NO QUEDARNOS ENTRE LAS CENIZAS DEL MUNDO, SINO CONVERTIRNOS Y RECONSTRUIR: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL MIÉRCOLES DE CENIZA (18/02/2026)

El Papa León XIV presidió por la tarde de este 18 de febrero, la Misa del Miércoles de Ceniza en la Basílica de Santa Sabina en Roma, con la cual dio inicio al Tiempo de Cuaresma. Para el Santo Padre, la historia y la conciencia de los cristianos nos exigen llamar a la muerte por su nombre, llevar sus huellas como cenizas, pero dar testimonio de la resurrección. Así lo enfatizó en la homilía de la Santa Misa, después de la procesión desde la Iglesia de San Anselmo, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

Al inicio de cada Tiempo litúrgico, redescubrimos con alegría siempre nueva la gracia de ser Iglesia, comunidad convocada para escuchar la Palabra de Dios. El profeta Joel nos alcanzó con su voz, que lleva a cada uno fuera de su aislamiento y hace de la conversión una urgencia inseparablemente personal y pública: «Reúnan al pueblo, convoquen una asamblea solemne, llamen a los viejos, reúnan a los pequeños y a los niños de pecho» (Jo 2, 16). Menciona a las personas cuya ausencia no sería difícil de justificar: las más frágiles y menos aptas para las grandes reuniones. Luego, el profeta nombra al esposo y a la esposa: parece sacarlos de su intimidad para que se sientan parte de una comunidad más grande. Después, toca el turno a los sacerdotes, que ya se encuentran – casi por deber – «entre el vestíbulo y el altar» (v. 17); son invitados a llorar y a encontrar las palabras justas para todos: «¡Perdona, Señor, a tu pueblo!» (v. 17).

La Cuaresma, también hoy, es un tiempo fuerte de comunidad: «Reúnan al pueblo, convoquen una asamblea solemne» (Jo 2, 16). Sabemos cómo es cada vez más difícil reunir a las personas y sentirse pueblo, no de manera nacionalista y agresiva, sino en la comunión en la que cada uno encuentra su lugar. Más aún, aquí toma forma un pueblo que reconoce sus propios pecados, es decir, que el mal no viene de supuestos enemigos, sino que ha tocado los corazones, está dentro de la propia vida y debe enfrentarse con una valiente aceptación de responsabilidad. Tenemos que admitir que se trata de una actitud contracorriente, pero que, cuando es tan natural declararse impotente delante de un mundo que arde, constituye una alternativa auténtica, honesta y atractiva. Sí, la Iglesia existe también como profecía de comunidades que reconocen sus propios pecados.

Es verdad, el pecado es personal, pero toma forma en los ambientes reales y virtuales que frecuentamos, en las actitudes con las que recíprocamente nos condicionamos, no pocas veces dentro de verdaderas “estructuras de pecado” de orden económico, cultural, político e incluso religioso. Oponer el Dios vivo a la idolatría – nos enseña la Escritura – significa atreverse a la libertad y reencontrarla a través de un éxodo, de un camino. Ya no paralizados, rígidos, seguros en nuestras posiciones, sino reunidos para moverse y cambiar. Qué raro es encontrar adultos que se arrepienten, personas, empresas e instituciones que admiten haber cometido un error.

Hoy, entre nosotros, se trata precisamente de esta posibilidad. Y no es casualidad que muchos jóvenes, incluso en contextos secularizados, sientan más que en el pasado, el llamado de este día, el Miércoles de Ceniza. Son ellos, de hecho, los que captan claramente que una forma de vivir más justa es posible y que existen responsabilidades por aquello que en la Iglesia y en el mundo no funciona. Es necesario, por lo tanto, empezar por donde se pueda y con quien esté. «He aquí ahora el momento favorable, he aquí ahora el día de la salvación» (2 Cor 6, 2). Sintamos, entonces, el alcance misionero de la Cuaresma, ciertamente no para distraernos del trabajo sobre nosotros mismos, sino para abrirlo a tantas personas inquietas y de buena voluntad, que buscan los caminos para una auténtica renovación de vida, en el horizonte del Reino de Dios y de su justicia.

«¿Por qué se debería decir entre los pueblos: “¿Dónde está su Dios?”» (Jo 2, 17). La pregunta del profeta es como un aguijón. Nos recuerda también a nosotros aquellos pensamientos que nos conciernen y surgen entre quienes observan como desde afuera al Pueblo de Dios. La Cuaresma nos pide, de hecho, esos cambios de rumbo – conversiones – que hacen más creíble nuestro anuncio.

Hace sesenta años, pocas semanas después de la conclusión del Concilio Vaticano II, San Pablo VI quiso celebrar públicamente el Rito de las Cenizas, haciendo visible para todos, durante una Audiencia General en la Basílica de San Pedro, el gesto que también hoy estamos a punto de realizar. Habló de él como de una «severa e impresionante ceremonia penitencial» (Pablo VI, Audiencia General, 23 febrero 1966), que impacta al sentido común y, al mismo tiempo, intercepta las preguntas de la cultura. Decía: «Podemos preguntarnos, nosotros los modernos, si esta pedagogía sigue siendo comprensible. Respondemos afirmativamente. Porque es una pedagogía realista. Es una severa llamada a la verdad. Nos devuelve a la visión correcta de nuestra existencia y nuestro destino» (id.).

Esta “pedagogía penitencial” – decía Pablo VI – «sorprende al hombre moderno bajo dos aspectos»: el primero es «el de su inmensa capacidad de ilusión, de autosugestión, de engaño sistemático a sí mismo sobre la realidad de la vida y sus valores». El segundo aspecto es «el pesimismo fundamental» que el Papa Montini encontraba en todas partes: «La mayor parte de la documentación humana que se nos ofrece hoy por la filosofía, la literatura y el espectáculo – decía – concluye proclamando la ineludible vanidad de todas las cosas, la inmensa tristeza de la vida, la metafísica de lo absurdo y de la nada. Esta documentación es una apología de las cenizas».

Hoy podemos reconocer la profecía que estas palabras contenían, y sentir en las cenizas que se nos imponen el peso de un mundo que arde, de ciudades enteras desintegradas por la guerra: las cenizas del derecho internacional y de la justicia entre los pueblos, las cenizas de ecosistemas enteros y de la concordia entre las personas, las cenizas del pensamiento crítico y de antiguas sabidurías locales, las cenizas de ese sentido de lo sagrado que habita en toda criatura.

«¿Dónde está su Dios?”», se preguntan los pueblos. Sí, muy queridos todos, nos lo pregunta la historia, y antes aún la conciencia: llamar por su nombre a la muerte, llevar en nosotros sus marcas, pero dar testimonio de la resurrección. Reconocer nuestros pecados para convertirnos es ya presagio y testimonio de resurrección: significa, de hecho, no quedarnos entre las cenizas, sino levantarnos y reconstruir. Entonces, el Triduo Pascual, que celebraremos en el culmen del camino cuaresmal, liberará toda su belleza y su significado. Lo hará habiéndonos involucrado, a través de la penitencia, en el paso de la muerte a la vida, de la impotencia a las posibilidades de Dios.

Los mártires antiguos y contemporáneos brillan, por eso, como pioneros de nuestro camino hacia la Pascua. La antigua tradición romana de las stationes cuaresmales – de las cuales la de hoy es la primera – es educativa: remite tanto a moverse como peregrinos, como a detenerse – statio – ante las “memorias” de los mártires, sobre las que surgen las basílicas de Roma. ¿No es acaso una petición para ponernos tras las huellas de los testimonios admirables de los que ahora el mundo entero está diseminado? Reconocer lugares, historias y nombres de quienes eligieron el camino de las Bienaventuranzas y llevaron hasta el final sus consecuencias. Una miríada de semillas que, incluso cuando parecían perdidas, sepultadas en la tierra prepararon la mies abundante que nos toca recoger. La Cuaresma, como nos sugirió el Evangelio, liberándonos del deseo de ser vistos a toda costa (cf. Mt 6, 2.5.16), nos enseña a ver más bien lo que nace, lo que crece, y nos impulsa a servirlo. Es la sintonía profunda que en lo secreto de quien ayuna, ora y ama, se establece con el Dios de la vida, nuestro Padre y el de todos. A Él reorientamos, con sobriedad y con gozo, todo nuestro ser, todo nuestro corazón.

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