NO SE RESIGNEN A UNA CULTURA DEL ABUSO: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA PARROQUIA DE SANTA MARÍA REINA DE LA PAZ (15/02/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Es para mí motivo de gran alegría estar aquí y vivir con su comunidad el gesto a partir del cual el “domingo” toma su nombre. Es “el día del Señor” porque Jesús Resucitado viene en medio de nosotros, nos escucha y nos habla, nos alimenta y nos envía. Así, en el Evangelio que hoy escuchamos, Jesús nos anuncia su “ley nueva”: no solamente una enseñanza, sino la fuerza para llevarla a cabo. Es la gracia del Espíritu Santo la que escribe en nuestro corazón de manera indeleble y lleva a su cumplimiento los mandamientos de la antigua alianza (cf. Mt 5,17-37).
A través del Decálogo, después de la salida de Egipto, Dios había establecido la alianza con su pueblo, ofreciendo un proyecto de vida y un camino de salvación. Las “Diez palabras”, entonces, se ubican y se comprenden dentro de un camino de liberación, gracias al cual un conjunto de tribus divididas y oprimidas se transforman en un pueblo unido y libre. Esos mandamientos aparecen así, en el largo camino a través del desierto, como la luz que muestra el camino; y su observancia se comprende y se realiza no tanto como un cumplimiento formal de preceptos, sino como un acto de amor, de correspondencia agradecida y confiada en el Señor de la alianza. Por tanto, la ley entregada por Dios a su pueblo no va en contra de su libertad, sino por el contrario, es la condición para hacerla florecer.
Así, la primera Lectura, tomada del libro de Sirácides (cf. 15, 16-21), y el Salmo 118, con el que cantamos nuestra respuesta, nos invitan a ver en los mandamientos del Señor no una ley opresiva, sino su pedagogía para la humanidad que va buscando plenitud de vida y libertad.
Al respecto, al comienzo de la Constitución pastoral Gaudium et spes, encontramos una de las expresiones más hermosas del Concilio Vaticano II, en la cual se escucha casi palpitar el corazón de Dios a través del corazón de la Iglesia. Dice el Concilio: «Las alegrías y las esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de hoy, de los pobres, sobre todo, y de todos aquellos que sufren, son también las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los discípulos de Cristo, y nada existe genuinamente humano que no encuentre eco en su corazón» (Conc. Ecum Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1).
Esta profecía de salvación se difunde de manera sobreabundante en la predicación de Jesús, que inicia a la orilla del lago de Galilea con el anuncio de las Bienaventuranzas (cf. Mt 5, 1-12) y continúa mostrando el sentido auténtico y pleno de la ley de Dios. Dice el Señor: «Han oído que se dijo a los antiguos: No matarás; quien lo haya hecho deberá ser sujeto al juicio. Pero yo les digo: quien se enfurece con su hermano deberá ser sujeto a juicio. Quien dice a su hermano: “Estúpido”, deberá ser sujeto al Sanedrín; y el que le dice: “Imbécil”, será destinado al fuego de la Gehena» (Mt 5, 21-22). Señala, así, como camino de plenitud del hombre, una fidelidad a Dios basada en el respeto y el cuidado del otro en su sacralidad inviolable, que hay que cultivar, antes incluso que en los gestos y las palabras, en el corazón. Es allí, de hecho, donde nacen los sentimientos más nobles, pero también las profanaciones más dolorosas: las cerrazones, las envidias, los celos, por los cuales el que piensa mal de su propio hermano, alimentando malos sentimientos en relación con él, es como si en su propio interior lo estuviera ya matando. No por casualidad San Juan afirma: «El que odia a su propio hermano es un homicida» (1 Jn 3, 15).
¡Qué reales son estas palabras! Y cuando también a nosotros nos ocurra el juzgar a los demás y despreciarlos, acordémonos que el mal que vemos en el mundo tiene sus raíces precisamente allí, en donde el corazón se vuelve frío, duro y pobre en misericordia.
Esto se experimenta también aquí, en Ostia, donde también, por desgracia, la violencia existe y hiere, arraigándose a veces entre los jóvenes y adolescentes, quizás alimentada por el uso de sustancias; o por obra de organizaciones criminales, que explotan a las personas involucrándolas en sus crímenes y persiguen intereses inicuos con métodos ilegales e inmorales.
Ante tales fenómenos los invito a todos ustedes, como comunidad parroquial, unidos a las demás realidades virtuosas que trabajan en estos barrios, a seguir empeñándose con generosidad y valentía para esparcir en sus calles y en sus casas la buena semilla del Evangelio. No se resignen a la cultura del abuso y la injusticia. Por el contrario, difundan respeto y armonía, comenzando con el desarme de los lenguajes y después invirtiendo energías y recursos en la educación, especialmente de los muchachos y la juventud. Sí, que en la parroquia puedan aprender la honestidad, la acogida, el amor que supera las fronteras; aprender a ayudar no sólo a los que pueden corresponder y saludar no sólo a los que saludan, sino ir hacia todos de manera gratuita y libre; aprender la coherencia entre la fe y la vida, como nos enseña Jesús, cuando dice: «Si presentas tu ofrenda ante el altar y ahí te acuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja ahí tu ofrenda frente al altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después regresa para ofrecer tu ofrenda» (Mt 5, 23-24).
Que esta sea, muy queridos todos, la meta de sus esfuerzos y sus actividades, para el bien de los que están cerca y los que están lejos, para que también quien es esclavo del mal pueda encontrar, a través de ustedes, al Dios del amor, al único que libera el corazón y nos hace realmente felices.
El Papa Benedicto XV, hace ciento diez años, quiso que esta Parroquia fuera dedicada a Santa Maria Regina Pacis. Lo hizo en pleno primer conflicto mundial, pensando también en su comunidad como un rayo de luz en el cielo de plomo de la guerra. A la distancia del tiempo, por desgracia, muchas nubes siguen oscureciendo el mundo, con la difusión de lógicas contrarias al Evangelio, que exaltan la supremacía del más fuerte, impulsan la prepotencia y alimentan la seducción de la victoria a cualquier costo, sordas al grito de los que sufren y los que están indefensos.
Opongamos a esta tendencia, la fuerza que desarma de la mansedumbre, al seguir pidiendo paz y al acoger y cultivar su don, con tenacidad y humildad. San Agustín enseñaba que «No es difícil poseer la paz […]. Si […] deseamos tenerla, ésta se encuentra allí, al alcance de nuestra mano y podemos poseerla sin ningún trabajo» (Sermón 357, 1). Y eso porque nuestra paz es Cristo, al que se conquista dejándose conquistar y transformar por Él, abriéndole el corazón, y abriéndolo, con su gracia, a quienes Él mismo pone en nuestro camino.
Háganlo también ustedes, queridas hermanas y queridos hermanos, día tras día. Háganlo juntos, como comunidad, con la ayuda de María, Reina de la Paz. Que sea Ella, Madre de Dios y Madre nuestra, la que nos custodie y proteja siempre. Amén.

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