QUE NUNCA LA MEDICINA SEA SIERVA DE LA MUERTE PROGRAMADA: PALABRAS DE LEÓN XVI EN EL ALBERGE NOTRE-DAME EN LOURDES (27/09/2026)
Queridos hermanos y hermanas, queridos amigos enfermos:
Es una gran alegría para mí pasar este momento con ustedes aquí en Lourdes, donde desde hace más de ciento cincuenta años, peregrinos de todo el mundo vienen a encomendarle a Jesús, por medio de María, sus sufrimientos, ya sean físicos, psicológicos o espirituales. Aquí la fragilidad no se esconde, sino que se convierte en el lugar de un encuentro sagrado.
Este año, el tema pastoral del Santuario retoma el saludo del ángel Gabriel a María: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1, 28), poniendo de manifiesto este maravilloso intercambio entre dos miradas, la del mensajero del Señor y la de María. En ese cara a cara, la humildad y la generosidad de una joven permiten a Dios realizar su obra de salvación. María no retuvo al Señor para sí, sino que lo ofreció al mundo, al decirnos a cada uno de nosotros: «El Señor está contigo». Esta verdad es el fundamento de nuestra dignidad de personas. Y aquí María nos mira a cada uno como a una persona única, como da testimonio de ello Santa Bernardita durante las apariciones en la gruta. Esta mirada materna nos confirma que ninguno es invisible a los ojos de Dios.
En una época en la que algunas sociedades tienden a apartar la mirada o a cerrar los ojos frente a la dignidad de la vida humana, «urge ante todo cultivar, en nosotros y en los demás, una mirada contemplativa […]. Es la mirada de quien ve la vida en su profundidad, percibiendo sus dimensiones de gratuidad, belleza, invitación a la libertad y a la responsabilidad. Es la mirada de quien no pretende apoderarse de la realidad, sino que la acoge como un don, descubriendo en cada cosa el reflejo del Creador y en cada persona su imagen viviente (cf. Gn 1, 27; Sal 8, 6). Esta mirada […] encuentra en el rostro de cada persona una llamada a la mutua consideración, al diálogo y a la solidaridad» (S. Juan Pablo II, Carta Enc. Evangelium vitae, 83), para que el mundo tenga vida.
En el diálogo de la Anunciación, mientras el Señor fija su mirada en María, ella descubre que es la elegida de Dios. En el centro de este encuentro, cada uno de nosotros descubre que está llamado de modo personal y profundamente destinado al amor de Dios, que es fuente de vida. La persona humana es, en efecto, “digna” por el mero hecho de existir y de tener como fin la eternidad. Su dignidad no se mide ni se discute.
Sé que, para algunos de ustedes, que sufren a causa de patologías particulares y de dolores a veces terribles, el horizonte puede parecer oscuro, incierto, sin salida. Pero ninguna ley humana debe hacernos perder la certeza de su dignidad. Por el contrario, precisamente en nombre de esta dignidad inalienable de la persona humana debe rechazarse firmemente la tentación de quitar la vida con el pretexto de una falsa compasión. Es imposible considerar normal el hecho de poner fin a la vida. Lo que es legal no es necesariamente moral.
Aquí en Lourdes, ciudad de los enfermos y de la esperanza, invito a toda la comunidad de los agentes sanitarios a recordar el significado profundo de su vocación: hacerse cargo de una persona que sufre, y no eliminarla. Sí, queridos amigos, ¡sean servidores apasionados de la vida! ¡Ninguno tiene el derecho, nunca, «basándose en algoritmos de laboratorio, de decidir sobre la vida de un embrión determinado o de una persona de la tercera edad determinada! ¡La medicina nunca podrá convertirse en sierva de la muerte programada!» (Discurso a los miembros de la Fundación Jérôme Lejeune, 22 junio 2026). En este sentido, les invito, por un lado, a seguir realizando constantemente estructuras de cuidado paliativo y de investigación; por otro, a acompañar con ternura a los enfermos, como sucede aquí en Lourdes, donde médicos, enfermeros, camilleros, capellanes, equipos de Pastoral de la Salud y tantos otros ejercitan su vocación al servicio de la dignidad de la persona humana, para que el mundo tenga vida. Cuidando de los cuerpos, ustedes cuidan también de las almas. A ustedes, queridos miembros de las asociaciones hospitalarias, pero también a ustedes, trabajadores de la salud, que se dedican al servicio de sus hermanos y hermanas, deseo expresarles toda mi gratitud.
Queridos hermanos y hermanas enfermos, quiero decirles: ustedes no son un peso, son el corazón palpitante de nuestra humanidad y un tesoro precioso para la Iglesia. Acompaño con la oración las pruebas que están atravesando. Mi pensamiento se dirige a todos los que no pueden estar aquí y que, desde sus casas o desde las habitaciones de los hospitales, están unidos a nuestro encuentro. Les encomiendo a todos al amor maternal de la Madre del Señor, pidiéndole que les alcance los consuelos de su Hijo Jesús. ¡Que Dios los bendiga y los proteja!

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