CATEQUESIS DE LEÓN XIV: NO REDUCIR LA MISA DOMINICAL A UNA REUNIÓN PASIVA O VIRTUAL, SANTIFICARLA CON UNA PRESENCIA VIVA (12/08/2026)

El Papa León XIV dedicó su catequesis de este 12 de agosto, en la Basílica de San Pedro, al Año litúrgico, contenido en el quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium, poniendo de relieve que a lo largo de los años, el ciclo de celebraciones cristianas se ha convertido en un modo de actualizar la obra de salvación de Cristo en la historia, de hacer visible la comunión de los creyentes con el Señor, de dar testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Los Documentos del Concilio Vaticano II
III. Constitución Sacrosanctum Concilium. 6. El año litúrgico

Queridos hermanos y hermanas,

El quinto capítulo de la Constitución conciliar Sacrosanctum Concilium (SC) está dedicado al año litúrgico, tema sobre el cual hoy queremos detenernos, para explicar su valor en la vida de todo creyente.

Ante todo, es necesario recordar que esta manera de definir el ciclo de las fiestas cristianas como “año litúrgico” se difundió en el lenguaje eclesial gracias a la obra del Siervo de Dios, el Abad Prosper Guéranger (1805-1875).

En la Encíclica Mediator Dei, el Papa Pio XII afirma que no se trata de «una fría e inerte representación de hechos que pertenecen al pasado o una simple […] evocación de realidades de otros tiempos. [El año litúrgico] es, más bien, Cristo mismo, que vive siempre en su Iglesia y que prosigue el camino de inmensa misericordia iniciado por él […] en esta vida mortal […], con el objetivo de poner las almas humanas en contacto con sus misterios y hacerlos vivir por ellos; misterios que están presentes y obran de forma perenne» (III Divinum Officium et Annus Liturgicus, II Cyclus Mysteriorum). El año litúrgico, entonces, debe entenderse como constante actualización de la obra de salvación, que Cristo realiza en la historia. A recorrer este ciclo temporal, la Iglesia permanece en contacto con la acción redentora del Señor, para que todos los fieles sean llenos de su gracia (cf. SC, 102c). El encuentro con Jesús, que murió y resucitó por nosotros, es la finalidad que la Iglesia siempre persigue, poniendo en el centro de cada momento la celebración del acontecimiento pascual.

Por ello, los Padres conciliares consideran «fundamento y núcleo del año litúrgico» precisamente el domingo «el día de fiesta primordial» (cf. SC, 106). En varios idiomas modernos, su nombre atestigua que es el “dies Domini”, “el día del Señor”. Incluso en aquellas lenguas en las que ha prevalecido la referencia al “día del sol” (Sunday, Sonntag), se vislumbra el vínculo con Cristo: ¡Cristo es el verdadero “sol de justicia” que ilumina a todo hombre!

San Juan Pablo II, en la Carta apostólica Dies Domini (31 de mayo 1998), enseña que el domingo es día del Señor, día de la Iglesia, día del hombre y, por último, “día de los días”: «Al ser el domingo la Pascua semanal, en la que se evoca y se hace presente el día en el cual Cristo resucitó de entre los muertos, éste es también el día que revela el sentido del tiempo. […] Brotando de la Resurrección, éste divide los tiempos del hombre, los meses, los años, los siglos como una flecha de dirección que los atraviesa orientándolos hacia la meta de la segunda venida de Cristo. El domingo prefigura el día final, el de la Parusía» (n.75), cuando todos resucitaremos.

Para santificar el domingo es fundamental celebrar la Eucaristía. La escucha de la Palabra y la participación en el Cuerpo de Cristo implican, según los Padres conciliares, el convenire in unum (cf. SC, 106), es decir, la convocación festiva de los fieles. En dicha asamblea, la comunidad cristiana hace visible su comunión con el Señor y da testimonio de su pertenencia a Cristo y de su fidelidad a la Iglesia. Esta asamblea no puede sustituirse por una presencia solamente virtual, ni se reduce a una reunión meramente pasiva. La asamblea litúrgica se realiza, de hecho, en la participación activa de hermanos y hermanas, convocados juntos para «dar gracias a Dios, que los ha engendrado “a través de la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza viva” (1Pe, 1, 3)» (ibid.).

Al respecto, exhorto a todos a buscar las mejores condiciones para que sea posible participar en la Santa Misa incluso a quienes los domingos no tienen la posibilidad de ausentarse del trabajo.

Muy queridos todos, el año litúrgico, marcado por los domingos, tiene una historia interesante, en la que se entrelazan la fe y la devoción de la Iglesia. Desde el siglo II d. C., de hecho, a la celebración de la Pascua semanal se añadió la de la Pascua anual, «máxima solemnidad» (SC, 102), extendida al «muy alegre espacio» de cincuenta días, que culminan en Pentecostés, y preparado por el tiempo de Cuaresma con su carácter penitencial (cf. SC, 109). El desarrollo del ciclo natalicio, que tuvo lugar posteriormente siguiendo el modelo del ciclo pascual, ha permitido revivir los misterios de la encarnación del Verbo de Dios, de su nacimiento y de su manifestación al mundo. La Iglesia ha insertado además en los distintos tiempos la veneración a la Santísima Virgen María, «unida indisolublemente a la obra salvífica del su Hijo» (SC, 103), y «las memorias de los mártires y de los demás santos que […] en el cielo cantan a Dios la alabanza perfecta e interceden por nosotros» (SC, 104).

El año litúrgico propone así, de forma sacramental, la pedagogía de la historia de la salvación, guiando a los fieles desde la espera del Mesías hasta la plenitud del misterio pascual y la anticipación de la gloria futura. En él, la Iglesia celebra la actualidad salvífica del misterio de Cristo, permitiendo a los creyentes participar en él cada vez más profundamente. Por eso, el año litúrgico constituye el principio inspirador y el marco de referencia esencial de toda acción pastoral.

Comentarios

Entradas populares