DEJEMOS QUE LA PAZ CREZCA EN NOSOTROS Y GERMINARÁ EN EL MUNDO: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DE LA NATIVIDAD DE LA VIRGEN MARÍA (07/09/2026)

Pedir a María «su Buen Consejo, para acoger» la Palabra de Dios, «guardarla» y «darla a luz a través de decisiones valientes y sabias» y «de auténtica conversión». Desde la Basílica de Genazzano, donde se conserva la imagen de la Virgen «procedente» de Shkodër, en Albania, el 25 de abril de 1467, y venerada como Madre del Buen Consejo, el Papa León XIV, en su segunda visita al santuario mariano, exhortó en la homilía durante la Misa de la Vigilia de la Natividad de la Santísima Virgen María, a pedir a la Madre Celestial que aumente la paz en cada uno y animó a todos a cultivarla. Compartimos a continuación el texto de su homilía, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

Como recordarán, ya «en los primeros días del pontificado sentí el deber y un profundo deseo de acercarme a Genazzano, al Santuario de la Virgen del Buen Consejo, que durante toda mi vida me ha acompañado con su presencia maternal, con su sabiduría y el ejemplo de su amor a su Hijo, su Hijo que está siempre al centro de mi fe» (Dedicatoria en el libro de firmas del Santuario, 10 de mayo 2025). Con alegría estoy nuevamente aquí, para celebrar con ustedes la Vigilia de la Natividad de la Virgen Santísima y para encomendar a María Niña lo que en esta pobre y magnífica humanidad sigue naciendo: frágil como un brote, pero signo de la fidelidad de Dios. Sí, María es la aurora de un día distinto, de nuestro mundo liberado finalmente del mal. Y estamos aquí, junto a Ella, en torno al Altar del cual la salvación viene a nosotros y nos transforma, hijos en el Hijo. Pidámosle su Buen Consejo, para acoger la Palabra divina, custodiarla en nosotros y darla a luz a través de decisiones valientes y sabias, decisiones de auténtica conversión.

Muy queridos todos, en este lugar de antigua presencia agustina volveré sobre las páginas bíblicas que apenas se proclamaron con la ayuda de Santo Tomás de Villanova, un fraile y Obispo agustino que, dedicando su vida al servicio de los pobres, penetró hasta el fondo en la verdad de la fe. Él supo ver la paradoja de la pequeñez y, por así decirlo, de la marginalidad de María, convertida en algo central para la economía de la salvación. Preguntémonos: ¿qué debía ser en el tiempo de Joaquín y Ana el nacimiento de una niña? Santo Tomás excava en profundidad: «He reflexionado muchas veces – escribe – y me he preguntado por qué los evangelistas, que hablaron tan ampliamente de San Juan Bautista y los apóstoles, nos cuentan de manera tan sucinta la historia de la Virgen María, que supera a todos por su vivencia y su estatura personal. ¿Por qué, me pregunto, no se nos ha descrito el modo de su concepción, de su nacimiento, de su educación, de sus costumbres, de las virtudes que la adornaban, qué relación humana tenía con su Hijo, cómo se relacionaba con Él, como vivió con los apóstoles después de su ascensión? Todas estas cosas eran importantes y los fieles las habrían leído con singular devoción y le habrían gustado a la gente del pueblo. Oh, evangelistas, ¡me dirijo a ustedes! ¿Por qué nos han privado de una alegría tan grande con su silencio? ¿Por qué olvidaron detalles tan gozosos, tan esperados, tan agradables?» (Obras completas VII, 266, 8).

Encontramos en estas palabras una sugerencia importante para nuestra fe: interrogar a la Escritura y a sus autores, discutir con el texto y dialogar con los testigos de la Revelación, como con amigos. Somos, de hecho, «conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (Ef 2, 19) y de María misma aprendemos la inteligencia que conversa con Dios, que plantea preguntas (cf. Lc 1, 34) e interpreta los acontecimientos custodiándolos y relacionándolos en el corazón (cf. Lc 2, 19.51). El Evangelio según Mateo, sin embargo, parece darle la razón con su silencio a Santo Tomás de Villanova. Lo hemos escuchado: de María reporta su presencia, pero no una palabra. Sin embargo, el simple estar de María – y del Hijo en ella – mueve toda la historia: la de José y la de toda su casa. La presencia de María causa como un salto en la genealogía, como una novedad inesperada, capaz de modificar no solamente las expectativas, sino también los comportamientos previsibles de un hombre. Lo que José escucha, lo que decide y lo que hace, es respuesta a Dios y a la presencia de María, a su absoluta diferencia, que supera cualquier posible discurso y relato. En María la salvación encuentra casa: ¡Dios con nosotros!

Sigue escribiendo nuestro Santo Tomás: «Y bien, con respecto a estas mis reflexiones a las cuales me refería, sobre por qué no se haya escrito un libro acerca de la gesta de la Virgen, como en cambio se ha hecho para la gesta de Pablo, […] me viene a la mente sólo que fue así porque así lo quiso el Espíritu Santo y que, por impulso los evangelistas, sobre ella, han callado, por la simple razón de que la gloria de la Virgen, como leemos en el salmo, estaba toda en ella (cf. Sal 44, 14 Vulg.), y podía ser imaginada más que descrita, y que, como síntesis de su historia, basta lo que está expresado en el título: que de ella nació Jesús. ¿Qué más quieres saber? ¿Qué más buscas en la Virgen? Que te baste saber que es la Madre de Dios» (ibid.).

Queridos hermanos y hermanas, sentimos como un remolino ante este Misterio: ¡es imposible acostumbrarse! Celebramos el nacimiento de una niña llamada a convertirse en Madre de su Creador, la Madre del Dios que salva. Sin embargo, nace sencillamente como una niña, como las hijas y las nietas que tenemos en brazos. Tenemos hoy para ella títulos nobles y altísimos, de Señora y Reina, pero el camino de Dios ha sido y sigue siendo más sencillo y silencioso, sin embargo, no menos poderoso y transformador. Es el camino de Jesús mismo, «el primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8, 29). Y bien, como María, también nosotros estamos «predestinados a ser conforme a la imagen del Hijo» (ibid.): por gracia, es verdad, pero deseando y prefiriendo ante otros caminos, el suyo, sus decisiones, su camino. En Jesucristo, Dios eligió las más humildes condiciones históricas y a la más humilde de las criaturas para manifestar la originalidad de su Reino, en el cual la prepotencia no tiene lugar y la omnipotencia es creación, servicio y cuidado de la vida.

Agrega después Santo Tomás de Villanova: «Deja correr la fantasía, ensancha las fronteras de la comprensión y pinta en lo profundo de tu alma a una joven purísima, prudentísma, bellísima, devotísima, muy humilde, muy mansa, llena de toda gracia, riquísima en santidad, adornada por todas las virtudes, embellecida por todos los carismas, absolutamente agradable a Dios, amplifícala cuanto puedas, imagina todo lo que seas capaz» (ibid.). Santo Tomás nos invita a este maravilloso ejercicio de imaginación. Y observa: «El Espíritu Santo no la describió por escrito, sino que ha esperado que tú la pintaras interiormente» (ibid., VII, 266, 9). Queridos hermanos y hermanas, es precisamente así: en la oración contemplativa toma forma lo que el mundo no nos cuenta, pero ya existe; lo que sigue siendo invisible, pero en sí misma tiene un nuevo tipo de fuerza. No se trata de fantasía, sino de profecía. La necesitamos, en tiempos de destrucción e incertidumbre, para ver la obra de Dios y servirla.

El profeta Miqueas, en la minúscula Belén, intuyó el surgimiento de un Rey de paz, gracias al cual podría habitarse la tierra finalmente seguros (cf. Miq 5, 1-4). Y hoy, en la Oración Colecta, dirigiéndonos a la pequeña María, hemos pedido que «la fiesta de su nacimiento haga crecer en nosotros la paz». Sí, muy queridos todos, queremos imaginar la paz – ensanchar las fronteras de la comprensión y pintarla en el alma – para reconocer que ya existe, para acogerla y servirla. Es el don de Dios, el soplo del Resucitado, la obra del Espíritu Santo. Dejemos crecer la paz en nosotros. Germinará en el mundo. Y la Madre del Buen Consejo nos acompañará en esta misión.

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