LA GUERRA NUNCA SERÁ BENDECIDA POR DIOS: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DE INICIO DEL CONSISTORIO CON LOS CARDENALES (26/06/2026)
Muy queridos hermanos:
Nos hemos reunido en torno al altar del Señor, junto a la tumba de San Pedro, para iniciar el Consistorio. Venimos a celebrar esta Eucaristía procedentes de todas partes del mundo: junto con nuestra vida, ofrecemos entonces a Dios las comunidades y los pueblos que llevamos en el corazón, así como los proyectos y las experiencias pastorales, alegres y difíciles.
Esta variedad de afectos y pensamientos ahora se concentra: es decir, encuentra ese centro luminoso, que es Cristo. Él mismo, en persona, se dirige a nosotros diciendo: «Yo soy la vid verdadera» (Jn 15, 1). Mediante Jesús, la gracia y la verdad fluyen en nuestra vida (cf. Jn 1, 17), renovándonos íntimamente: estos dones divinos son la savia fecunda también del Consistorio que hoy inauguramos. Es el Evangelio mismo el que prepara las condiciones para que sea fructífero: «Permanezcan en mí y yo en ustedes» (Jn 15, 4). Por un lado, el Maestro nos advierte así que «sin mí no pueden hacer nada» (v. 5); por otro, quiere que sus discípulos den «mucho fruto» (v. 8). Sí, mucho; la gracia de Dios no produce en quien la acoge un crecimiento raquítico, sino un desarrollo exuberante. El Verbo eterno, en efecto, se hizo hombre para que todos «tengan la vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10). Iniciada en la fe, esta vida se ve incluso fortalecida por la prueba de la podadura, porque es cultivada por la solicitud del Padre.
Mientras, entonces, pedimos a Dios que nos conceda fuerza y sabiduría, es significativo que nuestro Consistorio tenga lugar en la víspera de la Solemnidad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo. Detengámonos juntos en esta memoria, que recuerda a las columnas de la Iglesia católica y romana, los dos misioneros mártires cuya predicación se hizo una con su vida, hasta el punto de volverse parte de las Sagradas Escrituras.
Al escuchar hoy las palabras de San Pablo a los Corintios, podemos notar la feliz consonancia con las del Evangelio. Los diversos carismas, de hecho, los ministerios y las actividades eclesiales son como los sarmientos de la única vid, es decir, del único Señor (cf. 1 Cor 12, 4-6), que infunde el Espíritu Santo en su Iglesia. A esta unidad orgánica corresponde el criterio que hace que buenos y gratificantes todos esos servicios eclesiales: el criterio del bien común (cf. v. 7).
Muy queridos todos, de la Palabra de Dios que hemos escuchado quisiera sacar algunas indicaciones para nuestro discernimiento de estos días.
En primer lugar, el ejemplo de los santos Pedro y Pablo nos anima a compartir en la fe la verdadera libertad. De hecho, precisamente la relación con el Señor Jesús nos libera del pecado y del miedo: mientras llama a seguirlo, Él mismo nos envía al mundo como sucesores de los Apóstoles. Anunciar el Evangelio, celebrar los Sacramentos y dedicarnos al rebaño del Señor se hace realidad y da fruto en la medida en que creemos en Él, Buen Pastor. La fe es esa virtud, nunca dada por descontada, que da vida a la Iglesia, porque corresponde a la gracia que alimenta a los sarmientos de la única vid. La Iglesia viva es la Iglesia que cree, por el don del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones: esta es la Iglesia que da mucho fruto. Así como la gracia divina precede a la libertad humana, así la fe de la Iglesia precede a la nuestra y exige que dar testimonio de ella con ardor. Esta misión tiene a Cristo como principio y fin: en palabras del salmista, «anuncien día tras día su salvación. En medio de los pueblos proclamen su gloria» (Sal 96, 2-3).
En segundo lugar, pidamos el don de la paz en la unidad. Mientras invitamos a todos los pueblos a la fe, en la cual somos verdaderamente libres, tensiones internacionales y conflictos hieren gravemente a la familia humana. Sin embargo, no faltan, es más, se multiplican en la Iglesia y en el mundo iniciativas y experiencias que llaman al respeto de la dignidad humana, de la justicia, del derecho, sencillamente de lo humano. Esto es motivo de esperanza, porque da testimonio de la belleza de la obra de Dios, que nos ha creado a su imagen y semejanza, como signo de su gloria en el mundo. Cuando este signo es herido, todos somos heridos. Cuando se corrompe, todos sufrimos las consecuencias. Cuando es aniquilado, todos nos sentimos desgarrados. Por eso la guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios, porque el Creador nos ha dotado de inteligencia y voluntad para resolver los conflictos como seres humanos y no como animales, aun cuando se esté dotados de armas hipertecnológicas. La unidad de la familia humana precede a los pueblos y Estados individuales. No se trata sólo de un dato biológico: es un principio ético. La paz es un deber de justicia porque somos una única familia humana, una magnifica humanitas que halla en Cristo a su única Cabeza y Redentor.
Al reflexionar sobre la Encíclica que promulgué el pasado 15 de mayo, es necesario continuar por el camino trazado por San Pablo VI: cuando él «introdujo la expresión “civilización del amor”, el mundo estaba marcado por la Guerra Fría, por la carrera armamentista y fuertes desequilibrios económicos. En ese contexto, la Iglesia indicaba un camino alternativo a la oposición ideológica entre sistemas, imaginando un orden social en el que la justicia y la caridad se entrelazan» (Carta enc. Magnifica humanitas, 186. cf. S. Pablo VI, Regina Coeli, 17 mayo 1970). Es así, de hecho, que el testimonio cristiano se convierte en profecía de un mundo nuevo, evangelización y servicio, proyecto cultural y social que promueve de manera integral el desarrollo humano. Al anunciar el Evangelio entre alegrías y persecuciones, la Iglesia nunca toma partido: es para todos, y a cada uno dirige la misma palabra de conversión y de salvación.
En tercer lugar, disfrutemos hoy y siempre de la concordia en la obediencia, es decir, en la escucha que reconoce el don del Verbo, hecho carne por nosotros. A través de este ejercicio, el Espíritu Santo nos guía, señalándonos Él mismo los problemas y oportunidades pastorales, purificando las intenciones y corrigiendo lo que se desvía del camino común. La puesta en práctica del Sínodo, por la que nos estamos esforzando, invita a todos a avanzar en la unidad de la fe, en la promoción de la paz y en la obediencia a la Palabra viva, que es Jesús. Bajo esta luz, «los enormes y rápidos cambios culturales requieren que prestemos una constante atención para buscar expresar las verdades de siempre en un lenguaje que permita reconocer su permanente novedad» (Francisco, Exhort. ap. Evangelii gaudium, 41). El único Verbo, hecho hombre, se expresa en todas las lenguas: Cristo muerto y resucitado es la vid verdadera, que da fruto mediante todas las culturas que los cristianos transforman desde dentro. Así, al marchitarse las ideologías del mundo, el Espíritu Santo hace florecer en la Iglesia la comprensión fraterna, la caridad y el impulso misionero.
Al trabajar juntos, nuestra colegialidad hace síntesis de la sinodalidad en la que participan todos los bautizados, en la unidad del pueblo de Dios. Sinodalidad y colegialidad son, de hecho, formas de la fraternidad cristiana, que nos une como bautizados y como Obispos. Por eso, la ayuda que puedan prestarme, en el ejercicio del ministerio petrino, encuentra en mí a quien pide, no a quien manda. La autoridad del primado, de hecho, es propia de quien escucha y sólo por eso guía, de quien aprende y sólo por eso enseña, siempre en el seguimiento del único Maestro. Que la intercesión de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo nos acompañe en este apasionante camino.

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