COMBATIR LA DELINCUENCIA Y LA FALSEDAD QUE HIEREN A LA SOCIEDAD: PALABRAS DE LEÓN XIV A LOS PREFECTOS DE ITALIA (16/02/2026)
Señor Ministro, ilustres Prefectos:
Les extiendo un cordial saludo a cada uno de ustedes y les agradezco por esta visita, que confirma el compromiso de colaborar, según los respectivos papeles, por el bien de la sociedad italiana. Precisamente su Patrono, San Ambrosio de Milán, encarna un óptimo ejemplo de la convergencia entre Estado e Iglesia: como perfecto de esa gran ciudad, que fue capital del imperio, él se convirtió en Obispo por petición del pueblo, como se acostumbra a decir. A continuación de este rápido paso, Ambrosio ejerció de forma nueva sus funciones públicas, poniendo al servicio del pueblo la autoridad espiritual de la que había sido investido.
En la antigüedad, una cierta semejanza entre el papel de perfecto y el ministerio episcopal viene de más allá marcada por los nombres y los títulos con los que se indicaba tanto la administración de las cosas públicas como la administración de la comunidad cristiana. Tanto los ciudadanos de Roma como los discípulos de Jesús eran, de hecho, organizados en diócesis, o más bien en circunscripciones que a su cabeza tenían a los prefectos del pretorio, o a los episkopoi, es decir los Obispos, aquellos que miran al pueblo como buenos pastores.
Dicho parentesco histórico marca hasta hoy su misión, dirigida a servir al Estado garantizando el orden público y la seguridad de todos los ciudadanos. Especialmente nuestro tiempo, marcado por conflictos y tensiones internacionales, pone en evidencia la importancia de proteger el bien común, que es irreductible a aspectos materiales, ya que se refiere ante todo al patrimonio moral y espiritual de la República Italiana. Estos valores se encuentran en la convivencia civil la mejor condición para difundirse y avanzar.
Vigilando la concordia social, el Prefecto contribuye a proteger el presupuesto y renunciable de la libertad y los derechos de los ciudadanos. Toda la población se beneficia de este servicio, sobre todas las clases más débiles. De hecho, cuando el espacio cívico está libre de desórdenes, los pobres encuentran más fácilmente acogida, los ancianos experimentan una mayor tranquilidad, mejoran los servicios destinados a las familias, a los enfermos y los jóvenes, favoreciendo una mirada más confiada en el futuro.
El orden público no concierne, entonces, sólo a la debida lucha contra la criminalidad o la prevención de dañinos disturbios; requiere también un compromiso tenaz contra aquellas formas de violencia, falsedad y vulgaridad que hieren al organismo social. En positivo, sus tareas de vigilancia tienen como finalidad el cuidado de las relaciones sociales y la construcción de acuerdos cada vez más eficientes entre las instituciones centrales del Estado, las entidades locales y los ciudadanos.
Con dicho propósito, vale la pena recordar una enseñanza de San Agustín, que precisamente de San Ambrosio recibió el Bautismo. Escribía el Obispo de Hipona: «Aquellos que mandan están al servicio de cuantos parecen ser mandados. No mandan, de hecho, por ambición de dominio, sino por deber de cuidado; no con la arrogancia de prevalecer, sino con la bondad de proveer» (De civitate Dei, XIX, 14). Este principio básico está de acuerdo con lo que está dispuesto por la Constitución Italiana, que en el artículo 98 afirma: «Los empleados públicos están al servicio exclusivo de la Nación». Al establecer dicha exclusividad, el dictado constitucional da testimonio del sentido inmediato de su noble servicio, que responde ciertamente a las leyes del Estado, pero ante todo a la conciencia, que las conoce, las comprende y las aplica con firmeza y equidad. Por un lado, de hecho, las leyes son expresión de la voluntad popular, por otro la conciencia se hace intérprete de su personal humanidad: ambas deben ser custodiadas libres de presiones, ejerciendo tanto el rigor como la magnanimidad como virtudes bien equilibradas en los hombres rectos.
Sepan bien la disciplina interior que se requiere para gobernar y promover el orden del propio pensamiento, antes que el de la República; precisamente por eso, servir a la Nación significa dedicarse con mente limpia y conciencia íntegra a la colectividad, es decir al bien común del pueblo italiano. En tal sentido, el alto cargo que obstan exige un doble testimonio. El primero se realiza a través de la colaboración entre los diversos órganos y niveles administrativos del Estado; el segundo se lleva a cabo conectando responsabilidades profesionales y conducta de vida, como ejemplo de dedicación que se da a sus conciudadanos, especialmente a las nuevas generaciones. Al respecto, deseo que su autoridad contribuye a mejorar el rostro de la burocracia, cooperando a hacer cada vez más virtuoso el cuidado de la sociedad.
Especialmente en situaciones de emergencia, frente a desastres o peligros, su papel permite expresar de la mejor forma los valores de solidaridad, valentía y justicia que honra a la República Italiana. El espesor ético de su servicio marca además los desafíos que traen las nuevas tecnologías, como la inteligencia artificial, o aplicada incluso en la administración pública. Estos instrumentos deben ser atentamente gobernados no sólo para proteger los datos personales, sino para beneficio de todos, sin requisiciones elitistas.
Al cultivar un estilo de ciudadanía consciente, honesta y activa, sepan que pueden siempre contar con la colaboración y el respeto de la Iglesia. Las constructivas relaciones que mantienen con los Obispos diocesanos favorecen en particular la acogida de los migrantes y las muchas formas de apoyo a los necesitados que nos ven trabajar juntos en primera línea, así como la administración de otras cuestiones prácticas como, por ejemplo, las fabriccerie. La fe de la comunidad cristiana y los vuelos religiosos que encarna ayudan así al crecimiento cultural y social de Italia.
Ilustres señoras y señores, al desearles a cada uno las mejores satisfacciones, los bendigo de corazón a ustedes, a su servicio y a sus familiares.

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