EN MEDIO DE CONFLICTOS, LA IGLESIA DEBE DAR TESTIMONIO DE ESPERANZA: PALABRAS DE LEÓN XIV A OBISPOS DE LAS REGIONES ÁRABES (03/09/2026)

El Papa León XIV recibió este 3 de septiembre, en la Biblioteca del Palacio Apostólico, a los miembros de la Conferencia de Obispos Latinos en las Regiones Árabes (CELRA), reunidos en Roma para celebrar su encuentro anual. En su discurso, el Santo Padre reconoció que los Obispos guían a Iglesias locales extendidas por una “vasta y diversa región”, desempeñando su ministerio en contextos “a menudo marcados por tensiones políticas, sociales y religiosas”. También los exhortó a afrontar los conflictos y las divisiones con solidaridad hacia los pobres y a dar testimonio de que es posible vivir y esperar juntos. Transcribimos a continuación el texto de su discurso, traducido del italiano:

Beatitud Eminentísima, venerados hermanos en el Episcopado, muy queridos todos los presentes:

Con gran alegría los recibo a ustedes, pastores que forman en conjunto la Conferencia de Obispos Latinos en las Regiones Árabes. A través de ustedes, deseo dirigir mi saludo a los sacerdotes, a las personas consagradas y a todos los fieles de sus comunidades. Con las palabras del Apóstol Pablo, les deseo a todos: «gracia a ustedes y paz de Dios» (Rom 1, 7).

Su Conferencia abraza a Iglesias presentes en una realidad vasta y articulada, que trabajan en contextos a menudo marcados por tensiones políticas, sociales y religiosas.

Sus Iglesias han conocido el testimonio del martirio: pensemos en Sor Leonella Sgorbati, Misionera de la Consolata, en las Misioneras de la Caridad asesinadas en Yemen mientras servían a los más vulnerables, y en tantos sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles que han entregado la vida en Irak, en Siria y en otros tierras marcadas por la violencia. Sus nombres quizá no son conocidos por el mundo, pero lo son para Dios. Su fidelidad al evangelio permanece como una luz para sus comunidades y una invitación a no ceder ni al miedo ni a la resignación.

Cuando las comunidades se hacen más frágiles y muchas familias son obligadas a emigrar, su ministerio se vuelve aún más necesario. Sean siempre pastores cercanos a su pueblo, capaces de compartir sus heridas, de escuchar, apoyar y consolar, para que a través de su presencia pueda hacerse visible la cercanía de Dios.

No tengan miedo de su pequeñez. La fecundidad de la Iglesia no se mide en números, en estructuras o recursos, sino en la fidelidad al Evangelio. Una comunidad pequeña, si está arraigada en Cristo, puede ser una presencia valiosa: no porque busque el poder, sino porque sirve; no porque se imponga, sino porque da testimonio; no porque responda a la violencia con otra violencia, sino porque opone a la fuerza, la caridad.

En el corazón de sociedades marcadas por conflictos y divisiones, que sus comunidades muestren que es posible vivir, servir y esperar juntos. A través de las parroquias, las escuelas, los hospitales y obras de caridad, hagan concreto el Evangelio, acogiendo, escuchando y apoyando a quienes lo necesitan. Apoyen, en particular, a las congregaciones religiosas que generosamente siguen estando junto a los pobres y los más frágiles.

En medio de las emergencias, no pierdan de vista lo esencial de la misión de la Iglesia: el anuncio del Evangelio, la oración, los Sacramentos y la formación cristiana. Una iglesia capaz de servir debe ser, ante todo, una Iglesia que ora, escucha la Palabra y vive de los Sacramentos.

Cuiden particularmente a las familias y a los jóvenes. Que las familias, incluso marcadas por dificultades e incertidumbres, puedan, con el apoyo de la comunidad, permanecer como el primer lugar en el cual la fe se recibe y se transmite. Que los jóvenes, a menudo divididos entre grandes aspiraciones y un futuro incierto, encuentran en la Iglesia una casa que los acoja, los escuche y los ayude a reconocer el valor de su vida. Que la catequesis acompañe a niños, jóvenes y adultos hacia un encuentro vivo con Cristo, para que la fe sea conocida, vivida y transmitida de generación en generación.

Cuiden también a los migrantes, numerosos, sobre todo en los países del Golfo. Muchos viven lejos de sus seres queridos y experimentan su soledad y precariedad. Que sus comunidades sean casas en las cuales nadie se sienta extranjero. Defienda la dignidad de cada persona y reconozcan en cada migrante a un hermano y una hermana: así la caridad se vuelve testimonio del Evangelio y escuela de fraternidad.

Custodien y fortalezcan la comunión entre las Iglesias y los distintos ritos. La variedad de tradiciones cristianas es una riqueza que hay que vivir en la unidad. Que de esta comunión nazca un diálogo sincero con las demás comunidades cristianas, con los musulmanes y las distintas tradiciones religiosas. Dialogar no significa renunciar a la propia identidad, sino vivirla sin miedo al encuentro. Allí donde la guerra ha sembrado desconfianza, cada gesto de estima, colaboración y respeto puede convertirse en un paso hacia la reconciliación y la paz.

Su misión no consiste simplemente en conservar una presencia cristiana, sino en hacer presente a Cristo: anunciarlo en la Palabra, celebrarlo en los Sacramentos, encontrarlo en la oración y reconocerlo en los pobres, en los que sufren, en los migrantes y en cada persona que se pone bajo su cuidado.

No están llamados a resolver todos los problemas de sus tierras, sino hacer fieles al Evangelio y al pueblo que se les ha encomendado. No busquen, durante todo, el éxito o el reconocimiento: busquen la fidelidad. Sean voces de verdad, de justicia y de paz; hombres de oración, pastores cercanos a su gente, artesanos de la reconciliación y testigos de la misericordia.

No tengan miedo de sembrar sin ver de inmediato los frutos. La siembra les pertenece a ustedes; el crecimiento le pertenece a Dios. Ningún gesto realizado en nombre de Cristo es inútil: una oración, una palabra de consuelo, una familia acompañada, un niño educado en la fe, un pobre acogido son semillas de un futuro nuevo.

Queridos hermanos, sigan su camino con confianza. No están solos. La Iglesia universal mira a sus comunidades con afecto y reconoce en su perseverancia, en la fe vivida en la prueba y en la valentía del servicio un testimonio valioso para toda la Iglesia.

Los encomiendo a ustedes, a sus Iglesias y a todos los pueblos de sus tierras a la protección de la Virgen María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz. Que ella acompañe a las familias, a los jóvenes, a los migrantes, a los enfermos y los pobres; que sostenga a los que sufren e ilumine a quienes tienen responsabilidades políticas y sociales, para que sepan buscar el bien común y abrir caminos de reconciliación.

Sobre ustedes y sobre todos los fieles que les han sido encomendados invoco de corazón la abundancia de bendiciones del Señor. Que Él los proteja en la fe, los haga perseverantes en la esperanza y generosos en la caridad y que conceda a sus comunidades y a todos los pueblos de sus tierras el don precioso de la paz.

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