UNA IGLESIA DE PIEDRAS VIVAS: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO IN CIEL D’ORO (20/06/2026)

Por la tarde de este 20 de junio, el Papa León XIV se ha desplazado a unos 500 kilómetros de Roma, para realizar una peregrinación espiritual a la tumba de San Agustín y visitar a los fieles de Pavía, en el norte de Italia. En la homilía pronunciada durante la Liturgia de la Palabra en la Basílica de San Pedro in Ciel d'Oro, el Santo Padre desracó la vitalidad de la Iglesia local, a la que definió como “una comunidad de antigua tradición que permanece viva y presente en la ciudad y en el territorio, atenta a los signos de este tiempo y a sus desafíos, sin dejarse desalentar por las fatigas, por el contexto secularizado y por las dificultades en la transmisión de la fe”. Reproducimos a continuación el texto de su homilía, así como las palabras improvisadas antes y después de la celebración, traducido del italiano:

Palabras improvisadas por el Santo Padre

Gracias, gracias. Buenas tardes a todos.

Si me quedo 30 segundos más reconozco a muchos de ustedes.

San Agustín nos enseña a vivir lo que Jesucristo nos enseñó: amar a Dios, amar a los hermanos y hermanas. Cuando le preguntaron: “¿Cuál es el más importante de los dos?”, respondió: “Según lo que está escrito, amar a Dios, sin embargo, no sabemos si estamos amando a Dios si no amamos a los hermanos”. Entonces, el amor fraterno es muy importante. La caridad hacia todos, hoy, es un mensaje de San Agustín, de Jesucristo, muy importante para el mundo. ¡Que todos seamos realmente este signo de amor, de caridad en el mundo! ¡Que sepamos vivir al perdón, la reconciliación, la paz!

Que Dios los bendiga a todos ustedes. Gracias por estar aquí. Es un placer saludarles y les damos la bendición.

[Bendición]

Gracias, gracias. Saludos.

Homilía del Santo Padre

Eminencia, excelencias, queridos hermanos en el Episcopado, queridos sacerdotes y diáconos, queridos religiosos, religiosas y seminaristas, mis hermanos agustinos, hermanos y hermanas:

Estoy feliz de encontrarme aquí en medio de ustedes y agradezco al obispo, Mons. Corrado Sanguineto, y al Padre Joseph Pharrell, Prior General de la Orden de San Agustín, por las palabras de bienvenida que me han dirigido. Estoy contento de lo que he escuchado acerca de esta iglesia que se encuentra en Pavía: una comunidad de antigua tradición que sigue estando viva y presente en la ciudad y en el territorio, atenta a los signos de este tiempo y sus desafíos, sin dejarse desanimar por las fatigas, por el contexto secularizado y las dificultades en la transmisión de la fe.

Para no desanimarse hace falta una mirada animada por el espíritu de la fe, que ayude a leer la realidad de manera más profunda con respecto a lo que aparece a primera vista, y a no caer en una actitud negativa, pesimista, incapaz de generar vida nueva. La mirada que se nos pide – y que el Espíritu Santo nos entrega – es, en cambio, la de Jesús. En medio de las dificultades y las incomprensiones, Él ve la mano providente del padre en los lirios del campo, en los pájaros del cielo (cf. Mt 6, 28-29), alimenta la esperanza en la pequeña semilla que crece (cf. Mc 4, 30-33). En la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium el Papa Francisco nos impulsó a esta lectura espiritual de la realidad, diciendo: «la mirada de fe es capaz de reconocer la luz que el Espíritu Santo siempre difunde en medio de la oscuridad […]. Nuestra fe es desafiada a adivinar el vino en el cual el agua puede ser transformada y a descubrir el grano que crece en medio de la cizaña» (n. 84).

Iluminados por la esperanza del Evangelio y retomando lo que nos ha dicho en la Lectura el Apóstol Pedro (cf. 1 Pe 2, 4-10), que llama “piedras vivas” a los discípulos del Seeñor, preguntémonos: ¿cómo podemos hoy, aquí en Pavía, ser una Iglesia viva?

La primera indicación del Apóstol es esencial: estar unidos a Cristo, piedra viva, descartada por los hombres, pero elegida por Dios. Cristo es el fundamento dele edificio espiritual, es la piedra angular colocada como base de nuestro camino eclesial, de la acción pastoral y de la evangelización (cf. vv. 4-5).

Este hecho de ser construidos y construir en Cristo nos preserva del riesgo de dispersarnos y fatigarnos en cosas secundarias, quizás buenas, pero que no van a lo esencial. Naturalmente, estamos llamados a ser realistas, y sabemos que en las comunidades parroquiales y en la vida de una Diócesis hay tantas urgencias y compromisos que requieren presencia y múltiples actividades. Se trata, sin embargo, de reconducir todo hacia el centro, de construir siempre a partir de la piedra angular, de impedir que nuestras acciones resulten de dispersión, centradas únicamente en nosotros mismos y nuestros esfuerzos. Ya que el centro es Cristo, todos tomemos de esta única fuente y sujetemos nuestro compromiso al discernimiento que proviene de su luz y su Palabra. Entonces hagamos crecer una Iglesia en la cual se camina juntos, capaz de renovarse sin dividirse, en la cual todos se reconocen como hermanos y trabajan con alegría al servicio del Reino de Dios.

Esto implica lo que al principio decía su Obispo: debemos aprender a ser comunidades cristianas centradas en lo esencial, incluso si ello tuviera que implicar la renuncia a alguna estructura o seguridad del pasado. Lo esencial es vivir con Cristo y difundir su evangelio es lo que debe importarnos. Lo pido, ante todo, a los presbíteros, que a veces pueden sufrir el sentimiento de dispersión interior, de cansancio por los múltiples tareas: vuelvan siempre al centro, unifiquen todo en la relación con el Señor y en Él descubran la alegría de la fraternidad presbiteral y el trabajo pastoral común con los laicos. Y lo pido también a las religiosas y religiosos, que conocen a menudo el trabajo de actualizar el carisma al cual pertenecen, pero que siempre necesitan volver a iniciar desde Cristo y poner en común los talentos recibidos tanto con otras comunidades religiosas como con el conjunto de la Iglesia diocesana.

Unirse a Cristo, piedra angular, nos permite enfrentar las problemáticas actuales que se refieren a la transmisión de la fe y la práctica religiosa. En un tiempo en el cual muchas personas parecen haber perdido el gusto espiritual o, por distintas razones, ya no logran advertir como atractiva la propuesta de la fe cristiana para su vida, estamos llamados, ante todo, a llevar el anuncio del Evangelio, un anuncio gozoso y liberador de Jesucristo, que haga surgir la belleza de la fe para nuestra vida y nuestra sociedad. Siempre se necesita, hoy, acompañar a las personas al descubrimiento o al redescubrimiento de la fe. Por ello, es necesario anunciar el núcleo del Evangelio, es decir a Jesús, que en su encarnación, muerte y resurrección nos revela el misterio de Dios y, al mismo tiempo, el misterio que somos nosotros mismos. «Una pastoral en clave misionera […] se concentra en lo esencial, en lo que es más hermoso, más grande, más atractivo y al mismo tiempo más necesario» (Evangelii gaudium, 35).

En este contexto, la figura de San Agustín brilla como luz valiosa. Su pensamiento, la historia de su conversión, su espiritualidad, nos recuerdan el valor y la primacía de la interioridad: «No salgas fuera de ti, vuelve a ti mismo: la verdad habita en el hombre interior» (De vera religione, XXXIX, 72). La necesidad de entrar nuevamente en sí mismos, de no dispersarse en la fragmentación interior, de buscar y encontrar un sentido que oriente nuestra vida y anime nuestras relaciones, es una exigencia común para todos: hoy esto florece nuevamente de maneras distintas incluso la prisa y la dispersión de la vida cotidiana, sobre todo en los interrogantes de los más jóvenes.

Cuando nuestro testimonio de fe es coherente y apasionado, nosotros mismos nos convertimos en “piedras vivas” que componen el edificio espiritual que es la Iglesia. El estilo de vida de los cristianos, que eran nuevo y asombroso en los inicios, ante el mundo judío y el pagano, debe serlo también ahora, en el mundo de hoy. Unidos a Cristo podemos, de hecho, expresar nuestros sacerdocio santo, ofreciendo cada día sacrificios espirituales (cf. 1 Pe 2, 5). Entrelazado con oración y servicio al prójimo, este culto transforma nuestra vida en signo del Evangelio a través de las decisiones, las acciones y las relaciones.

Muy queridos todos, como piedras vivas, estamos llamados a ser Iglesia bien arraigada en el territorio, Iglesia que camina entre las fatigas y esperanzas de la gente, experta en el arte de escuchar y acompañar, cuidando las relaciones con las familias, con aquellos que se preparan para recibir los Sacramentos y también con quienes se aparecen ocasionalmente o están alejados de la vida de fe.

Sé que ya están animados por esta pasión pastoral y los invito a cultivarlas este desanimarse, buscando alcanzar a todos con la alegría del Evangelio, valorando lo mejor de su historia – pensemos en los oratorios – y experimentando nuevas posibilidades de encuentro. Merece particular cuidado el esfuerzo de hacer orgánicas las redes de pequeñas comunidades que se encuentran en las casas alrededor del Evangelio, abiertas al servicio de la comunidad parroquial o pastoral. La escucha de la Palabra genera vivacidad espiritual, estimulan el testimonio en los ambientes de vida, también a través de los movimientos y las asociaciones, impulsa a hacerse cercano a los pobres. Y, especialmente aquí en Pavía, subraya la importancia de la pastoral universitaria y del diálogo con la cultura. El estudio y la elaboración científica impulsan a los creyentes a pensar una propuesta de fe capaz de iluminar la búsqueda de la verdad, de justicia y belleza que mueve al alma humana. Se que han comenzado a dar pasos significativos para asumir un estilo sinodal en la vida comunitaria, integrando el camino tradicional de las parroquias con nuevas iniciativas de evangelización. Los invito, por ello, a continuar en este camino, aprendiendo cada vez más a caminar juntos, en el común discernimiento y elaborando proyectos compartidos, cultivando la fraternidad y promoviendo la corresponsabilidad.

Queridos hermanos y hermanas, que María Santísima, Madre de la Iglesia les obtenga el deseo perdiendo de vivir y dar testimonio del Evangelio, en la calidad fraterna que nos hace un único pueblo en camino hacia Dios. Al venerar las reliquias del santo padre Agustín, pido para que él, junto con su Patrono San Siro, interceda siempre por esta Iglesia y por la ciudad de Pavía. Gracias.

Palabras improvisadas por el Santo Padre

Buenas tardes a todos. Saludos, buenas tardes.

Gracias por estar aquí. Han seguido toda la celebración en oración desde aquí afuera. Ahora les doy también a ustedes una bendición, pidiendo que el señor los acompañe y los proteja siempre.

[Bendición]

Saludos a todos ustedes. Gracias, gracias.

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