EDUCACIÓN EN EL RESPETO A LA VIDA Y PREVENCIÓN DE LOS ABUSOS: PALABRAS DE LEÓN XIV A LA ASAMBLEA PLENARIA DEL DICASTERIO PARA LOS LAICOS, LA FAMILIA Y LA VIDA (06/02/2026)

La formación cristiana como obra de sinergia y comunión, bajo el lema de “dar a luz” en la fe, fue el tema destacado por el Papa León XIV en su discurso de la mañana de este 6 de febrero, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, durante la audiencia con los participantes de la Tercera Asamblea Plenaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. La asamblea, que comenzó el 4 de febrero en la Curia General de los Jesuitas en Roma, se centró en el tema “Hasta que Cristo sea forme en ustedes”, tomado de la Carta de San Pablo a los Gálatas. Reproducimos a continuación el texto completo de su discurso, traducido del italiano:

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.

Eminencias, Excelencias, queridos sacerdotes, hermanos y hermanas:

Me alegra encontrarme con ustedes en estos días, que los ven reunidos para la Asamblea Plenaria del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida. En el centro de sus trabajos están los temas de la formación cristiana y de los Encuentros Mundiales, realidades importantes para toda la Iglesia.

Los Encuentros Mundiales involucran a un gran número de participantes y requieren un complejo trabajo de organización, en escucha y colaboración con las comunidades locales y con personas y organismos, muchos de los cuales son ricos en una larga y valiosa experiencia de evangelización.

Quisiera, sin embargo, detenerme particularmente en el tema de la formación cristiana. Las palabras de San Pablo que han elegido como título de su encuentro, indican al respecto, una dirección precisa. Si consideramos completo el versículo de la que han sido extraídas, leemos: «Hijos míos, a quienes de nuevo doy a luz en el dolor, hasta que Cristo se forme en ustedes» (Gal 4, 19). El apóstol se dirige a los Gálatas y los llama “hijos míos”, refiriéndose a un “parto” con el que, no sin sufrimientos, los ha llevado a acoger a Cristo. La formación se coloca así, bajo el signo del “engendrar”, del “dar vida”, del “hacer nacer”, en una dinámica que, aún con dolor, conduce al discípulo a la unión vital con la persona misma del Salvador, vivo y actuante en él o en ella, capaz de transformar la “vida en la carne” (cf. Rom 7, 5) en “vida de Cristo en nosotros” (cf. 2 Cor 13, 5; Gal 2, 20).

Es un tema, este, muy querido por el Apóstol y presente en varios pasajes de sus cartas. Por ejemplo, allí donde, dirigiéndose a los Corintios, dice: «Podrán tener incluso diez mil pedagogos en Cristo, pero ciertamente no muchos padres: soy yo quien los ha engendrado en Cristo mediante el Evangelio» (1Cor 4, 15).

Es cierto que, en la Iglesia, a veces, la figura del formador como “pedagogo”, empeñado en transmitir instrucción y capacidades religiosas, ha prevalecido sobre la del “padre” capaz de engendrar en la fe. Nuestra misión, sin embargo, es mucho más alta, por lo que no podemos detenernos en transmitir una doctrina, una observancia, una ética, sino que estamos llamados a compartir lo que vivimos, con generosidad, amor sincero por las almas, disponibilidad para sufrir por los demás, dedicación sin reservas, como padres que se sacrifican por el bien de los hijos.

Y esto nos lleva a otro aspecto de la formación: su dimensión de comunión. Como, de hecho, la vida humana se transmite gracias al amor de un hombre y una mujer, así la vida cristiana es transmitida por el amor de una comunidad. No es el sacerdote solo, o un catequista, o un líder carismático quien engendra en la fe, sino la Iglesia (cf. Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 de noviembre de 2013, 111), la Iglesia unida, viva, hecha de familias, de jóvenes, de célibes, de consagrados, animada por la caridad y por ello deseosa de ser fecunda, de transmitir a todos, y sobre todo a las nuevas generaciones, la alegría y la plenitud de sentido que vive y experimenta. Lo que hace nacer en los padres el deseo de dar la vida a los hijos no es la necesidad de tener algo, sino el afán de dar, de compartir la sobreabundancia de amor y de alegría que los habita; y es aquí que tiene sus raíces también toda obra de formación.

Jesús, después de la Resurrección, confía a los Apóstoles el mandato misionero diciéndoles que “hagan discípulos a todos los pueblos”, que “los bauticen” y les “enseñen a observar sus mandamientos” (cf. Mt 28, 19-20). Recuerdo estas expresiones porque en ellas encontramos resumidos otros elementos fundamentales de la misión del formador, que también quisiera subrayar.

Ante todo, la necesidad de favorecer caminos de vida constantes, atractivos y personales, que conduzcan al Bautismo y a los Sacramentos, o a su redescubrimiento, porque sin ellos no hay vida cristiana (cf. Benedicto XVI, Exhort. ap. Sacramentum caritatis, 22 de febrero de 2007, 6).

Después, la importancia de ayudar a quienes emprenden un camino de fe a madurar y custodiar una forma de vivir nueva, que abarque todos los ámbitos de la existencia, privados y públicos, como el trabajo, las relaciones y la conducta cotidiana (cf. S. Juan Pablo II, Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, 16 de marzo de 2002, 3).

Además, es indispensable cuidar en nuestras comunidades los aspectos formativos orientados al respeto de la vida humana en todas sus etapas, en particular aquellos que contribuyen a prevenir cualquier forma de abuso a menores y personas vulnerables, así como a acompañar y apoyar a las víctimas.

Como podemos ver, el arte de formar no es fácil y no se improvisa: requiere paciencia, escucha, acompañamiento y verificación, tanto a nivel personal como comunitario, y no puede prescindir de la experiencia y la compañía de quienes la han vivido, para aprender y tomar ejemplo. Así, en el curso de los siglos, han nacido gigantes del espíritu como San Ignacio de Loyola, San Felipe Neri, San José de Calasanz, San Gaspar del Búfalo o San Juan Leonardi. Es en esta óptica que también San Agustín, apenas elegido Obispo, compuso su tratado De catechizandis rudibus, cuyas indicaciones siguen siendo útiles y valiosas hasta el día de hoy.

Por eso, muy queridos todos, a la luz de dichos modelos, los animo en su compromiso y les agradezco la ayuda que prestan al Dicasterio en la reflexión sobre estos temas. Los desafíos que enfrentan, a veces, pueden parecer superiores a sus fuerzas y recursos. Pero no deben desanimarse. Empiecen por lo pequeño, siguiendo, en la fe, la lógica evangélica del “grano de mostaza” (cf. Mt 13, 31-32), confiados en que el Señor no dejará que les falten, en el tiempo oportuno, las energías, las personas y las gracias necesarias. Miren a María: dándonos a Cristo, «cooperó mediante el amor para engendrar en la Iglesia a los fieles, que forman los miembros de aquella cabeza» (S. Agustín, De sancta virginitate 6, 6). Imiten su fe y encomiéndense siempre a su intercesión.

Hermanos y hermanas, les renuevo mi “gracias”, les prometo el recuerdo en la oración y los bendigo de corazón.

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