EL QUE DICE “DIOS ESTÁ MUERTO” SE PIERDE: PALABRAS DE LEÓN XIV EN LA VIGILIA CON LOS JÓVENES (25/09/2026)
En la noche, la luz nos parece aún más deslumbrante. Así, queridos jóvenes, hemos escuchado juntos las palabras de San Pablo. Queremos mantenerlas en alto, como una antorcha que ilumine no sólo la oración de cada uno, sino toda la historia de la Iglesia. El apóstol observa su tiempo y acoge la inspiración divina, es decir, al Espíritu Santo, que siempre abre perspectivas luminosas de futuro. Sí, Dios es el Señor de la historia y, pase lo que pase, la conduce hacia la salvación: en Cristo todo mal tiene un término, precisamente porque el final se convierte en el comienzo de una vida nueva y eterna.
Queridos amigos, para iluminar nuestra época y transformar el presente a la luz del Espíritu, recordemos ante todo que nosotros también, al igual que Timoteo, somos hombres y mujeres de Dios. Esta expresión – de Dios – elegida por San Pablo, se refiere a una relación, no a una posesión. Quien vive de Dios es libre: libre de todo lo que obscurece la vida, haciéndola vacía y sin sentido. Jóvenes de Francia, ustedes llevan en su corazón un inmenso deseo de libertad, palabra que resuena con fuerza en su cultura. ¿Cuál es, entonces, la fuente de la verdadera libertad? Jesús nos la indica claramente cuando nos dice que la verdad nos hará libres (cf. Jn 8, 32); y que la Verdad es Él mismo (cf. Jn 14, 6). He aquí, pues, la fuente de la verdadera libertad: la relación viva con Jesús.
La compañía del Señor, de hecho, da sabiduría a nuestros proyectos y belleza a los deseos que llevamos en el corazón. Dios atraviesa nuestra alma como la luz, llamándonos a una renovación permanente, a una conversión que da pleno sentido a la existencia, porque nos convierte en protagonistas de una historia que pasa de la confusión a la búsqueda de la verdad; de la indiferencia al compromiso por la justicia. San Pablo lo expresa con tres verbos que interpelan nuestra libertad: huye, tiende, lucha. El apóstol escribe a Timoteo: ante todo, «huye de estas cosas», es decir, el orgullo, la vanidad, la violencia y la avidez (cf. 1 Tim 6, 4.10). Son todos sentimientos que se apoderan de nosotros y nos dominan. El egoísmo que los caracteriza esconde una soledad aterradora. Para disfrutar de la cercanía de Dios y de la fraternidad humana, es necesario, por lo tanto, rechazar esa codicia que consume las relaciones sin dar nada a cambio y que nos llena de cosas sin alimentarnos. Ese estilo de vida nos empuja a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de “me gusta”, pero quedándonos solos con nosotros mismos.
Cuando decidimos no seguir ese estilo, entonces empezamos a tender hacia «la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre» (v. 11). Sí, quien vive de Dios tiende hacia lo mejor: está en entrenamiento constante. Busca la virtud, es decir, la fuerza que lo hace bueno y verdadero. Queridos amigos, la dinámica que caracteriza la existencia cristiana tiene un nombre preciso: se llama camino de santidad. Es el camino que el Señor abre ante cada uno de nosotros, acompañándonos a lo largo del trayecto. ¡Y cuántos hijos e hijas de esta amada tierra de Francia se han dejado guiar por este camino! Pensemos, por ejemplo, en el Beato Marcel Callo, un joven francés, scout y obrero que, en la oscuridad del campo de concentración, nunca dejó de tender hacia el bien, conservando su libertad interior.
A medida que avanzamos en este camino hacia la santidad, queda claro que no basta con evitar el mal: hay que elegir el bien. No se trata de un principio abstracto, ni de una afirmación obvia: elegir el bien es la acción propia de la libertad, y al llevarla a cabo, la libertad misma se realiza, se corrige y madura. Para tomar la decisión correcta, recuerden este criterio: el bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí. El bien no es un concepto bonito, sino el rostro radiante del amor: ¡es Dios mismo! Las virtudes que san Pablo nos presenta como reflejos de su bondad son estas: la justicia hacia la humanidad; la piedad y la fe hacia Dios; la caridad con todos; la paciencia hacia quienes nos hacen sufrir; la mansedumbre que distingue a quienes buscan la paz con un corazón puro. Los principios de igualdad y fraternidad que inspiran a su sociedad encuentran aquí su fundamento: más que simples prescripciones legales, son decisiones radicales y valientes de un corazón libre. Hacer nuestras estas cualidades, no es sólo un compromiso moral: es la decisión de convertirnos en hombres y mujeres auténticos, libres de concesiones. A este respecto, el apóstol nos entrega un tercer verbo: luchar. De hecho, huir del mal y tender al bien implica luchar. Sí, luchar como lo hizo San Pablo, representado a menudo con una espada en las manos, signo de la Palabra de Dios, «la espada del Espíritu» (Ef 6,17). Este verbo resuena con fuerza aquí en Francia, tierra de Santa Juana de Arco, una joven que supo luchar con audacia. Pero cuidado: la lucha a la que estamos llamados es la de la fe, es decir, el compromiso de vivir según el Evangelio, como discípulos de Jesús, el Hijo de Dios que nos hace a todos hermanos y hermanas. Es en su nombre donde tenemos la fuerza de los justos para resistir la tentación. En su nombre tenemos la perseverancia de los mansos, para dedicarnos al bien. Nuestra lucha no es una batalla contra los demás; no recurre a las armas de la violencia, el desprecio o la opresión. Nuestra única arma es el amor que se entrega. Sabemos, lamentablemente, que existen fuerzas contrarias a nuestro vínculo con Dios, potencias que buscan dividir a las personas y a los pueblos, enfrentándolos entre sí. Estos males no sólo tienen un rostro violento, sino que a veces asumen también una apariencia insidiosa, porque prometen precisamente lo que nos quitan: la felicidad. Pero cuando nos sentimos envueltos en su oscuridad, la luz del Espíritu Santo nos ilumina y fortalece: esta noche, por lo tanto, elijamos juntos las virtudes que debemos cultivar para seguir al Señor.
No estamos solos en este camino hacia la santidad, porque lo recorremos unidos a todos nuestros hermanos y hermanas que nos rodean. De hecho, lo experimentan esta noche y durante los grandes encuentros como las Jornadas Mundiales de la Juventud. Además, contamos con los santos como aliados: son amigos que nos sostienen en las pruebas. Queridos amigos, cuando las decisiones de la vida exijan valentía, recurran a su intercesión e imiten su ejemplo: como hemos cantado en las letanías, el aliento de los santos nos asegura que nunca estamos solos en la oración, nunca estamos solos en la Iglesia. Especialmente en este tiempo, pidamos su ayuda para ser artífices de paz: ¡el eterno deseo de Dios y el constante compromiso de la humanidad! Esta noche he mencionado a algunos de ellos. Pidámosle también a santa Teresa del Niño Jesús que nos enseñe su “caminito” del amor cotidiano, fundamento sólido de toda paz duradera.
El Señor hace realidad esta paz mediante la Alianza que establece con todos nosotros por medio de Jesucristo. Por eso, al señalar el fundamento de nuestra experiencia de fe, san Pablo habla no sólo de lo que podemos hacer al responder a Dios, sino también de lo que Dios hace por nosotros. El apóstol lo resume en un episodio: Jesús ante Pilato, la verdad del amor frente a la hipocresía del poder. La «buena batalla» coincide, pues, con el “hermoso testimonio” (cf. 1 Tim 6, 12-13). Así lo demuestra el uso de un mismo adjetivo: kalos, que aquí quiere decir bien hecho. La obra bien hecha, la que es buena, es la redención que Jesús realiza por nosotros. En su lucha contra el pecado y la muerte, la victoria de Cristo nos libera a todos: nos salva de todo mal, nos invita a todo bien.
Bajo esta luz, contemplemos las dos reliquias que tenemos ante nuestros ojos: la túnica y la cruz. Una fue quitada a Cristo; la otra, le fue dada a Cristo. En este sentido, ambas son signos de su pasión: Jesús es despojado de su túnica para cubrirnos con la vestimenta blanca, lavada «en la sangre del Cordero» (Ap 7, 14). Así es como la cruz, de instrumento de muerte, se convierte en signo de esperanza: juntos, por eso, la túnica y la cruz nos representan a nosotros, a nosotros la Iglesia que nace de la vida de Dios entregada al mundo. Queridos jóvenes, para crecer en santidad y mejorar nuestra sociedad, sean testigos luminosos de este Evangelio, es decir, de la buena noticia que es Cristo mismo, nuestro Salvador: «A Él honor y poder eterno. Amén» (1 Tim 6, 16).

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