CATEQUESIS DE LEÓN XIV: EL VIAJE A FRANCIA, UN GRAN REGALO PARA MÍ Y PARA EL PUEBLO DE DIOS (30/09/2026)
Viaje Apostólico a Francia y visita a la UNESCO
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:
Hoy deseo hablarles del Viaje apostólico a Francia que realicé en estos últimos días. Ha sido un gran regalo para mí y para el pueblo de Dios en ese país, y doy gracias al Señor por ello. Expreso nuevamente mi gratitud a todos los que me acogieron, autoridades civiles y pastores de la Iglesia y a todos aquellos, muy numerosos, que quisieron encontrar al Papa o incluso saludarlo por las calles, como apóstol de Cristo y mensajero de paz. ¡Gracias a todos!
Quisiera recoger los pensamientos y las impresiones – todavía muy vivas – de esta Visita pastoral en torno a un único gran símbolo: la Catedral de Notre-Dame de París. Allí, por la tarde del primer día, celebramos las Vísperas de la Santísima Virgen María, una liturgia solemne y al mismo tiempo festiva, en la que la música, el canto y la belleza del templo hacían vibrar a los corazones unidos en la oración.
Precisamente Notre-Dame, con el drama que ha vivido, puede iluminar simbólicamente todo este Viaje apostólico, ofreciendo una clave de lectura que resumiría en una palabra: renacimiento.
La Catedral de París, que hace solo siete años parecía herida de muerte por un enorme incendio, ahora está reconstruida y luce más esplendorosa que nunca. Aquel desastre provocó una reacción positiva a todos los niveles, algunos más visibles y prácticos, otros más escondidos, de orden espiritual.
Su restauración fue una prueba de la posible colaboración entre Iglesia, Estado, instituciones públicas y sociedad civil. Esta actitud ha permitido valorar al máximo tanto la generosidad de los benefactores como las capacidades de los profesionales y los artesanos. La sinergia en pro del bien común debería ser el estilo normal de las instituciones, de las fuerzas políticas y sociales, de cuantos tienen responsabilidades civiles y económicas. Es el mensaje que quise transmitir a las autoridades francesas, así como a los miembros de la UNESCO, Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura que tiene sede en París, señalando cuál es el criterio fundamental sobre el cual basar dicha colaboración: la dignidad de la persona humana.
Pero, sobre todo, Notre-Dame es imagen de la Iglesia de piedras vivas, del pueblo santo de Dios.
Es interesante poner en paralelo la celebración de las Vísperas en la Catedral con la Vigilia de los jóvenes que tuvo lugar la misma noche en el gran Estadio de Francia en París. Dos lugares completamente distintos y, sin embargo, dos eventos complementarios, casi unidos espiritualmente. ¿Qué los unía? La Iglesia, que no está hecha de piedras o de cemento, sino de personas que aman a Jesucristo porque han sido amadas por Él. En Notre-Dame estaban los sacerdotes y los diáconos, las personas consagradas, los agentes pastorales; en el estadio estaba la nueva generación francesa: nueva – diría – no sólo por la edad, sino más aún por espíritu, por libertad de corazón y de fe. Jóvenes que cantaron, gritaron, pero que también se quedaron en silencio, en escucha. Rostros atentos y conmovidos, que manifestaban corazones deseosos de verdad y de amor. A ellos les dije con alegría: “¡Ustedes son los santos de Francia!”. Esa Vigilia fue un gran signo de esperanza.
Así como lo fue – en la pequeñez que Dios prefiere – también el encuentro en la Maison Bakhita, casa de acogida para distintas personas en dificultad: uno de los muchos lugares, frutos del Evangelio, en los que se esfuerzan cotidianamente para servir con amor a la dignidad de la persona humana.
Existe, sin embargo, en la Iglesia en Francia una señal de renacimiento que perdura desde algunos años, es decir, el notable y creciente número de jóvenes y adultos que piden el Bautismo. Acerca de esta hermosa “sorpresa” de Dios, está en curso en París una Asamblea sinodal provincial, en la cual he podido intervenir, animando el camino de los catecúmenos y de los neófitos, junto a las comunidades a las que pertenecen.
Evento culminante de mi visita a la capital fue la Misa en la Place de la Concorde. Allí, el signo del renacimiento apareció de modo sorprendente: la asamblea litúrgica, que en la vasta Plaza reunía a sacerdotes, al coro y a una notable multitud, se extendía por toda la Avenue des Champs Élysées hasta el Arco del Triunfo y más allá. En el momento de la Comunión, todos pudieron acercarse a la Eucaristía, distribuida en todos los lugares. He aquí la verdadera reconstrucción, la restauración de la Iglesia que sólo Dios puede hacer, por intercesión de la Virgen María.
Y entonces, era natural y necesario que, después de París, me dirigiera como peregrino a Lourdes, a venerar a la Madre de la Iglesia, María, aquella que en la hora de la pasión y de la muerte mantiene encendida la lámpara de la fe y de la esperanza. En Lourdes el Señor, a través del cuidado maternal de la Virgen María, comunica a todos, peregrinos y especialmente a enfermos en el cuerpo y en el espíritu, un mensaje de esperanza y de renacimiento. Un mensaje que he querido relanzar abiertamente: toda vida humana, en cualquier condición, incluso en la más grave fragilidad, conserva la propia dignidad inviolable y merece ser cuidada, acompañada, aliviada del sufrimiento con una compasión humana y con el auxilio de los medios que ofrece la ciencia. Por eso, Lourdes representa para todo el mundo un santuario de la civilización del amor. En este contexto encontré a algunas personas víctimas de abusos y les pedí que me ayudaran a expresar también a otras víctimas mi voluntad y la de toda la Iglesia de escuchar y caminar con ellos mientras buscan la curación, reconociendo el dolor causado en sus vidas y trabajando por la prevención de los abusos.
Tercera y última etapa del Viaje apostólico fue la ciudad de Metz, en una región de Francia y de Europa martirizada por la Segunda Guerra Mundial. Allí trabajó Robert Schuman, uno de los principales inspiradores del proceso de unificación europea. La Europa contemporánea nació precisamente como proyecto de paz después de la destrucción de la guerra. Podemos decir que lo que sucedió en Notre-Dame de París con el incendio, sucedió en Europa con la Segunda Guerra Mundial. Y Europa renació, sobre la base de aquellos principios de democracia, solidaridad y fraternidad entre los pueblos que deben mucho a sus raíces cristianas. También hoy, sobre dichos cimientos y con esa “savia” vital, el proyecto Europa puede renovarse, en un mundo mucho más globalizado, donde el diálogo interreligioso reviste un papel de importancia fundamental. Por eso, en Metz encontré a los representantes de las diferentes tradiciones religiosas, quienes leyeron y firmaron en mi presencia el “Llamado de Metz” por el diálogo y la paz.
Muy queridos todos, el tema de mi Visita pastoral a Francia ha sido “Pour que le monde ait la vie”, “Para que el mundo tenga vida” (cf. Jn 6, 51). Son palabras de Jesús, que resumen toda su misión de salvación y que, durante el Viaje, expresaban en plenitud el sentido evangélico de cada encuentro. Ahora, que ellas inspiren nuestra oración, al pedir a Dios que este evento de gracia dé frutos abundantes y duraderos.

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