SIN PREJUICIOS Y CON EL CORAZÓN DESARMADO, CREZCAMOS EN LA CARIDAD: PALABRAS DE LEÓN XIV A SACERDOTES Y MONJES ORTODOXOS (05/02/2026)
La paz esté con ustedes.
Buenos días y bienvenidos.
La primera carta de Pedro dice: “Paz a todos ustedes, los que están en Cristo” (1 Pe 5, 14). Con estas mismas palabras de San Pedro, les doy la bienvenida a ustedes, sacerdotes y monjes que representan a las Iglesias Ortodoxas Armenia, Copta, etíope, Eritrea, Malankar y Siria. También extiendo un saludo fraternal al Arzobispo Khajag Barsamian y al Metropolita Barnaba El-Soryani, que los están acompañando. Quisiera también expresar mi respeto y gratitud a los venerables líderes de sus Iglesias Ortodoxas Orientales, que los han llamado a participar en esta visita de estudio organizada por el Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos.
Espero que hayan disfrutado esta visita, que fue diseñada para darles la oportunidad de aprender más sobre la Iglesia Católica, en particular sobre la Curia Romana y las instituciones educativas romanas. Confío en que su visita haya sido también una bendición para todos aquellos que los han conocido aquí, permitiéndoles aprender más sobre sus Iglesias.
Como saben, recientemente celebramos la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, cuyo tema se tomó de la Carta de san Pablo a los Efesios, en la que el Apóstol subraya la importancia de estar unidos en la fe: “Hay un solo cuerpo y un Espíritu, así como ustedes fueron llamados a la única esperanza de su vocación” (Ef 4, 4).
Como sabemos, San Pablo viajó extensamente por Israel, Asia Menor, Siria, Arabia e incluso Europa. Fundando y visitando muchas comunidades cristianas, se dio cuenta de las particularidades de cada iglesia, es decir, de su etnicidad, de sus costumbres, así como de sus retos y preocupaciones. El Apóstol se dio cuenta de que las comunidades podían encerrarse demasiado en sí mismas, concentrándose sobre sus propios problemas específicos. Como resultado, a través de sus cartas, San Pablo estaba determinado a recordarles que formaban parte del único Cuerpo Místico de Cristo. Al hacerlo, los animaba a apoyarse unos a otros y a mantener la unidad de fe y de enseñanzas que refleja la naturaleza trascendente y la unidad de Dios.
Queridos amigos, las diferencias históricas y culturales en nuestras Iglesias constituyen un maravilloso mosaico de nuestra herencia cristiana común, que es algo que todos podemos apreciar. Al mismo tiempo, debemos seguir apoyándonos unos a otros, de modo que podamos crecer en nuestra fe compartida en Cristo, que es la fuente última de nuestra paz (cf. Ef 2, 14). Esto requiere que aprendamos a “desarmarnos”. Como el Patriarca Atenágoras, pionero del movimiento ecuménico, afirmó en una hermosa oración: “Estoy desarmado de la necesidad de tener razón, de justificarme juzgando a los demás” haciendo “la guerra más dura, la guerra contra mí mismo”. Cuando removemos los prejuicios que tenemos en nuestro interior y desarmamos nuestros corazones, crecemos en caridad, trabajamos más estrechamente y reforzamos nuestros vínculos de unidad en Cristo. De este modo, la unidad de los cristianos se convierte también en un fermento para la paz en la tierra y la reconciliación de todos.
Queridos hermanos en Cristo, al renovar mi agradecimiento por su visita, les aseguro mi recuerdo en la oración. Que el Señor los bendiga y que la Santísima Virgen María, Madre de Dios, los proteja a ustedes y a sus amadas Iglesias.
Muchas gracias. Los invito a rezar juntos la oración del Señor:
Padre Nuestro…
Que la bendición del Señor descienda sobre nosotros y nos guarde. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Comentarios