LAS BIENAVENTURANZAS SON UNA PRUEBA DE LA FELICIDAD: ÁNGELUS DEL 01/02/2026

En su reflexión previa a la oración mariana del Ángelus de este 1º de febrero, ante los miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre reflexionó sobre el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12), que la liturgia propone para este IV Domingo del Tiempo Ordinario. El Obispo de Roma puntualizó que “éstas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza por medio del Hijo, con el poder del Espíritu Santo”. Compartimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En la liturgia de hoy se proclama una página espléndida de la Buena Noticia que Jesús anuncia a toda la humanidad: el Evangelio de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-12). Éstas, en efecto, son luces que el Señor enciende en la penumbra de la historia, revelando el proyecto de salvación que el Padre realiza a través del Hijo, con el poder del Espíritu Santo.

En el monte, Cristo entrega a los discípulos la ley nueva, esa escrita en los corazones, ya no en la piedra: es una ley que renueva nuestra vida y la hace buena, aún cuando al mundo le parezca fracasada y miserable. Sólo Dios puede llamar realmente bienaventurados a los pobres y a los afligidos (cf. vv. 3-4), porque Él es el sumo bien que a todos se entrega con amor infinito. Sólo Dios puede saciar a quienes buscan paz y justicia (cf. vv. 6.9), porque Él es el justo juez del mundo, autor de la paz eterna. Sólo en Dios los mansos, los misericordiosos y los puros de corazón encuentran alegría (cf. vv. 5.7-8), porque Él es el cumplimiento de su espera. En la persecución, Dios es fuente de rescate; en la mentira, es ancla de verdad. Por eso Jesús proclama: «Alégrense y regocíjense» (v. 12).

Estas Bienaventuranzas siguen siendo una paradoja sólo para quien considera que Dios es diferente de como Cristo lo revela. Quien espera que los prepotentes sean siempre dueños de la tierra, permanece sorprendido por las palabras del Señor. Quien se acostumbra a pensar que la felicidad pertenece a los ricos, podría creer que Jesús es un iluso. Y, en cambio, la ilusión está precisamente en la falta de fe en Cristo: Él es el pobre que comparte con todos su vida, el manso que persevera en el dolor, el que trabaja por la paz perseguido hasta la muerte en cruz.

Es así como Jesús ilumina el sentido de la historia: no la escrita por los vencedores, sino la que Dios realiza salvando a los oprimidos. El Hijo mira al mundo con el realismo del amor del Padre; en el lado opuesto están, como decía el Papa Francisco, «los profesionales de la ilusión. No hay que seguirlos, porque son incapaces de darnos esperanza» (Ángelus, 17 febrero 2019). Dios, en cambio, da esta esperanza ante todo a quien el mundo descarta como desesperado.

Entonces, queridos hermanos y hermanas, las Bienaventuranzas se convierten para nosotros en una prueba de la felicidad, y nos llevan a preguntarnos si la consideramos una conquista que se compra o un don que se comparte; si la ponemos en objetos que se consumen o en relaciones que nos acompañan. Es, de hecho, “a causa de Cristo” (cf. v. 11) y gracias a Él, que la amargura de las pruebas se transforma en la alegría de los redimidos: Jesús no habla de una consolación lejana, sino de una gracia constante que nos sostiene siempre, sobre todo en la hora de la aflicción.

Las Bienaventuranzas elevan a los humildes y dispersan a los soberbios en los pensamientos de su corazón (cf. Lc 1, 51-52). Por eso pidamos la intercesión de la Virgen María, sierva del Señor, a la que todas las generaciones llaman bienaventurada.

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