LA REVOLUCIÓN DEL EVANGELIO DERRIBA LOS MUROS QUE SEPARAN: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL ENCUENTRO DE JÓVENES FRANCISCANOS (06/08/2026)

En el Evangelio se puede encontrar un sentido y se puede vislumbrar un camino: es el que señala Jesús, en quien Dios se revela. El Papa León XIV tuvo palabras claras para los jóvenes reunidos este 6 de agosto, en Asís con motivo del Go! Franciscan Youth Meeting 2026, durante la Misa que presidió en Santa María de los Ángeles. Cristo es el Maestro al que hay que seguir, junto al cual hay que avanzar hacia el futuro: «¡Vamos! Let’s go! – animó – a los márgenes, donde la injusticia y la prepotencia de pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios». Compartimos a continuación el texto de su homilía, traducido del italiano:

Muy queridos hermanos y hermanas, muy queridos jóvenes:

La fiesta de la Transfiguración, que estamos celebrando, es un misterio de luz que nos ayuda a profundizar nuestro encuentro, tan gozoso, pero también lleno de interrogantes sobre el presente y el futuro. Encontramos en el relato evangélico el contraste entre luz y sombra, silencio y palabras, asombro e incomprensión. Estamos en Asís, una ciudad a la que suben, desde hace siglos, muchos peregrinos – hoy también nosotros – porque aquí todo susurra que nuestra vida puede cambiar de forma, liberar luz, reparar el mundo. Aquí comenzó la transfiguración de Francisco, de Clara y después de miles de jóvenes: acogieron el Evangelio sin glosa – nosotros diríamos: sin descuentos – y la vida de Jesús recomenzó en ellos.

Hemos llegado aquí para comprender hacia dónde va la historia y hacia dónde estamos yendo nosotros. En el Evangelio vemos que se puede encontrar un sentido, se puede vislumbrar un camino. Como Pedro, Santiago y Juan somos llevados un poco aparte y Jesús está con nosotros. Esto es lo que cuenta: su presencia. En la montaña, los apóstoles contemplan a Jesús que se orienta hacia su propio futuro. Acerca de este punto, había habido incomprensión entre ellos. Seis días antes, Pedro había cuestionado al Maestro el hablar abiertamente de la cruz (cf. Mt 16, 21-26): se esperaba la gloria para el Mesías, y tal vez incluso para sí mismo, sin tomar en cuenta resistencias y riesgos, pero sobre todo sin preguntarse qué es la gloria. Ahora, en la transfiguración de Jesús, es Dios mismo quien se revela en su gloria, que tiene el aspecto de una nube que protege y envuelve. Señala al Hijo, invita a escucharlo. El camino de la vida se descubre siguiéndolo juntos. Su belleza tiene un nuevo aspecto, una intensidad sin precedentes, tanto que Pedro quisiera detener el tiempo y prolongar esa visión. Generosamente, se ofrece para construir tres tiendas, como para ver continuar la conversación entre Jesús, Moisés y Elías. En esa conversación, sin embargo, hace falta entrar. No se puede permanecer sólo como espectadores de ella. Estamos, de hecho, llamados a leer las Escrituras con el Maestro, a interpretar nuestro tiempo y a tomar decisiones, siguiendo su camino. Estamos aquí para vencer la resignación y el miedo, para disipar las dudas que nos frenan también a nosotros, como frenaban a los apóstoles. Jesús nos llama a dialogar con su historia, para escribir nuevas páginas de historia.

Al escuchar que «su rostro brilló como el sol y sus vestimentas se hicieron blancas como la luz» (Mt 17, 2) pensamos en la mañana de Pascua, cuando un ángel del Señor rodó la piedra que cerraba el sepulcro y llevó el anuncio de la resurrección. «Su aspecto era como un relámpago y su vestidura blanca como la nieve» (Mt 28, 3). Es la luz de un nuevo día, hacia el que estamos orientados, mientras en torno a nosotros, y a veces dentro de nosotros, hay todavía oscuridad. Vemos su aurora en los santos canonizados, como San Francisco y Santa Clara, y en una miríada de hermanos y hermanas que al mal responden con el bien. ¡No estamos solos! En estos días lo han experimentado: se han encontrado y escuchado, pasando del ruido de voces se sobreponen y contrastan al arte de la conversación. Hoy contemplamos a Jesús que se transfigura precisamente en la conversación con el Padre, con quienes le precedieron, Moisés y Elías, y con sus contemporáneos, los discípulos.

La Iglesia existe para llevarnos en este dinamismo de escucha y decisión, en el cual comprender para quién vivir y cómo vivir. Es la comunidad en la cual aprender a distinguir la voz de Dios, que nunca coincide simplemente con nuestras opiniones, y atreverse a esa obediencia al Espíritu Santo, que hizo audaces y creativos a todos aquellos que han aceptado seguir a Jesús: nosotros nos desfiguramos separándonos de Él y de los demás; nos transfiguramos, en cambio, en los vínculos que alimentan y llaman a la vida. La espiritualidad franciscana, en la cual han sido formados, está entre las más atentas a reparar las relaciones fundamentales con Dios y con todas sus criaturas: una armonía que hay que custodiar y cultivar, hoy más que nunca.

En este sentido, al comienzo de mi primera Encíclica, sugerí que: «Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: de hacer madurar la historia como un lugar donde la dignidad de cada persona sea protegida, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad. Pero sobre cada época se cierne el riesgo de construir un mundo inhumano y más injusto. Allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros, los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que “sólo en el misterio del Verbo encarnado encuentra verdadera luz el misterio del hombre”. Esta magnífica humanidad, en Jesucristo, se convierte en el Camino, la Verdad y la Vida, abriendo a cada uno de nosotros el camino para crecer hacia la plenitud» (Magnifica humanitas, 1).

Queridos amigos, la razón por la que San Francisco, ochocientos años después de su muerte, nos sigue atrayendo, está en la magnífica humanidad que lo llevó a abandonar los caminos ya trazados, para que se abriera uno nuevo, más coherente con el camino de Jesús. Incluso en una ciudad ya cristiana desde hacía siglos, como Asís, esto parece revolucionario. «La elección de Clara resultó aún más impresionante: ¡una joven que quería ser como Francisco, que quería vivir, como mujer, libre como aquellos hermanos!» (Audiencia jubilar, 4 de octubre 2025). Es la energía del cristianismo, la de sus comienzos y de sus múltiples reinicios.

Y bien, queridos jóvenes, hoy Europa y el mundo entero buscan en ustedes nuevos santos: ¡atrévanse a creer en la palabra del Evangelio, conviétranse en humanos con la libertad de Jesucristo, abracen la hermana pobreza! El título de su encuentro – Go! – es una misión, un envío por caminos de los que no tenemos mapas, porque se abren escuchando al corazón, obedeciendo al Espíritu, siguiendo al Resucitado a donde ha querido precedernos. Go! ¡Vayan! O mejor todavía: ¡vayamos! Let’s go! A los márgenes, donde la injusticia y la prepotencia de pocos niegan la dignidad y los sueños de muchos, de demasiados hijos e hijas de Dios. El Papa Francisco, inspirándose en el Poverello de Asís, nos puso en guardia frente a la «tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos refugios personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo del drama humano» (Francisco, Evangelii gaudium, 270).

Se puede no ser comprendidos, incluso por los de casa, como le sucedió a San Francisco. Sin embargo, sustraerse a la cultura del poder y derribar los muros que separan entre sí a los seres humanos, nunca es traicionar a la familia, a la ciudad, a la tradición, sino liberarlas de sus fantasmas, de enemigos inventados por miedo e ignorancia, de la violencia con la que se querría imponer el propio pequeño orden sobre una realidad que por todos lados nos supera. Confiar en Dios es reencontrar, como Francisco y Clara, un mundo de hermanos y hermanas para querer y servir, no para explotar y dominar. No un mundo que defender, sino al cual abrazar.

Dedíquense, queridos jóvenes, a la civilización del amor, de la cual han encontrado los brotes en tantos ejemplos de gratuidad, y que transfigura – a imagen de Cristo – a innumerables constructores de paz también hoy comprometidos en servir a la vida en los más trágicos escenarios de muerte. Unan las mejores energías de su magnífica humanidad – los estudios, las capacidades, el trabajo, las amistades, el amor, la oración – actualizando de formas distintas la visión de Francisco. Imagino que es importante para ustedes esta oración frecuentemente atribuida a él, un texto del siglo pasado:

¡Señor, haz de mí un instrumento de tu paz!
Donde haya odio, ponga yo el amor;
donde haya ofensa, ponga yo el perdón;
donde haya discordia, ponga yo la unión;
donde haya error, ponga yo la verdad;
donde haya duda, ponga yo la fe;
donde haya desesperación, ponga yo la esperanza;
donde haya tinieblas, ponga yo la luz;
donde haya tristeza, ponga yo la alegría.

¡Aquí tenemos “hacia dónde” ir! Go! Pero aquí está especialmente “cómo” ir:

Señor, que no busque yo tanto
ser consolado, como consolar;
ser comprendido, como comprender;
ser amado, como amar.
Porque dando es como se recibe;
Olvidándose de sí mismo, es como se encuentra a uno mismo;
perdonando, como se es perdonado;
muriendo, como se resucita a la vida eterna.

Queridos amigos, que puedan estos días en Asís imprimirse en su memoria y el regreso a casa, a distintos países de Europa a los que viajarán, sea como el descenso de Pedro, Santiago y Juan del monte alto de la transfiguración. Un regreso pensativo, abierto al futuro, comprometido con Jesucristo. Él confía en ustedes, cuenta con ustedes, permanece siempre con ustedes.

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