NO HAY RAZÓN SIN FE, NO A LA LÓGICA DEL BENEFICIO Y DEL DOMINIO: PALABRAS DE LEÓN XIV EN LA PLAZA DE LA VICTORIA (20/06/2026)
Palabras improvisadas por el Papa al exterior de la Catedral
Buenas tardes a todos.
Gracias. Gracias a todos por estar aquí. Un saludo a los peruanos, a todos los latinoamericanos. Un saludo grande a todos ustedes. ¡Y viva Pavía! ¡Viva!
Escuchamos hace un momento acerca de la importancia de la esperanza y la paz. Todos queremos vivir en paz. Es muy importante que nunca perdamos la esperanza, porque como nos dijo San Agustín: «Si queremos cambiar los tiempos, si queremos que el mundo viva en paz, debemos comenzar con nosotros mismos». Eso quiere decir: basta con las palabras de odio, basta con los insultos, con el acoso, basta con todas aquellas cosas que provocan la guerra entre las personas, entre las comunidades, entre los países. Debemos aprender todos a ser constructores de paz y promotores de reconciliación.
A todos los animadores que se encuentran aquí: gracias a ustedes por su trabajo, por su servicio.
Y a todos los jóvenes: perseveren, participen, busquen construir auténtica amistad, no una amistad sólo con la pantalla, con el teléfono celular. Auténtica amistad, en persona. Presentes. Todos presentes. Y así encontraremos que Jesús realmente vive entre nosotros. Jesús estará presente.
Entonces, gracias a todos ustedes. Les doy la bendición y los animo realmente a vivir la fe, a vivir esta alegría de ser discípulos de Jesús.
[Bendición]
Que siempre sean una comunidad viva, de fe, de esperanza y amor.
Discurso del Santo Padre
Excelencia Reverendísima, señor Alcalde, distinguidas autoridades, queridos hermanos y hermanas:
Les agradezco por su recibimiento, tan festivo, y por las Cortés esas palabras de bienvenida. Por boca del Obispo y del alcalde, Pavía misma se presenta dando voz a la belleza de su ciudad. Es una belleza exigente, en cuanto que representa la herencia valiosa de un pasado que se convierte en compromiso para el presente. La ciudad es, en efecto, un don y una tarea para quienes la habitan: desde esta plaza todos nos damos cuenta de ello, mirando como la vida de los ciudadanos se refleja en los edificios y las piedras que nos rodean.
Nos encontramos entre monumentos que hablan de ustedes, y que por ello les hablan a ustedes. Me refiero no sólo a las antiguas, sino a las casas, las escuelas, las universidades, el hospital, los centros parroquiales. Son todos lugares significativos, estructura dotadas de sentido propio, queda testimonio de acogida, educación, cultura. En formas distintas dan testimonio de un mismo cuidado por la persona-en-comunidad, con su dignidad y sus valores, los que los unen como un solo pueblo y que están también en la base de la Carta Constitucional italiana.
Atravesando el centro histórico de Pavía, en las calles y las plazas se respira una belleza cargada de historia, no superficial. Es esta una característica de las ciudades europeas: mientras que reconocemos en ellas el ingenio y el sentido cívico de quienes las han edificado, nos damos cuenta de cómo el valor del tejido urbano sostiene su vida cotidiana y el papel propio que cada una de ellas cumple en el ámbito nacional e internacional.
El nombre “ciudad”, de latín civitas, indica más que un lugar, una condición humana: la ciudad es una para todos, es singular y plural. El pueblo que la habita se constituye en una sociedad, es decir en un organismo que debe estar bien ordenado en sus relaciones y sus leyes. Ser sociales significa ser solidarios, comportándose como auténticos socios: motivados por el bien común y no por intereses de parte. Los ciudadanos son siempre conciudadanos. De hecho, se llama precisamente “comuna” al ente democrático que cuida de la ciudad, promoviendo el bienestar de los que la habitan.
Ya que, entonces, el pueblo es responsable del espacio público, frente a los desafíos actuales preguntémonos qué fortalece y qué erosiona nuestras casas: preguntémonos que hace estable y qué hiere a nuestra sociedad. De otra forma, lo que es de todos corre el riesgo de convertirse de nadie: cuando la indiferencia aparece disgregar a nuestra comunidad, es necesario renovar la participación activa de todos en la vida ciudadana. Ante formas de degradación y analfabetismo cívico, estamos llamados a compartir lenguajes de dedicación y servicio, que custodien plazas, parques, calles como lugares de encuentro por excelencia. Esta buena ciudadanía sabe cultivar la concordia a través del diálogo y el encuentro constructivo entre las personas y las culturas que animan a Pavía.
Hoy invito a cada uno de ustedes a repetir en su interior: me interesa nuestra ciudad. Me interesa la salud de quién está cerca, me interesa la belleza del lugar en el que vivo, me interesa la calidad de la vida en los ambientes en que trabajo y en donde transcurro el tiempo libre. Me interesa esta llanura tan fértil, dónde cada campo y cada zanja llevan los signos del trabajo paciente de quienes por siglos han escuchado el ritmo de la creación, sintiéndose en armonía con la naturaleza.
El cultivo de la tierra refleja la promoción de la cultura, que encuentra en Pavía un modelo particularmente exitoso. Recordando su ilustre tradicional académica, pienso sobre todo los jóvenes y estudiantes que asisten a la Universidad de la ciudad. En este polo cultural, ellos no experimentan una aglomeración de saberes, sino un sistema capaz de formar a la persona sin especular sobre su trabajo. Promover las ciencias, de hecho, significa promover al hombre, que debe siempre seguir siendo protagonista de sus propias búsquedas.
En tal perspectiva, a todo saber corresponde una forma de cuidado: como la ciencia médica se preocupa del cuerpo humano, así el derecho se preocupa del cuerpo social y la filosofía considera al pensamiento, del cual el hombre desarrolla todo su arte. Todo lo que llegamos a saber del mundo nos hace conocernos a nosotros mismos y nos hace interrogarnos nuevamente sobre nuestra existencia, sedienta de verdad y de justicia. De esta sed estuvo llena el alma de San Agustín, ejemplo de la sana inquietud que vibra en los que buscan, en los que estudian, en los que educan. Su figura, mientras que encarna el diálogo arduo y constante entre fe y razón, da testimonio de su pertenencia recíproca.
No se puede, de hecho, creer sin pensar, ni es posible iluminar los interrogantes más altos de la razón sin fe. Con esta apertura confiada, de hecho, la razón humana pregunta y proyecta: no se encierra en lógicas de ganancia o de dominio, sino que descubre nuevas formas para cuidar de sí mismo y del mundo. En la medida en la cual cree, el ser humano no se resigna finalmente, a un fragmento histórico que termina con la muerte: precisamente la fe nos recuerda que no somos sujetos de un hecho anónimo, sosteniendo en cambio la certeza de que Dios es creador y salvador de la vida.
Al respecto, también en la ciudad de Pavía la iglesia trabaja como vientre que acoge a todos, engendrando una nueva humanidad. Aún hoy, la más antigua institución ciudadana está llamada a evangelizar, ante todo, como hoguera de fe y casa de caridad al servicio de los que son más pequeños, pobres, solos o ancianos, involucrando en este cuidado del ser humano a todos las fuerzas del voluntariado, a las cuales dirijo mi estimación y reconocimiento. Gracias a su compromiso, Pavía es próspera, más que en bienes, también en virtudes: honren siempre la dignidad de toda vida humana. La cruz, que está en el escudo de su ciudad, es mucho más que un símbolo heráldico, es una síntesis cultural: recuerda que la historia de Pavía está anclada en el valor universal del amor cristiano; y es una historia que hay que escribir juntos, ejerciendo una memoria creativa en el entendimiento entre ciudadanos y asociaciones, entre la Iglesia y las entidades públicas, entre generaciones y culturas.
Queridas hermanas y queridos hermanos, mientras que invito a cada uno a dar lo mejor de sí para el bien de todos, de corazón impacto sobre ustedes, sobre sus Casas y sus familias mi bendición. Gracias.

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