LOS CONSAGRADOS, FERMENTO DE PAZ: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DE LA FIESTA DE LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (02/02/2026)
Queridos hermanos y hermanas, hoy, Fiesta de la Presentación del Señor, el Evangelio nos habla de Jesús que, en el Templo, es reconocido y anunciado como el Mesías por Simeón y Ana (cf. Lc 2, 22-40). Nos presenta el encuentro entre dos movimientos de amor: el de Dios que viene a salvar al hombre y el del hombre que espera con fe vigilante su venida.
Por parte de Dios, el hecho de que Jesús sea presentado como hijo de una familia de pobres en el gran escenario de Jerusalén, nos muestra cómo Él se ofrece a nosotros en el pleno respeto de nuestra libertad y en el pleno compartir nuestra pobreza. En su actuar, de hecho, no hay nada coercitivo, sino sólo el poder que desarma de su gratuidad desarmada. Por parte del hombre, en cambio, en los dos ancianos, Simeón y Ana, la espera del pueblo de Israel se representa en su cénit, como culmen de una larga historia de salvación, que se despliega desde el jardín del Edén hasta los atrios del Templo; una historia marcada por luces y sombras, caídas y levantadas, pero siempre recorrida por un único deseo vital: restablecer la plena comunión de la criatura con su Creador. Así, a pocos pasos del “Santo de los Santos”, la Fuente de la luz se ofrece como lámpara para el mundo y el Infinito se entrega a lo finito, de un modo tan humilde que pasa casi inadvertida.
Nosotros celebramos la XXX Jornada de la Vida Consagrada en el horizonte de esta escena, reconociendo en ella un icono de la misión de los religiosos y las religiosas en la Iglesia y en el mundo, como exhortó el Papa Francisco: «“Despierten al mundo”, porque la nota que caracteriza la vida consagrada es la profecía» (Carta ap. A todos los Consagrados con ocasión del Año de la Vida Consagrada, 21 noviembre 2014, II, 2). Muy queridas y queridos todos, la Iglesia les pide que sean profetas: mensajeros y mensajeras que anuncian la presencia del Señor y preparan su camino. Para usar las expresiones de Malaquías, que hemos escuchado en la primera Lectura, ésta los invita a hacerse, en su generoso “vaciarse” por el Señor, braseros para el fuego del Fundidor y vasijas para la lejía del Lavandero (cf. Mal 3, 1-3), para que Cristo, único y eterno Ángel de la Alianza, presente también hoy entre los hombres, pueda fundir y purificar sus corazones con su amor, con su gracia y con su misericordia. Y esto están llamados a hacerlo, ante todo, a través del sacrificio de su existencia, arraigados en la oración y dispuestos a consumirse en la caridad (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 44).
Sus Fundadores y Fundadoras, dóciles a la acción del Espíritu Santo, les han dejado modelos maravillosos de cómo vivir activamente este mandato. En continua tensión entre tierra y Cielo, ellos con fe y valentía se dejaron transportar, partiendo de la Mesa Eucarística, unos al silencio de los claustros, otros a los desafíos del apostolado, otros a la enseñanza en las escuelas, otros a la miseria de las calles, otros a las fatigas de la misión. Y con la misma fe regresaron, cada vez, humilde y sabiamente, a los pies de la Cruz y ante el Tabernáculo, para ofrecerlo todo y reencontrar en Dios la fuente y la meta de toda su acción. Con la fuerza de la gracia se lanzaron también a empresas arriesgadas, haciéndose presencia orante en ambientes hostiles e indiferentes, mano generosa y hombro amigo en contextos de degradación y abandono, testimonio de paz y de reconciliación en medio de escenarios de guerra y de odio, dispuestos incluso a sufrir las consecuencias de un actuar a contracorriente que los hizo en Cristo «signo de contradicción» (Lc 2, 34), a veces hasta el martirio.
El Papa Benedicto XVI escribió que «la interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta si no se estuviera a la escucha también de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios» (Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 48); y nosotros queremos recordar a los hermanos y hermanas que nos precedieron como protagonistas de esta «tradición profética, en la cual la Palabra de Dios toma a su servicio la vida misma del profeta» (ibid., 49). Lo hacemos sobre todo para recoger su estafeta.
También hoy, de hecho, con la profesión de los consejos evangélicos y con los múltiples servicios de caridad que ofrecen, están llamados a dar testimonio, en una sociedad donde fe y vida parecen alejarse cada vez más una de la otra, en nombre de una concepción falsa y reductiva de la persona, de que Dios está presente en la historia como salvación para todos los pueblos (cf. Lc 2, 30-31). A dar testimonio de que el joven, el anciano, el pobre, el enfermo, el encarcelado, tienen, ante todo, su lugar sagrado en su Altar y en su Corazón, y que, al mismo tiempo, cada uno de ellos es santuario inviolable de su presencia, ante la cual arrodillarse para encontrarlo, adorarlo y glorificarlo.
Son signo de ello los numerosos “cuarteles de Evangelio” que muchas de sus comunidades mantienen en los contextos más variados y exigentes, incluso en medio de los conflictos. No se van; no escapan; permanecen, despojados de todo, para ser recuerdo, más elocuente que mil palabras, de la sacralidad inviolable de la vida en su desnuda esencialidad, haciéndose eco, con su presencia – también allí donde resuenan las armas y donde parecen prevalecer la prepotencia, el interés y la violencia – de las palabras de Jesús: «Cuídense de no despreciar a uno sólo de estos pequeños, porque […] sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro del Padre» (Mt 18, 10).
Y quisiera detenerme, al respecto, en la oración del viejo Simeón, que todos recitamos cada día: «Ahora puedes dejar, Señor, que tu siervo se vaya en paz, según tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación» (Lc 2, 29-30). La vida religiosa, de hecho, con su desapego sereno de todo lo que pasa, enseña la inseparabilidad entre el cuidado más auténtico por las realidades terrenas y la esperanza amorosa en las eternas, elegidas ya en esta vida como fin último y exclusivo, capaz de iluminar todo lo demás. Simeón ha visto en Jesús la salvación y es libre ante la vida y la muerte. «Hombre justo y piadoso» (Lc 2, 25), junto con Ana, que «nunca se alejaba del Templo» (ibid. v. 37), mantiene fija la mirada en los bienes futuros.
El Concilio Vaticano II nos recuerda que «la Iglesia […] no tendrá su cumplimiento sino en la gloria celeste, cuando llegue el tiempo en el cual […] con el género humano, también todo el universo […] encontrará en Cristo su definitiva perfección» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 48). También esta profecía les ha sido confiada a ustedes, hombres y mujeres con los pies bien plantados en la tierra, pero al mismo tiempo «constantemente orientados a los bienes eternos» (Misal Romano, Colecta de la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María). Cristo murió y resucitó para «liberar […] a los que, por temor a la muerte, eran sujetos a la esclavitud por toda la vida» (Heb 2, 15), y ustedes, comprometidos a seguirlo más de cerca, participando de su “anonadamiento” para vivir en su Espíritu (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Perfectae caritatis, 28 octubre 1965, 5), pueden mostrar al mundo, en la libertad de quienes aman y perdonan sin medida, el camino para superar los conflictos y sembrar fraternidad.
Queridas consagradas, queridos consagrados, la Iglesia hoy da gracias al Señor y a ustedes por su presencia, y los anima a ser, allí donde la Providencia los envíe, fermento de paz y signo de esperanza. Confiemos su obra a la intercesión de María Santísima y de todos sus santos Fundadores y Fundadoras, mientras sobre el Altar renovamos juntos la ofrenda a Dios de nuestra vida.

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