SÓLO DIOS COLMA LA SED DE FELICIDAD DEL HOMBRE: HOMILÍA DE LEÓN XIV DURANTE LA MISA EN LA PLAZA DE LA CONCORDIA (26/09/2026)
Queridos hermanos y hermanas:
Doy gracias a Dios por el don que me ha concedido de estar aquí, en esta Plaza de la Concordia, para celebrar la Eucaristía. Sí, ¡qué bueno y dulce es para los hermanos y hermanas convivir unidos (cf. Sal 132, 1), para proclamar la grandeza de Dios! Que mi presencia entre ustedes confirme su fe y los anime a irradiar y transmitir sin cesar la vida, la paz y el amor de nuestro amado Señor Jesucristo.
«El que tenga sed, que venga a mí y beba» (Jn 7, 37). Hermanos y hermanas, nuestra comunidad sedienta se abre paso hacia Cristo, fuente de agua viva; esa agua que sacia la sed y hace florecer la vida, esa agua del amor de Dios que «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5, 5).
El deseo de Dios habita en lo más profundo de nuestro corazón, y clamamos con el salmista: «mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo» (Sal 41, 3). Es el clamor de un hombre, humilde y apasionado, cuya sed más íntima y existencial no deja de crecer. Ahora bien, es Jesucristo, por su Encarnación, quien sale al encuentro de cada persona en su historia y se le revela como la verdadera fuente de agua viva capaz de saciar su sed. No se trata tanto de una sed material, sino de una sed de sentido, de verdad y de plenitud que habita en el corazón de cada uno. Jesús responde a ese profundo deseo de relación, de comunión con Dios, en quien reside la plenitud de la vida para siempre.
En la primera lectura, el profeta Ezequiel veía cómo el agua brotaba del Templo y, al extenderse por el desierto, purificaba y fertilizaba todo (cf. Ez 47, 1-2.8-9.12). Más tarde, San Juan verá brotar agua del costado traspasado de Jesús, al entregar el espíritu (cf. Jn 19, 30-34). Todos pueden beber entonces de esta fuente para renacer y recibir el don del Espíritu, a fin de convertirse en hijos de Dios, en nuevas criaturas.
Hermanos y hermanas, debemos reconocer que aquí en la tierra nada logra satisfacernos plenamente. Cuando creemos que por fin hemos terminado nuestro trabajo y que nuestros esfuerzos han sido recompensados, muy a menudo resurge el vacío interior, aún más profundo. Entonces, para llenarlo, es posible que busquemos nuevos placeres, que queramos poseer cosas nuevas, que hagamos todo lo posible por “divertirnos” para no sentir ese malestar interior.
La Liturgia de la Palabra de hoy nos invita a examinar nuestro corazón: ¿cuál es nuestra sed más profunda? ¿Qué buscamos realmente en la vida? Todos anhelamos la felicidad, el amor y la plenitud. Pero ¿en qué fuente buscamos saciar nuestra sed? ¿Nos conformamos con los bienes materiales, con las satisfacciones inmediatas, con esos pequeños ídolos tan numerosos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan vacío nuestro corazón? Por el bautismo, hemos recibido el agua viva de la que habla el Evangelio, pero ¿realmente hemos encontrado a Cristo personalmente? El ser humano es, en esencia, un ser de deseo y sólo Dios puede llenar ese vacío interior. Sí, hermanos y hermanas: Jesucristo, el Buen Pastor, nos conduce, como el pastor guía a sus ovejas, hacia la fuente de la felicidad y la paz. Él conoce a cada una y cada uno de nosotros por nuestro nombre. Ninguno de nuestros secretos, de nuestras intenciones, de nuestras debilidades se le escapa. Él escruta las profundidades de nuestro corazón. Él dio su vida por nosotros y sigue entregándola a través de los sacramentos. Lleva sobre sus hombros a las ovejas cansadas o heridas, y trae de regreso con delicadeza a las que se han descarriado. Jesús revela el amor incondicional de Dios por nosotros. Para Él, ninguno de nosotros es un número en una identificación, ni un número de serie, sino una persona, una persona única e insustituible.
Al verlos aquí reunidos, hermanos míos, herederos de una larga y hermosa historia de santidad en Francia, les digo: sacien también ustedes su sed en esta fuente, que es el Corazón de Jesús traspasado. Sí, tienen sed de Dios, de vida, de verdad, de unidad, de paz, de comunión, de felicidad. Aspiren a redescubrir un horizonte luminoso, a construir una nación renovada a partir de sus raíces, regadas por la fe. No guarden esta fe en Jesucristo sólo para ustedes, más bien dejen que se desborde para saciar y colmar a las personas con las que se encuentran. Les corresponde a ustedes llevar la esperanza allí donde reinan el desánimo y la sequía espiritual.
De hecho, al aceptar vivir en la verdad bajo la mirada de Jesús podemos ser auténticos, podemos ver nuestras vidas con lucidez. Ciertamente nuestras vidas son frágiles, vulnerables, destinadas a atravesar la muerte, pero también son maravillosas, milagrosas, capaces de renovarse en sus relaciones y de abrirse al amor verdadero.
«Beba el que cree en mí; […] “de sus entrañas brotarán ríos de agua viva”» (Jn 7, 37.38). Al saciarnos de la fuente que es el Corazón de Cristo, nos convertimos nosotros mismos, como escribió Orígenes, en pozos, manantiales y ríos para los demás (cf. Homilía 12, 1, 2-3). En efecto, el creyente que bebe de ella se convierte también en fuente de vida gracias a su vínculo existencial con Cristo y transmite esa misma vida a su prójimo.
Queridos hermanos y hermanas, el agua viva del Espíritu Santo se ha derramado en abundancia y sigue dando fruto en la Iglesia a través de los misioneros y los testigos presentes en todas las culturas y entre todos los pueblos. Esta agua fecunda cuanto se deja tocar y transformar por ella para producir su fruto, es decir, la santidad de quienes adoran al Dios verdadero y sirven a sus hermanos y hermanas con caridad y generosidad. En este hermoso país que es Francia, muchos se han saciado de esta agua viva a lo largo de los siglos y han consagrado totalmente su vida al bien: los primeros mártires como Blandina, Potino e Ireneo; los santos fundadores y fundadoras de órdenes religiosas, los santos obispos como Martín de Tours y Francisco de Sales; los hombres y mujeres con un corazón sensible a las necesidades de sus semejantes, como Vicente de Paúl, Federico Ozanam, Juana Jugan y muchos otros. Aún hoy, son muy numerosos en nuestra sociedad, en nuestras parroquias y en nuestras diversas actividades quienes continúan comprometiéndose a favor de la vida, la familia, la verdad, la paz, la fraternidad y la justicia.
Desde esta hermosa ciudad de París, pido con fervor para que el agua viva del Espíritu Santo se derrame sobre toda Francia. Pienso en ustedes, queridas familias, quienes, a pesar de las múltiples dificultades que enfrentan a diario, perseveran valientemente en su misión. Les agradezco de corazón por todo el bien que se realiza a través de ustedes; que nunca se agote en sus vidas la presencia concreta de Jesús. Pienso en ustedes, queridos jóvenes: son la Iglesia de hoy. ¡Qué hermoso es ver su entusiasmo, su dinamismo, su compromiso y la alegría que llevan a las comunidades cristianas! Pienso también en ustedes, queridos catecúmenos y neófitos, que emprenden el camino de la fe, de la conversión y de la iniciación cristiana. Que puedan dar testimonio, a quienes los rodean, del camino que están recorriendo y motivarlos a que, a su vez, se planteen preguntas. Que el don del Espíritu Santo los convierta en testigos vivos, dispuestos a difundir a su alrededor la civilización del amor.
Hermanos y hermanas: dirijamos nuestra mirada hacia la Madre de Dios, Fuente de Salvación, aquella que guía nuestras vidas hacia su Hijo, autor de toda gracia. Con su “sí” libre y confiado, ella se convirtió en el humilde receptáculo querido por Dios, en el que el amor del Padre se encarnó para entregarse al mundo.
Invoquémosla con confianza para que, por su intercesión, surjan manantiales de agua viva en el seno del Pueblo de Dios y hagan florecer por toda Francia los brotes de la fe, la esperanza y la caridad. Amén.

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