LA CRISIS DE ORMUZ RECUERDA QUE LA HUMANIDAD DEPENDE DEL MAR: MENSAJE DEL CARD. MICHAEL CZERNY PARA EL DOMINGO DEL MAR (24/06/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
La vida del mundo sigue pasando por los mares, ríos, lagos y vías navegables del mundo. Detrás del comercio global, de las industrias pesqueras, de los puertos, de las rutas de navegación interior y de las redes marítimas, hay innumerables marinos, pescadores, trabajadores portuarios y comunidades marítimas cuyo trabajo sostiene a las naciones, conecta a los pueblos, proporciona sustento y apoya a las familias a través de los continentes. La crisis del Estrecho de Ormuz ha recordado al mundo hasta qué punto la humanidad depende profundamente del mar y de quienes trabajan en él.
Gran parte de aquello en lo que las sociedades basan su día a día llega discretamente gracias a la perseverancia, el sacrificio, la pericia y la resistencia de la gente del mar. En el Domingo del Mar, la Iglesia recuerda a estos hombres y mujeres no sólo por el trabajo que realizan o por los bienes que transportan, sino como personas humanas creadas a imagen y semejanza de Dios y dotadas de una dignidad inviolable. Cada uno lleva consigo una historia única, marcada por esperanzas y temores, cargas y resiliencia, relaciones y sueños que merecen ser vistos, honrados y apreciados.
Actualmente, muchos trabajadores marítimos siguen enfrentando una creciente incertidumbre y dificultad. El mar, que durante mucho tiempo ha unido a pueblos y naciones, está cada vez más marcado por la tensión, la inseguridad, la guerra y el miedo. Muchos tripulantes no sólo afrontan los peligros inherentes del mar y de las vías navegables, sino que también se han visto recientemente afectados por conflictos armados que han dado lugar a su confinamiento virtual a bordo, a la escasez de alimentos e incluso al temor por sus propias vidas. Esto ha acentuado su sensación de soledad, su aislamiento de la sociedad en general, la separación de sus seres queridos y su agotamiento emocional.
Paradójicamente, incluso en una época de mayor comunicación digital, muchos marinos experimentan un aislamiento más profundo. La cercanía humana se está volviendo más escasa. La reducción del tamaño de las tripulaciones, los permisos en tierra más breves, los horarios exigentes y la presión constante de la vida marítima moderna a menudo dejan poco espacio para el descanso, la fraternidad o los encuentros humanos genuinos. En tales realidades, las personas necesitan más que sistemas eficientes o palabras distantes. Necesitan una presencia. Necesitan saber que se les recuerda, que son bienvenidos, que se les escucha y que se les quiere.
Como nos recuerda el Papa León XIV en su primera Encíclica Magnifica humanitas, los sistemas tecnológicos y económicos nunca deben reducir a la persona humana a “un dato, un engranaje o una mercancía” (n. 180). Por el contrario, siempre deben salvaguardar la dignidad, la libertad y la humanidad de cada individuo. Por lo tanto, un barco, nunca debe convertirse en un lugar de aislamiento silencioso o de indiferencia, una Babel moderna donde las personas conviven, pero permanecen invisibles y siguen sin escucharse. Más bien, la vida marítima puede erigirse como un testimonio vivo de que personas de diversas naciones, culturas y creencias siguen siendo capaces de fraternidad, solidaridad, respeto mutuo e interdependencia pacífica.
De muchas maneras, el propio mar enseña a la humanidad que nos pertenecemos unos a otros. Los océanos no dividen a las personas; las conectan. Cada día, quienes trabajan en los mares y las vías navegables se convierten en puentes entre naciones, culturas, religiones y economías. En un mundo herido por el conflicto y la fragmentación, sus vidas dan testimonio de la posibilidad perdurable de la cooperación, la solidaridad y la convivencia pacífica. A través de su presencia pastoral, la Iglesia busca recordar a cada marino, pescador y trabajador marítimo que nunca es olvidado y que nunca está solo.
Al mismo tiempo, el mar llama a la humanidad a una reflexión más profunda. Los océanos no son meramente rutas de comercio o fuentes de riqueza económica; forman parte de la creación de Dios, confiada a la responsabilidad y al cuidado humano. Alimentan a las poblaciones, sostienen los medios de vida y nos recuerdan tanto la belleza como la fragilidad de nuestra casa común. Sin embargo, hoy los mares sufren cada vez más por la contaminación, la explotación, la degradación ambiental y las consecuencias de una actividad humana irresponsable. Cuando los océanos sufren, la humanidad sufre con ellos, especialmente los pescadores, las comunidades costeras y todos aquellos cuyas vidas dependen directamente de la salud de los ecosistemas marinos.
Como también recuerda el Papa León XIV en Magnifica humanitas, el progreso auténtico nunca puede medirse únicamente por la eficiencia, el avance tecnológico o el beneficio, sino que siempre debe estar guiado por la dignidad de la persona humana, el bien común y la responsabilidad hacia las generaciones futuras (nn. 12 y 92). Estas palabras hablan poderosamente al mundo marítimo y de la navegación interior, donde muchos marinos, pescadores y trabajadores marítimos soportan silenciosamente la soledad, el cansancio, el peligro y la prolongada separación de sus familias y de sus lugares habituales de culto, mientras llevan a cabo fielmente el trabajo esencial que sostiene innumerables vidas y comunidades en todo el mundo.
En este contexto, el cuidado del mar nunca puede separarse del cuidado de la persona humana. Proteger la vida marina, promover prácticas éticas y sostenibles, defender la dignidad y la seguridad de los trabajadores marítimos y fomentar un espíritu de responsabilidad global no son prioridades contrapuestas, sino dimensiones de un único compromiso moral con el bien común y con el florecimiento tanto de las personas como de nuestro entorno marino compartido.
Este compromiso está arraigado en el propio Evangelio, que ofrece una imagen que sigue hablando poderosamente al mundo marítimo hoy. En medio de la tormenta, mientras el miedo se apoderaba de los discípulos y las olas amenazaban la barca, Jesús permanecía con ellos: “¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?” (Mc 4, 40). Cristo no permaneció seguro en la orilla. Entró en la vulnerabilidad de quienes cruzaban aguas agitadas. Aún hoy, el Señor acompaña a todos los que viven y trabajan en el mar, caminando junto a quienes afrontan incertidumbre, cansancio, peligro y separación de sus familias.
Porque la Iglesia está llamada a continuar la misión de Cristo en el mundo, tampoco ella puede permanecer distante de la experiencia vivida por los trabajadores marítimos. El Señor que subió a la barca con sus discípulos sigue acercándose a quienes navegan por los mares y las vías navegables interiores de nuestro tiempo, y la Iglesia está llamada a hacer visible esa cercanía mediante su presencia y su ministerio. Está llamada a subir a la barca: a acompañar, a escuchar, a consolar, a defender la dignidad humana y a convertirse en un signo visible de esperanza y de hogar en medio de las tormentas de la vida humana.
A través de las capellanías, de los ministerios marítimos y de una humilde presencia humana arraigada en la larga tradición del Apostolado del Mar (Opus Apostolatus Maris), conocido localmente en muchos lugares con nombres como Stella Maris, la Iglesia busca recordar a cada marino, pescador, trabajador marítimo y trabajador de la navegación interior que son recordados, valorados y que nunca están solos. Dentro de esta amplia misión de servicio y acompañamiento, nuestras capellanías portuarias católicas de todo el mundo acogen a hombres y mujeres de todas las nacionalidades y credos. Al mismo tiempo, estamos especialmente agradecidos por la oportunidad de ofrecer oración, atención pastoral y los sacramentos a los marinos católicos, que constituyen una parte significativa de las tripulaciones y oficiales que llegan a puertos lejos de sus hogares, de sus familias y de sus lugares habituales de culto.
Expreso mi profunda gratitud a todos los marinos, pescadores y trabajadores marítimos, así como a sus familias, en todo el mundo. Les doy las gracias no solo por lo que hacen, sino por quienes son. Sus sacrificios sostienen el comercio global, la seguridad alimentaria y el bienestar de innumerables comunidades. También expreso mi sincero agradecimiento a los capellanes, voluntarios, organizaciones de bienestar marítimo y agentes pastorales que siguen llevando fielmente amistad, oración, escucha y apoyo práctico a los puertos y a los barcos de todo el mundo.
Que este Domingo del Mar renueve en todos nosotros un compromiso más profundo con la cercanía, la solidaridad, el cuidado de la creación y el cuidado de todas las personas del mar y de las vías navegables interiores. Encomendándolos al cuidado de María, Estrella del Mar, oramos por la seguridad, la dignidad, la paz y la esperanza de todos los que viajan y trabajan sobre las aguas.
Card. Michael Czerny, S.I.
Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral

Comentarios