EL FENÓMENO MIGRATORIO ESTÁ EN UNA FASE COMPLEJA, QUE LA IGLESIA SE DEJE INTERPELAR: PALABRAS DE LEÓN XIV EN LA BASÍLICA DE LOS SANTOS ANTONIO ABAD Y FRANCESCA CABRINI (20/06/2026)
Discurso del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas:
Estoy contento de saludarlos a todos ustedes, conciudadanos y coterráneos de Santa Francesca Saverio Cabrini. Agradezco al Obispo, Mons. Maurizio Malvestiti, y al párroco, al Alcalde y las demás autoridades civiles.
Estoy aquí para rendirle homenaje a la Madre Cabrini, patrona de los migrantes, primera santa de los Estados Unidos de América, nacida aquí, en Sant’Angelo Lodigiano, en 1850, y fallecida en Chicago, mi ciudad natal, en 1917. Cuando supe que Sant’Angelo Lodigiano se encuentra a pocos kilómetros de Pavía, pensé de inmediato en aprovechar la ocasión… Y aquí estoy. Gracias, gracias por su calurosa bienvenida. Así me demuestran el amor de la Iglesia laudense por el Papa, un amor que la Madre Cabrini alimentaba con singular devoción y obediencia.
De hecho, cuando fue el momento de la elección decisiva acerca de la “ruta” que había quedar a la misión de su instituto religioso, quiso que fuera el Papa quien la señalara. Y León XIII fue claro: “No al Oriente, sino al Occidente”, al servicio de los miles de emigrantes italianos en América, como ya le había sugerido el Obispo de Piacenza, San Giovani Battista Scalabrini.
A través de las voces de estos dos pastores iluminados, la Madre Cabrini interpretó los signos de los tiempos y comprendió que el sueño de ir a China, emulando a San Francisco Xavier, debía realizarse ahí en donde, en aquel momento, era mayor la necesidad.
Pero, queridas hermanas y hermanos, miramos el mundo de hoy, ¿qué debemos decir? Ese “signo”, es decir el fenómeno migratorio, ha entrado en una fase distinta, seguramente más compleja, pero no menos capaz de interpelar a la Iglesia.
Preguntémonos: Si la Madre Francesca viviera hoy, ¿qué le diría su alma misionera? O mejor, ¿qué diría el Corazón de Cristo a su corazón de mujer consagrada a Él y al servicio de su Reino? Y ¿qué le habría pedido un Papa como Francisco, el cual, hijo de emigrantes italianos, hizo del servicio a los migrantes uno de los puntos clave de su pontificado?
Muy queridos todos, el Papa Francisco quiso que su tercera Encíclica Dilexit nos, que resultó después ser la última, estuviera dedicada al «amor humano y divino del corazón de Cristo», es decir a ese misterio de caridad infinita que es el único verdadero “motor” de la vida de Santa Cabrini, de todo lo que hizo y, aún más, de cómo lo hizo. Y bien, en esta Encíclica, el Papa Francisco escribe: «La actualidad de la devoción al Corazón de Cristo es particularmente evidente en la obra evangelizadora y educativa de numerosas congregaciones religiosas femeninas y masculinas que han estado marcadas desde sus orígenes por esta experiencia espiritual cristológica» (n. 150).
Por mi parte, yo heredé e hice avanzar el magisterio del Papa Francisco con la Exhortación Apostólica Dilexi te sobre el amor hacia los pobres, y allí donde se habla de la caridad en la forma de “acompañar a los migrantes”, aparece, precisamente junto a San Giovanni Battista Scalabrini, la figura de Santa Francesca Saverio Cabrini. «Su corazón materno, que no se daba descanso, les llegaba a todas partes – a los emigrantes –: en los tugurios, en las cárceles, en las minas» (n. 74). Ella misma escribió así: «Ningún trabajo será demasiado difícil, ninguna tierra será demasiado lejana, ninguna persona estará demasiado herida para el amor del Corazón de Jesús y para todos aquellos enviados a ser portadores del amor de Cristo en el mundo».
Hermanos y hermanas, ¿qué hay más actual que este carisma? Lo digo aquí, frente a la reliquia del corazón de la Madre Cabrini, traída desde la Casa-madre de Codogno. Lo dio saludando y agradeciendo con afecto a sus hijas espirituales, las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. ¿Qué hay más actual que un carisma misionero que se pone al servicio de los migrantes?
Aprovecho, entonces, esta ocasión para dirigir un llamado, especialmente a los jóvenes: conozcan a Santa Francesca Cabrini. Lean sus escritos, llenos de pasión por Jesús y por la misión; sus cartas, sus diarios de viaje, los apuntes de sus retiros. Quien conoce a la Madre Cabrini, que conquistado por ella. Su alma era al mismo tiempo contemplativa y activa; estaba inmersa en el amor del Corazón de Cristo y esto le daba una capacidad de trabajo y una fuerza de ánimo extraordinarias, coherentemente con el lema paulino que había elegido para el Instituto: «Todo lo puedo en Aquel que me da fuerza» (Fil 4, 13).
Este llamado lo dirijo de manera especial a la Iglesia que está en Lodi, que hoy me ha recibido con tanto afecto. Y quisiera expresarlo en forma de deseo: que la Iglesia de San Bassiano siempre se distingue por esos rasgos que resplandecieron en esta hija suya tan gloriosa. Que, con su ejemplo y su intercesión, Santa Cabrini los ayude a estar enamorados de Cristo, a ser testigos de su Evangelio con estilo laborioso y generoso, al servicio de los más pobres. Que los ayude a vivir una sinodalidad efectiva, caminando unidos y tendiendo juntos a la santidad, en la variedad de los dones y ministerios. Para ello les aseguro mi oración.
Finalmente, pido al Señor por las Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús, en todas sus comunidades: que Dios las bendiga y las renueve en la fidelidad al carisma de la Madre Cabrini. Y que toda la Iglesia pueda mirar a esta estupenda misionera del Amor, para aprender lo que significa servir al Reino de Dios en lo vivo de la historia.
A todos ustedes y a sus seres queridos les imparto de corazón la bendición apostólica. Gracias.
Palabras improvisadas del Santo Padre antes de dejar Sant'Angelo Lodigiano
Jóvenes, buenas noches.
Hay un gran don que han tenido hoy, todos: paciencia y capacidad para esperar. Esperar es un signo de esperanza. Gracias por ser testigos de esperanza. Nunca olviden: ustedes, jóvenes, pueden cambiar el mundo, y nosotros los esperamos, a cada uno de ustedes. Que el Señor los bendiga hoy y siempre.
Gracias por estar aquí, gracias por esta alegría, por este recibimiento. Acojan a todos en su corazón y con sus obras de caridad. Que el Señor esté con ustedes.
Y que los bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén
Gracias, gracias a todos. Hasta luego.

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