CATEQUESIS DE LEÓN XIV: EL AUTÉNTICO PROGRESO ESTÁ ORIENTADO A LA CARIDAD Y LA DEFENSA DE LA DIGNIDAD (23/09/2026)

El Papa León XIV, en la Audiencia General de este 23 de septiembre, ante miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, continuó el ciclo dedicado los documentos del Concilio Vaticano II, en particular, con el tercer capítulo de la primera parte de la Constitución Pastoral Gaudium et spes dedicado a “la actividad humana en el mundo”. ¿Cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo tanto, del progreso técnico, social y científico? Desde esta pregunta planteada por los Padres conciliares, en la Constitución Gaudium et spes, el Santo Padre reflexionó sobre la trascendencia y voluntad de Dios en los esfuerzos del hombre para lograr el progreso y mejores condiciones de vida. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Los documentos del Concilio Vaticano II.
IV. Constitución pastoral Gaudium et spes 4. El sentido de la actividad humana en el universo (GS, 33-39)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:

Continuando nuestro recorrido por la Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Ecuménico Vaticano II, llegamos al tercer capítulo de la primera parte, que tiene un título atractivo: «La actividad humana en el mundo». La pregunta de fondo es esta: ¿cuál es el valor de la actividad humana en el mundo, y, por lo tanto, del progreso técnico, social, científico? Podemos recordar que, menos de cuatro años después de la clausura del Concilio, en la noche entre el 20 y el 21 de julio de 1969, el hombre pisaría por primera vez la Luna.

Creado a imagen y semejanza de Dios, el ser humano es sujeto de progreso. Con la libertad y la inteligencia él aumenta sus propios conocimientos, haciendo así progresar a toda la sociedad. Lo vemos fácilmente al considerar la mejora en las condiciones de vida al paso de las generaciones. En efecto, dice el Documento, «muchos bienes, que hace tiempo el hombre esperaba de fuerzas superiores, hoy los obtiene con su iniciativa y sus fuerzas» (n. 33).

Por eso, algunos pensadores han presentado el progreso técnico-científico como algo que debilita la relación con Dios, hasta hacerla parecer superflua o, incluso, como antagonista con respecto a la fe cristiana. Y esta lectura ha provocado un cambio de mirada sobre el mundo por parte del hombre contemporáneo, respecto a las épocas precedentes. Un prejuicio de este tipo se afirma, sobre todo, en esa parte de la cultura occidental que ha perdido su referencia con la Revelación cristiana. En los humanismos post-cristianos, el ser humano y Dios son presentados erróneamente como rivales: para afirmar sus conocimientos, su libertad y su progreso, el hombre debería emanciparse de Dios. Finalmente, sin embargo, al negar la relación con Dios, se pierde también la posibilidad de afirmar el valor trascendente de la persona humana. Es el “drama del humanismo ateo”, bien descrito por un importante teólogo del Concilio Vaticano II, Henri de Lubac. [1]

El Concilio desea proporcionar una respuesta clara: «Para los creyentes – afirma la Gaudium et spes – una cosa es cierta: considerada en sí misma, la actividad humana individual y colectiva, o sea ese enorme esfuerzo con el cual los hombres a lo largo de los siglos buscan mejorar sus condiciones de vida, corresponde a las intenciones de Dios» (n. 34). Es más, prosigue la Constitución, «los cristianos ni siquiera sueñan con oponer los productos del ingenio y el valor del hombre al poder de Dios, casi como si la criatura racional fuera rival del Creador; por el contrario, están persuadidos más bien de que las victorias de la humanidad son signo de la grandeza de Dios y fruto de su inefable designio» (ibid.). En resumen, Dios ha puesto en las manos del hombre y de la mujer una creación todavía in statu viae, es decir, en camino, en crecimiento, para que ellos la conduzcan a su cumplimiento mediante su sabia actividad [2].

Se encuentra aquí una importante referencia al misterio de la Encarnación. La humanidad – y, con ella, el trabajo, el progreso y la autonomía de las realidades creadas – no es absorbida o anulada por el encuentro con Dios, más bien es asumida en su totalidad y sigue siendo, en Cristo, libre y en acción: de hecho, es en Él que ésta encuentra plena verdad y libertad. Además, en la celebración eucarística, el fruto del trabajo humano, representado por el pan y el vino, se coloca cada día sobre el altar, para ser transformado en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Desde esta perspectiva surge una verdad importante: para encontrar a Dios, el ser humano no debe abandonar las ocupaciones terrenas, sino que puede vivir plenamente su propia vocación desarrollando bien el trabajo cotidiano y santificándolo [3]. Los cristianos están involucrados, como todos, en la edificación de la ciudad de los hombres, apuntando hacia el fin de todas las cosas y al encuentro con Dios, y recordando este fin último a aquellos con quienes comparten la aventura del progreso, de la ciencia y la vida.

Ciertamente, el progreso terrenal debe distinguirse bien del desarrollo del reino de Cristo; sin embargo, el Concilio afirma que «dicho progreso, en la medida en que puede contribuir a ordenar mejor la sociedad humana, es de gran importancia para el reino de Dios. […] Todos los buenos frutos de la naturaleza y de nuestra laboriosidad, después de haberlos difundido por la tierra en el Espíritu del Señor y según su precepto, los encontraremos de nuevo, pero purificados de toda mancha, iluminados y transfigurados» (n. 39).

Finalmente, recordemos que, para convertirse en auténtico progreso humano – es decir, de todo el hombre y de todos los hombres –, el progreso técnico y científico debe estar animado y orientado por la caridad. Solo así podrá colocarse siempre a la defensa de la dignidad del hombre y promover las condiciones de vida de todos, especialmente de los más desfavorecidos.

Queridos hermanos y hermanas, el Concilio Vaticano II nos invita a compartir el pan del saber y del saber-hacer, para que todos los hombres y todos los pueblos puedan desarrollar sus potencialidades y juntos podamos construir, con la ayuda de Dios, un futuro mejor.


[1] cf. H. de Lubac, Le drame de l’humanisme athée (1944), tr. it. Brescia 2013.

[2] cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 302, 306, 307.

[3] cf. S. Juan Pablo II, Homilia para la canonización de Josemaría Escrivá de Balaguer (6 de octubre de 2002).

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