UNA EXPERIENCIA DE COMUNIÓN AL SERVICIO DE LA MISIÓN: PALABRAS DE LEÓN XIV EN LA CONCLUSIÓN DEL CONSISTORIO EXTRAORDINARIO (27/06/2026)
Antes de entrar en la reflexión conclusiva, deseo expresar nuestra cercanía, la mía y la de todo el Colegio Cardenalicio, con el pueblo de Venezuela, duramente afectado por el violento terremoto de estos días. Aseguramos nuestra oración por las víctimas, por sus familias y por quienes sufren las consecuencias de esta tragedia. Recomendamos al señor también a todos los que están esforzándose en los servicios de emergencia y pedimos que no disminuya la solidaridad de la comunidad internacional hacia esa querida nación.
Queridos hermanos Cardenales, llegamos ahora al término de estos días con un sentimiento de profunda gratitud. Les agradezco por la libertad, la fraternidad y el sentido eclesial con el que han participado en nuestros trabajos. Me llevo no solamente el contenido de sus reflexiones, sino también la experiencia que las ha hecho posibles. En estos días buscamos juntos la voluntad del Señor, en convicción de que Cristo sigue obrando en su Iglesia: el Él quien nos precede, nos reúne, habla a través de los hermanos y nos conduce en la misión. Todo nace de Él y todo vuelve a Él. Por eso, ver a Cardenales provenientes de Iglesias, culturas y situaciones tan distintas escucharse mutuamente y buscar juntos lo que es mejor para el Evangelio ha sido para mí motivo de consuelo, de esperanza.
Iniciamos estos días dejándonos guiar por la imagen del Buen Samaritano: un hombre que se detiene ante el hermano herido, se deja conmover en sus entrañas y cuida de él. Quisiera ahora despedirnos con otro icono evangélico: el de los discípulos de Emaús. También ellos caminan marcados por la tristeza y la desilusión, pero el Señor se hace su compañero de camino, escuchas sus preguntas, abre la Escritura, hace arder su corazón y transforma su camino. Me gusta pensar que también lo que hemos vivido en estos días tiene algo de esta experiencia: hemos caminado juntos, nos hemos escuchado mutuamente y, hemos dejado espacio al Señor, Él nuevamente ha encendido en nuestros corazones la esperanza y nos envía de nuevo ahora a nuestras Iglesias para retomar el camino con una mirada nueva.
La reflexión conclusiva sobre el camino sinodal nos ayudó a releer lo que hemos vivido en estos días. Me parece que la pregunta de la sinodalidad no es, ante todo: “¿Quién tiene el poder de decisión?”. La pregunta es más profunda: “¿Cómo custodiamos juntos el don que el Señor ha encomendado a su Iglesia?”. Cuando esta pregunta se vuelve el centro de nuestro discernimiento, también las cuestiones sobre la autoridad, la corresponsabilidad y las decisiones encuentran su justo lugar, iluminados por la emisión y por la común fidelidad al evangelio. Así, desean encomendarles una vez más el camino de puesta en práctica del Sínodo. Les pido que lo acompañen con convicción en las iglesias que sirven, favoreciendo su comprensión auténtica y animando a todos a tomar parte en ello: se trata de ayudar a nuestras iglesias a crecer en un estilo cada vez más evangélico.
Les pido, como escuchamos al Card. Grech, la sinodalidad no es un conjunto de reuniones, ni un método de trabajo. Es un estilo espiritual. Nace del encuentro, crece en la escucha y madura en el discernimiento. La verdadera pregunta no es cuántas conversaciones podremos organizar, sino que calidad de evangélica tendrán nuestros encuentros. Cuando nos escuchamos con humildad y libertad, dejando espacio al Espíritu, nuestras conversaciones no se quedan como un intercambio de ideas, sino que se convierten en lugar de conversión, en el cual crecemos juntos en la fidelidad al Señor.
Pensando de nuevo en las conversaciones de estos días, me llevo, ante todo, la mirada con la que han contemplado al mundo en la primera sesión. Muchos de ustedes relataron los sufrimientos provocados por la guerra, la violencia, la pobreza y las muchas y justicia que marcan la vida de los pueblos. No se detuvieron, sin embargo, en describirlas. Detrás de estos dramas reconocieron un sufrimiento aún más profundo: la soledad, la crisis de las relaciones, la pérdida de la esperanza, la dificultad para reconocerse mutuamente como hermanos y hermanas. Es una mirada que no apartan los ojos de las heridas del mundo, sino que busca sus raíces, reconociendo, a menudo ocultas dentro de ellas, una renovada petición de sentido, de autenticidad, de espiritualidad y comunidad. Muchos buscan hoy esperanza y relaciones verdaderas.
Me llamó la atención, en particular, la forma en que hablaron de los jóvenes. En sus preguntas, pero también en el sufrimiento que a veces los conduce hasta la desesperación – y a veces hasta la desesperación extrema de quitarse la vida – reconocieron una de las heridas más profundas de nuestro tiempo. Pero supieron reconocer también la acción del Espíritu. Su búsqueda de autenticidad, de relaciones verdaderas y de sentido no recuerda que el evangelio sigue encontrándose con las expectativas más profundas del corazón humano. Escucharlos a ellos y a sus familias con humildad es también un camino a través del cual el Señor sigue convirtiendo a la Iglesia.
Muchos de ustedes recordaron también a la familia. Ahí donde ella es apoyada y acompañada, crece una escuela de relaciones, de solidaridad y esperanza: ahí donde es herida o aislada, toda la sociedad sufre sus consecuencias. En octubre tendremos un encuentro con los líderes de las Iglesias Orientales y los Presidentes de las Conferencias Episcopales para evaluar los pasos que se han dado después de Amoris laetitia. Participarán también algunas familias que comparten las experiencias. Su presencia es esencial, sin embargo, espero que todos los que asistirán se preparen escuchando desde cerca y llevando la experiencia de las familias de sus Iglesias.
Así han buscado escuchar lo que las heridas del mundo revelan del corazón del hombre. Es precisamente ahí, en el corazón, que se decide también la paz. Antes que manifestarse en la historia, la guerra nace dentro de nosotros, cuando la sospecha toma el lugar de la confianza; el miedo, el de la esperanza y el otro es percibido como una amenaza. Pero es en el mismo corazón en el que Cristo sigue encontrándonos, hablando y convirtiéndonos. A partir un corazón reconciliado pueden nacer palabras desarmadas, relaciones nuevas y una paz capaz de alcanzar también a los pueblos.
La segunda sesión nos condujo a dar un paso más. Me parece que captaron con gran claridad una de las intuiciones de Magnifica humanitas: la Guerra no es solamente un conflicto entre los Estados. Nace mucho antes, a partir de la cultura del poder que atraviesa nuestra forma de pensar, de vivir las relaciones, de ejercer el poder, de usar la economía, la tecnología e incluso la religión. Si esta es la raíz de la crisis, la respuesta demanda reconstruir una cultura de la cooperación y el diálogo, capaz de darle nueva fuerza también al multilateralismo, para que los pueblos aprendan nuevamente a buscar juntos el bien común de toda la familia humana. En este camino la contribución de los fieles laicos comprometidos en la vida pública es esencial: necesitan de la cercanía y el apoyo de la comunidad eclesial para vivir la “caridad política” que recordaron. La misma cultura de la cooperación crece a través del diálogo ecuménico e interreligioso, que no atenúa a nuestra identidad cristiana, si es lo que La hace capaz de servir juntos al bien común y a la paz.
Encontré además particularmente valioso la manera en la que algunos de ustedes enfrentaron el tema de la respuesta no violenta ante las muchas formas de violencia. Ésta es una manera profundamente evangélica de habitar la historia, fruto de la contemplación de la forma de actuar de Jesús. No consiste en la renuncia al conflicto ni en una actitud pasiva, sino en elegir enfrentarlo sin reproducir su lógica. Ésta no renuncia a la verdad ni calla el mal, sino que rechaza defenderla con la violencia y transformar al otro en un enemigo: comienza desarmándose a sí mismos. Ella revela así la lógica de la Pascua, en la cual el amor se manifiesta más fuerte que el odio y el perdón rompe la espiral de la venganza. Es esta la fuerza del Crucificado resucitado: una fuerza que no destruye al enemigo, sino que hace posible reencontrar a un hermano.
En esta perspectiva, distintos grupos subrayaron la oportunidad de continuar profundizando el tema de la legítima defensa a la luz de las profundas transformaciones ocurridas en la naturaleza de los conflictos contemporáneos. Esta reflexión merece ser mayormente desarrollada con el necesario rigor teológico y pastoral.
Recibí con particular interés también su insistencia acerca de la Doctrina Social de la Iglesia. Han expresado el deseo de que se convierta cada vez más en patrimonio vivo de nuestras comunidades, criterio ordinario de formación de las conciencias y de discernimiento pastoral. Ella no ofrece soluciones preconcebidas, sino que educa a la Iglesia en una forma evangélica de vivir la realidad, interpretarla y orientar responsablemente la acción.
Me llamó la atención también otra convergencia. Muchos de ustedes observaron que hoy el bien común no es simplemente un objetivo que hay que perseguir: es una realidad que hay que redescubrir juntos. Vivimos un tiempo en el cual es difícil incluso reconocer lo que es realmente bueno para todos. Por eso, arraigada en Cristo, la iglesia está llamada a custodiar lugares de encuentro, de escucha diálogo en los que puedan madurar una renovada cultura del bien común. Esto demanda también un paciente trabajo educativo, que ayude a reconocer la dignidad inviolable de toda persona y la responsabilidad que nos vincula a unos con otros. En este camino, los pobres no son solamente destinatarios de nuestro cuidado, sino protagonistas de la esperanza que Dios sigue suscitando en la historia.
A partir de muchas de sus reflexiones ha surgido con fuerza también otra convicción. Mientras nos preguntábamos acerca de las responsabilidades de la Iglesia en el mundo de hoy, recordaron continuamente la importancia del testimonio, de la proximidad, de la formación de las conciencias y la construcción de comunidades fraternas y creíbles. Este testimonio nace del encuentro con Cristo, de su Palabra y de los Sacramentos, en los cuales el Señor sostiene a su pueblo y lo hace capaz de servir al mundo con la fuerza del Evangelio. La iglesia está llamada a convertirse cada vez más en lo que proclaman. Es sobre esta base que también las necesarias reformas de las estructuras, las instituciones, los procesos, pueden dar fruto.
Así, estos días fortalece mi esperanza. No solamente por lo que hemos compartido, sino por la forma en que lo hemos hecho. En un tiempo marcado por la polarización, también la forma en la cual la Iglesia escucha y dialoga se vuelve parte de su anuncio. Si sabemos continuar buscando juntos la voluntad del Señor, dejándonos guiar por el Espíritu Santo, estoy seguro de qué nuestra comunión se hará cada vez más fecunda para la misión de la iglesia y para el servicio a toda la familia humana.
Creo que, un poco cada vez, estamos redescubriendo el significado más auténtico del Consistorio: la reunión del Colegio de los Cardenales alrededor del Sucesor de Pedro para que, en la escucha recíproca y el discernimiento común, el Espíritu Santo ayude al Papa a guiar a la Iglesia. No un parlamento, no un congreso en el cual prevalencia opiniones o intereses, sino una experiencia de comunión al servicio de la misión. Lo que aprendemos a vivir en estos días no se refiere solamente al Colegio Cardenalicio. Es un estilo que estamos llamados a promover en toda la Iglesia, para que cada bautizado, según su propia vocación y responsabilidad, participe en la construcción de la civilización del amor y este al servicio del bien común. Como ya les he anticipado, deseo continuar con esta cita anual también a partir del próximo año. Aún no he fijado la fecha: espero comunicárselas hacia el final de este año.
Este Consistorio ha sido un momento valioso, pero no debe quedarse como una cita aislada. En toda la iglesia deseamos promover espacios en los cuales del Pueblo de Dios pueda escucharse, orar, discernir y caminar juntos. Es esta el alma del camino de puesta en práctica del Sínodo. Será este también el espíritu del próximo encuentro dedicado a Amoris laetitia y de muchas otras iniciativas que el Señor nos pida vivir. Lo que cuenta no es multiplicar los encuentros, si no aprender a vivir encuentros en los cuales, escuchándonos mutuamente, aprendamos juntos a escuchar al Señor.
Antes de concluir, deseo acoger el llamado unánime que ha surgido de este Consistorio y hacer lo mío. Más aún, quisiera que lo hiciéramos juntos, a través de estas palabras. Digámoslo a nuestros hermanos Obispos, a las Iglesias encomendadas a nuestro ministerio y a todos los pueblos de la tierra: dios desea la paz para toda nación y para todo pueblo. Por eso no debemos resignarnos a la violencia. La violencia no tendrá la última palabra. Dios sigue abriendo en la historia caminos de reconciliación y de paz. Tengamos la responsabilidad de recorrerlos con valentía y ayudar al mundo a reconocerlos.
Hermanos, les agradezco de corazón por su contribución, así como también a los conferencistas, los moderadores y a todos aquellos que, con generosidad y discreción, han hecho posibles estos días de trabajo y fraternidad. Gracias por haberme ayudado, una vez más, a reconocer la obra que Cristo sigue realizando en medio de su pueblo y en el mundo. Encomendemos los frutos de este Consistorio a la intercesión de la Virgen María, Madre de la Iglesia. Que nos enseñe a custodiar la unidad en la diversidad y a servir al Evangelio de la paz con humildad, valentía y esperanza. Gracias.

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