ES URGENTE ANUNCIAR EL EVANGELIO: PALABRAS DE LEÓN XIV A LOS SACERDOTES DE ROMA (19/02/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes.
[Introducción de saludo del Cardenal Vicario]
Queridos hermanos:
Los saludo con gran alegría y les agradezco por estar aquí esta mañana. Agradezco al Cardenal Vicario por las palabras que me dirigió y saludo cordialmente a todos ustedes: a los miembros del Consejo episcopal, a los párrocos, a todos los presbíteros presentes. Y les digo, si es verdad que estamos al comienzo de este camino cuaresmal, éste no es un acto de penitencia: es, al menos para mí, una gran alegría. Y lo digo sinceramente.
Al comienzo del año pastoral nos hemos dejado inspirar por lo que Jesús dice a la mujer samaritana junto al pozo de Jacob: «Si tú conocieras el don de Dios» (Jn 4, 10).
El don, como sabemos, están bien una invitación a vivir una responsabilidad creativa. No estamos solamente insertos dentro del río de la tradición como ejecutantes pasivos de una pastoral ya definida sino, por el contrario, con nuestra creatividad y nuestros carismas, estamos llamados a colaborar con la obra de Dios. A este respecto, son Iluminador las palabras que el Apóstol Pablo dirige a Timoteo: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que está en ti» (2 Tim 1, 6). Estas palabras son dirigidas, más que al individuo, también a la comunidad, y hoy podemos escucharlas dirigidas a nosotros: Iglesia de Roma, ¡acuérdate de reavivar el don de Dios!
¿Qué significa reavivar? Pablo dirige esta exportación a una comunidad que de alguna forma ha perdido la frescura de los orígenes y el impulso pastoral; con el contexto que cambia y el tiempo que pasa, aparece un cierto cansancio, alguna desilusión o frustración, cierto decaimiento espiritual y moral. Y entonces el apóstol dice a Timoteo y a esa comunidad: acuérdate de reavivar el don que has recibido. Este verbo usado por Pablo – reavivar –evoca la imagen de las brasas bajo las cenizas y, como dijo el Papa Francisco, «sugiere la imagen de quién sopla al fuego para reavivar la llama» (Catequesis, 30 de octubre 2024).
También para el camino pastoral de nuestra Diócesis podemos decir: el fuego está encendido, pero siempre se necesita reavivarlo.
El fuego encendido es el don irrevocable que el Señor nos ha hecho, es el Espíritu que ha trazado el camino de nuestra Iglesia, la historia y la tradición que hemos recibido y lo que, de manera ordinaria, sacamos adelante en nuestras comunidades. Al mismo tiempo, debemos admitir con humildad que la llama de este fuego no conserva siempre la misma vitalidad y necesita ser atizada de nuevo. Presionados por los repentinos cambios culturales y los escenarios en que se desarrollan nuestra misión, a veces asaltados por el cansancio y el peso de las rutinas, o desanimados por el creciente desapego ante la fe y la práctica religiosa, advertimos la necesidad de que este fuego sea alimentado y reavivado.
Esto es válido en particular, para algunos ambientes de la vida pastoral, que quisiera mencionar brevemente.
El primero se refiere ciertamente a la pastoral ordinaria de las parroquias. Y aquí, ante todo quiero compartirles un pensamiento de gratitud, recordando las palabras que el Papa Francisco les dirigió en una de las últimas Misas Crismales: «Gracias por su servicio; gracias por tanto bien oculto que hacen […]; gracias por su ministerio; que a menudo se desarrolla entre muchos cansancios, incomprensiones y poco reconocimiento» (homilía en la misa del crisma, 6 de abril 2023). Los cansancios y las incomprensiones, sin embargo, pueden también ser ocasión de reflexión sobre los desafíos pastorales que hay que enfrentar. En particular, acerca de la relación entre iniciación cristiana y evangelización, necesitamos un claro cambio de marcha; de hecho, la pastora ordinaria está estructurada según un modelo clásico que se preocupa ante todo por garantizar la administración de los Sacramentos, pero dicho modelo presupone que la fe sea transmitida de alguna manera incluso por el ambiente alrededor, por la sociedad, así como por el ambiente familiar. En realidad, los cambios culturales de antropológicos que han ocurrido en las últimas décadas nos dicen que ya no es así, es más, asistimos a una creciente erosión de la práctica de la religión.
Es urgente, por ello, volver a anunciar el Evangelio: esta es la prioridad. Con humildad, pero también sin dejarnos desanimar, debemos reconocer que «parte de nuestra gente bautizada no experimenta su pertenencia a la Iglesia», y eso invita a vigilar también acerca de una «sacramentalización sin otras formas de evangelización» (Evangelii gaudium, 63). Recordemos las preguntas del Apóstol Pablo: «¿Cómo creerán en aquel del que no han escuchado hablar? ¿Cómo lo escucharán hablar sin alguien que lo anuncie?» (Rom 10, 14). Como todas las grandes aglomeraciones urbanas, la ciudad de Roma está marcada por la permanente movilidad, por una nueva forma de habitar el territorio y de vivir el tiempo, por tejidos de relaciones y familiares cada vez más plurales y a veces, desintegrados. Por ello, es necesario que la pastora El parroquial vuelva a poner en el centro el anuncio, para buscar caminos y formas que ayuden a las personas a entrar nuevamente en contacto con la promesa de Jesús. En este contexto, la iniciación cristiana, a veces organizada bajo ritmos escolarizados, necesita ser revisada: hace falta experimentar con otras formas de transmisión de la fe incluso fuera de los caminos clásicos, para buscar involucrar en formas nuevas a los niños, los jóvenes y las familias.
Un segundo aspecto es este: aprender a trabajar juntos, en comunión. Para darle la primacía a la evangelización en todas sus múltiples formas no podemos pensar en actuar de manera solitaria. En el pasado, la parroquia estaba vinculada de manera más estable al territorio y a ella pertenecían todos aquellos que habitaban en él; hoy, sin embargo, los modelos y estilos de vida han pasado de la estabilidad a la movilidad y muchas personas, además de por motivos laborales, se mueven por experiencias de distinto tipo, viviendo también las relaciones más allá de los confines territoriales y culturales de pertenencia. La Parroquia por sí misma no es suficiente para iniciar algunos caminos de evangelización capaces de interceptar a los que no pueden vivir una adecuada participación. En un territorio de grandes dimensiones como el romano, hace falta vencer la tentación de la autorreferencialidad, que genera un mayor cansancio y dispersión, para trabajar cada vez más juntos, especialmente entre parroquias limítrofes, poniendo en común los carismas y potencialidades, programando juntos y evitando sobreponer las iniciativas. Hace falta una mayor coordinación que, lejos de ser un expediente pastoral, busca expresar nuestra comunión presbiteral.
Un último aspecto que quisiera subrayar: la cercanía con los jóvenes. Muchos de ellos – lo sabemos – «viven ya sin ninguna referencia a Dios y a la Iglesia» (Discurso a los participantes en la sesión plenaria del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 29 de enero 2026). Se trata por ello de captar y leer el profundo malestar existencial que los habita, su desconcierto, sus múltiples dificultades, así como también los fenómenos que los involucran en el mundo virtual y los síntomas de una preocupante agresividad, que desemboca a veces en violencia. Sé que conocen esta realidad y se comprometen para enfrentarla. No tenemos soluciones fáciles que nos aseguren resultados inmediatos, pero, en cuanto sea posible, podemos permanecer a la escucha de los jóvenes, hacernos presentes con ellos, acogerlos, compartir un poco de su vida. Al mismo tiempo, ya que los problemáticas afectan diversas dimensiones de la vida, busquemos también, como parroquias, dialogar e interactuar con las instituciones presentes en el territorio, con la escuela, con los especialistas en el campo educativo y de las ciencias humanas y con quienes consideran importante el destino y el futuro de nuestros jóvenes.
Y a propósito de la edad juvenil, quisiera dirigir una palabra de ánimo a los sacerdotes más jóvenes – son casi todos, ¿verdad? – que a menudo experimentan en carne propia las potencialidades y fatigas de su generación y de esta época. En un contexto social y eclesial más difícil y menos gratificante, se puede correr el riesgo de gastar rápidamente las energías, de acumular frustración y caer en la soledad. Los exhorto a la fidelidad cotidiana en la relación con el Señor y a trabajar con entusiasmo aún si ahora no ven los frutos de la apostolado. Sobre todo, los invitó a nunca cerrarse en ustedes mismos: no tengan miedo de confrontarse, incluso acerca de sus cansancios y sus crisis, especialmente con los hermanos que consideran los pueden ayudar. A todos nosotros, obviamente, se nos pide una actitud escucha y atención, a través de la cual vivir concretamente la fraternidad presbiteral. Acompañémonos y apoyémonos mutuamente.
Muy queridos todos, estoy contento de haber vivido con ustedes en este momento para compartir. Como recordé recientemente, nuestro primer compromiso es el de «custodiar y hacer crecer la vocación en un constante camino de conversión y de renovada fidelidad, que nunca es un camino sólo individual, sino que compromete a cuidar unos de otros» (Carta ap. Una fidelidad que genera futuro, 13). De esta forma, seremos pastores según el corazón de Dios y podremos ser vive de mejor forma a nuestra Diócesis de Roma. Gracias.

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