CATEQUESIS DE LEÓN XIV: DESENMASCARAR LAS CONTRADICCIONES DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO (02/09/2026)

El Papa León XIV inició este 2 de septiembre, un ciclo de catequesis dedicado a la Gaudium et spes, la Constitución Pastoral promulgada por el Papa Pablo VI el 7 de diciembre de 1965, con la que el Concilio Vaticano II pretendía profundizar la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. Las primeras líneas del documento conciliar – la Iglesia hace suyas «las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de todos los que sufren» – son un “compartir con la humanidad” que es el camino que Cristo pide a la Iglesia, afirmó. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Los Documentos del Concilio Vaticano II
IV. Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS 1-10) 1. La Iglesia en escucha y al servicio del mundo

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:

Con el encuentro de este día comenzamos a reflexionar sobre la Constitución pastoral Gaudium et spes, con la cual el Concilio Vaticano II pretendió profundizar en un tema fundamental, o sea, la relación de la Iglesia con el mundo contemporáneo. San Juan XXIII, ya en el Discurso inaugural del 11 de octubre de 1962, tenía la intención de disentir con los «profetas de desventuras», que «si bien encendidos de un celo por la religión […] van diciendo que nuestros tiempos, si se comparan con los siglos pasados, resultan totalmente peores; y llegan al punto de comportarse como si no tuvieran nada que aprender de la historia» (Discurso Gaudet Mater Ecclesia, 11 de octubre de 1962, 4.2). De ahí la tarea encomendada a los Padres conciliares: «En el presente estado de los eventos humanos, en el cual la humanidad parece entrar en un nuevo orden de cosas, ante todo hay que ver los misteriosos planes de la Divina Providencia, que se realizan en tiempos posteriores a través de la obra de los hombres, y a menudo más allá de sus expectativas, y con sabiduría disponen todo, incluso las adversas vivencias humanas, para el bien de la Iglesia». (Gaudet Mater Ecclesia, 4.4).

Tres años después, la promulgación de Gaudium et spes reconocía en dicho discernimiento un elemento esencial de la naturaleza de la Iglesia, describiendo como constitutiva su índole pastoral: de ahí la definición de “Constitución pastoral”. No se trata de optimismo ingenuo, sino de una renovada fidelidad al Misterio de Cristo que, encarnándose, elige compartir nuestra vida: Él se hizo «en todo semejante a sus hermanos» (Heb 2, 17; cf. 4, 15) y cargó las consecuencias del pecado, muriendo «en rescate por todos» (1Tim 2, 6). Ese compartir con la humanidad es el camino que Cristo pide a la Iglesia; por ello, la Constitución conciliar Gaudium et Spes se abre declarando que la Iglesia siente como propios «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de hoy, sobre todo de los pobres y de los que sufren» (GS 1).

Es un compartir que nos llama a salir de toda pasividad e indiferencia ante los acontecimientos que ocurren, ante la historia y la vida de las personas, sobre todo ante el cambio rápido y profundo que hoy experimentamos. No es posible permanecer como espectadores desinteresados, es necesario, en cambio, escuchar con el corazón, dejarse interpelar, hacerse involucrar. Con Cristo y sostenidos por la fuerza de su Espíritu, los creyentes están llamados a hacerse cargo de las dificultades de los hermanos, sobre todo de aquellos que son aplastados por la injusticia, por la discriminación, por la violencia. De hecho, sólo en el compartir y en el compromiso es posible llegar a respuestas adecuadas, siempre sostenidos por la certeza de que «los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria futura que será revelada en nosotros» (Rom 8, 18).

En dicho sentido, la proximidad hacia la humanidad abre a una lectura más profunda de los acontecimientos y de la propia Revelación y, en la misma perspectiva, Gaudium et spes recuerda el «deber permanente de la Iglesia de escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio» (GS 4). Esta Constitución conciliar ha llamado, entonces, a la Iglesia a un permanente compromiso de conversión, para dar testimonio de que ella no se mueve por «ninguna ambición terrenal», sino que «busca sólo esto: continuar, bajo la guía del Espíritu consolador, la obra misma de Cristo, el cual vino al mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para condenar, para servir y no para ser servido» (GS 3).

No se trata, de hecho, de una disposición simplemente moral. El Papa Francisco nos recordó que para la Iglesia «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica […] Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarles nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, y a acoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos» (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 198).

El compartir cristiano compromete a hacerse cargo de la realidad y también a desenmascarar las contradicciones que caracterizan la vida personal y social del mundo contemporáneo: por ejemplo, un progreso científico y tecnológico, que ofrece siempre nuevas posibilidades, pero sólo a algunos y que no siempre el ser humano logra poner «a su servicio»; o un conocimiento más claro de las «leyes dela vida social», acompañado, sin embargo, de incertidumbres «sobre la dirección que hay que imprimirles»; o aún más, una mayor disponibilidad de «riquezas, posibilidades y poder económico» que, sin embargo, desafortunadamente, hoy como en los tiempos del Concilio, «una gran parte de los habitantes del planeta […] sigue atormentada por el hambre y la miseria» (GS 4); o una conciencia compartida de que está en juego el futuro del planeta y al mismo tiempo la incapacidad de renunciar al consumo egoísta y a la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz.

En un tiempo marcado por profundos cambios, de los cuales se derivan desequilibrios preocupantes, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, escuchando y acogiendo los interrogantes más profundos de su corazón y los anhelos que lo habitan, señalando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana» (GS 10). Por ello, en la Iglesia, a todos los niveles, en toda época debe realizarse la kenosis misericordiosa de Cristo que «no retuvo como un privilegio el ser como Dios; sino que se despojó a sí mismo asumiendo una condición de siervo […] haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Fil 2, 6-8).

Queridos hermanos y hermanas, que la alegría y la esperanza – gaudium et spes – sean los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, haciéndose cercana a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo.

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