CULTIVEN COMUNIDADES ALEGRES Y VIVAS: PALABRAS DE LEÓN XIV A CLARISAS CAPUCHINAS DE ITALIA (21/09/2026)
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
La paz esté con ustedes. Y si puedo decir también, “paz y bien”.
Queridas hermanas, hermanos, buenos días y bienvenidos todos.
Estoy muy contento de encontrarles y compartir con ustedes en este momento de reflexión. Nos inspiraremos en la Liturgia de hoy, Fiesta de San Mateo, Apóstol y Evangelista.
En la Carta a los Efesios, San Pablo exhorta así: «Compórtense de manera digna a la llamada que han recibido, con toda humildad, dulzura y magnanimidad […] una sola es la esperanza a la que han sido llamados, la de su vocación» (Ef 4, 1-2.4).
Es una invitación a la fidelidad, a la cual su Federación responde según el carisma de Santa Clara y San Francisco, en la oración contemplativa, en la pobreza y en una total adhesión al Evangelio. Con tal objetivo es encomiable el trabajo de reelaboración y actualización de las Constituciones que han realizado, en el cual han encontrado síntesis las aportaciones de muchos. En ellas se reitera que «la primera y principal tarea de todos los religiosos es la contemplación de las realidades divinas y la constante unión con Dios en la oración» (Constituciones, 60; cf. CIC, can. 663). Cómo escribía a Santa Clara a Santa Inés de Bohemia: «Pon tu mente en el espejo de la eternidad, pon tu alma en el esplendor de la gloria, pon tu corazón en la figura de la divina sustancia y transfórmate toda, a través de la contemplación, en la imagen de su divinidad» (Tercera carta a la Beata Inés de Bohemia, 12-13; FF 2888).
Y es precisamente con la “mente en el espejo de la eternidad” que las invito a mirar tanto el tiempo presente, con sus dramas e incertidumbres, como los desafíos de su “pequeño mundo”, rico en su pasado y llamado a mirar con esperanza el porvenir. El número reducido de vocaciones, en particular, podría impulsar a alguien a decisiones de clausura o replegamiento. Pero quiero repetirles a ustedes lo que he dicho acerca del futuro de las Diócesis y los Seminarios en Italia. Busquemos cambiar de perspectiva al considerar esta realidad. En su estado crítico, de hecho, puede ayudarnos a descubrir o descubrir potencialidades inesperadas, «no tanto en referencia a las fuerzas numéricas sino a la calidad de la propuesta» (Discurso a los peregrinos de las diócesis toscanas, 11 de octubre 2025). Lo recuerda el Evangelio de este día, que dice: «No son los sanos los que necesitan al médico, sino los enfermos» (Mt 9, 12). La reducción numérica de las comunidades – y el temor, que deriva de ello, de perder su autonomía – no deben turbar y quitar la esperanza, sino más bien impulsar a una renovación de la propia vida y un compromiso aún más grande en el acompañamiento espiritual de quienes tocan las puertas de los monasterios, para hacer crecer comunidades alegres y vivas, en las cuales experimentar intimidad con Dios, afabilidad, comunión, autenticidad de relaciones. Las vocaciones no nacen de la aplicación de estrategias organizacionales, ni de campañas estudiadas en el escritorio, sino de la oración, de la familiaridad con el Evangelio, del silencio, de saberse acoger con las propias imperfecciones (cf. Gal 6, 2), de sentirse parte de un todo que crea unidad. Y para hacerlo, el señor no nos pide ser impecables, sino dejarnos moldear por su gracia, humildemente, día tras día.
Esto nos ofrece el impulso para hablar de otro tema importante: el de la formación, ya sea inicial o permanente. Fórmense y formen para una clausura vivida en espíritu de comunión profunda entre ustedes y con la Iglesia; para un silencio que, en una sociedad nominada por la prisa y el ruido, haga sentir la necesidad de tiempos y espacios en los cuales detenerse, discernir, sin temor de perder el “momento fugaz”.
Por lo demás, es este también el carácter misionero específico de la vocación del claustro. El Salmo 18, siempre tomado por la Liturgia de hoy, recita: «sin lenguaje, sin palabras, sin que se escuche su voz, por toda la tierra se difunde su anuncio y hasta las fronteras del mundo su mensaje» (v- 4-5). Fórmense en la escuela del Evangelio, el señor les llama a ser sus testigos en el silencio y la contemplación, colocándolas en la historia como memoria viva y profética de la Buena Nueva.
Como hermanas de Santa Clara, además, tienen un mensaje especial que anunciar, qué pasa ante todo a través de la observancia de la Regla y de sus Constituciones. Forma parte de su ser y de su misión vivir el Evangelio dejando todo lo que es del mundo, total y constantemente dirigidas al primero y único Amor de su vida. Esto implica sobriedad, desapego de las cosas, entrega de sí en la obediencia, transparencia, en una vida sencilla, pero también radical y exigente, signo precioso de fidelidad, especialmente en un mundo globalizado e inquieto, en el cual parece que se han perdido el gusto y la capacidad de “echar raíces” (cf. Francisco. Const. ap. Vultum Dei quærere, 35).
Por eso, muy queridas todas, quisiera concluir retomando una pregunta de su Asistente Federal: «Los monasterios femeninos de clausura ¿pueden ofrecer respuestas a las preguntas de sentido de la humanidad de hoy?». Para responderles señalaba cuatro medios que considero importantes: la escucha recíproca, la koinonia, como comunión de intenciones, para evitar el aislamiento; la diakonia, para servir y trabajar juntas; la martyria, para dar testimonio del Evangelio. Se las dejo como senderos seguros para su camino.
Queridas hermanas, les agradezco por lo que hacen y por lo que son: «pequeños flamas, centinelas para la Iglesia y el mundo» (Francisco, Mensaje a las contemplativas, 21 de noviembre 2018), signos de la presencia del reino de Dios en la tierra.
Me alegro de haberme encontrado con ustedes e, invocando la intercesión de María, de los Santos Francisco y Clara de Asís y de la Beata María Lorenzo Longo, de corazón les imparto la Bendición Apostólica.

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