EL PERDÓN ES INDISPENSABLE, SI FALTA NO SE PUEDE VIVIR EN PAZ: ÁNGELUS DEL 13/09/2026

Pedir a la Virgen María, que “nos ayude a perdonar siempre, incluso cuando es difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor” fue la invitación del Papa León XIV, al final de su alocución antes de la oración mariana del Ángelus de este 13 de septiembre, en la Plaza de San Pedro del Vaticano. El Santo Padre recalcó que «el perdón es un valor fundamental de la vida cristiana», y Jesús mismo dio testimonio de él al pedir a su Padre perdonar a sus perseguidores, «porque no saben lo que hacen». Compartimos a continuación el texto de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo:

Hoy el Evangelio (cf. Mt 18, 21-35) nos habla de un valor fundamental de la vida cristiana: el perdón. Jesús lo enseñó y dio testimonio de él hasta la cruz, donde oró al Padre por sus perseguidores con las palabras que todos conocemos: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

En el pasaje de este día, Pedro interroga al Maestro precisamente sobre este tema: «Señor – le pregunta –, si mi hermano comete ofensas contra mí, ¿cuántas veces tendré que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» (Mt 18, 21). Sus palabras muestran un corazón generoso: el número siete, de hecho, en la Biblia simboliza la plenitud, y “perdonar siete veces” quiere decir perdonar con gran generosidad. La respuesta de Jesús, sin embargo, va más allá: «No te digo que hasta siete veces – afirma –, sino hasta setenta veces siete» (v. 22), es decir, más allá de todo límite, sin medida.

Y para aclarar mejor su pensamiento, el Salvador cuenta la parábola de un siervo que tenía, con su señor, una deuda tan grande que era prácticamente imposible de pagar. Habiendo obtenido la condonación por pura misericordia, no había mostrado, sin embargo, la misma piedad hacia uno de sus compañeros, y por eso había sido reprendido y castigado severamente (vv. 23-30).

Con estas palabras, Jesús nos recuerda que el don y el perdón son la base de nuestra existencia. Todo se nos da por Dios por puro amor, y ninguno de nosotros puede decirse perfecto al responder a tanta bondad. Por eso la gratuidad, que es fuente de nuestra misma vida, es también la mejor regla para nuestro estar juntos. Lo experimentamos cada día. El perdón es indispensable y si falta no se puede vivir en paz: tarde o temprano, en el corazón y entre las personas, nacen conflictos, acusaciones, rencores, venganzas que destruyen las relaciones, dividen a las familias, desencadenan las guerras.

Sólo el perdón libera y devuelve la luz, incluso allí donde la pobreza material y moral del hombre, por un momento, ha vuelto oscuro el horizonte e incierto el camino. El perdón, como un buen viento, disipa incluso las nubes más densas, hasta hacernos ver de nuevo el sol. San Pedro mismo lo experimentó muchas veces en su vida; en particular cuando, después de haber negado y abandonado a Jesús durante la Pasión, al encontrárselo resucitado, a orillas del lago, escuchará que se le dirige una sola pregunta: «Simón […], ¿me amas?» (Jn 21, 15), unida a una invitación: «Sígueme» (v. 19). Precisamente como al principio, el día de su primer encuentro, como si nada hubiera pasado. Y esta caridad, que olvida y sana, marcará para el primero de los apóstoles la confirmación de su misión.

Pidamos, entonces, a la Virgen María, Madre de Misericordia, que nos ayude a perdonar, siempre, incluso cuando es difícil dar el primer paso, y a difundir, con valentía y constancia, la luz serena y sanadora del amor que vence al odio y desarma todo rencor.

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