir, en la integridad de su persona. Esa mujer que en la tierra dio cuerpo y sangre al Verbo encarnado y lo siguió hasta la unión perfecta en el sacrificio de amor, por Él fue atraída para siempre a la gloria.
Así, también esta iconografía nos permite contemplar nuestro destino final. La plenitud de vida, que hoy admiramos con alegría en María, nos espera también a nosotros, al final de los tiempos, cuando, como dice San Pablo, Cristo Resucitado «transfigurará nuestro cuerpo miserable para conformarlo a su cuerpo glorioso» (Flp 3, 21), vistiendo lo que es corruptible, de incorruptibilidad y lo que es mortal, de inmortalidad (cf. 1 Cor 15, 54). Entonces, con nuestra carne transformada por el amor del Redentor, viviremos para siempre, en la fiesta sin fin.
¡Alabemos al Señor, que ha hecho grandes cosas en su Santísima Madre, que es también la nuestra!

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