DEN TESTIMONIO DE LA ANTIGUA Y NUEVA APERTURA CULTURAL DE LA IGLESIA: PALABRAS DE LEÓN XIV DESPUÉS DE LA INAUGURACIÓN DE LA EXPOSICIÓN «AQVA. CATÁSTROFE Y MARAVILLA» (14/09/2026)

Este 14 de septiembre, el Papa León XIV visitó la Biblioteca Apostólica Vaticana con ocasión de la inauguración de la exposición «AQVA. Catástrofe y maravilla». El Pontífice alentó a los miembros de la Biblioteca Apostólica a dar testimonio de la antigua y nueva apertura cultural de la Iglesia: “Un signo de esta cordialidad cultural es la gentil diplomacia que encuentra un camino abierto entre los documentos y libros de los Archivos y la Biblioteca Vaticana”, subrayó el Santo Padre en su discurso, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Excelencia, Excelencias, queridos hermanos y hermanas, señoras y señores:

Antes de saludarlos formalmente con un breve discurso que preparé, quisiera decir solamente que Dios, en su providencia, y algunas veces con cierto humorismo, nos hace recordar siempre que Él está con nosotros. Muchos de ustedes quizá no saben que mi madre era bibliotecaria, y hoy me encuentro aquí en mi cumpleaños precisamente para saludar a todos ustedes.

Agradezco al Archivista y Bibliotecario de la Santa Romana Iglesia, Mons. Pagazzi; saludo a los Prefectos y Vice-prefectos de la Biblioteca Apostólica y del Archivo Apostólico, junto con los directivos y todos los que aquí trabajan; la Presidente de la Gobernación y algunos amigos y benefactores, a quienes expreso vivo reconocimiento.

Por primera vez desde que soy Pontífice visito a la Biblioteca Vaticana, siguiendo los pasos de mis predecesores. Esto quiere ser un signo de la cercanía y el aprecio del Papa por la misión del Archivo Apostólico y la Biblioteca Apostólica, al servicio del desarrollo y la divulgación de la cultura, a favor de la Iglesia y de toda la humanidad. En particular – como afirma la Constitución Apostólica Praedicate evangelium –para la «custodia y [la] valoración de las actas y documentos que se refieren al gobierno de la Iglesia universal» y a su estudio (n. 242), y para «reunir y conservar un patrimonio riquísimo de ciencia y arte y […] ponerlo a disposición de los estudiosos que buscan la verdad» (n. 243).

Al pensar en una biblioteca, se le imagina como un ambiente sosegado, tranquilo. De hecho, los libros son silenciosos y piden silencio. En realidad, si por un lado libro pacifica, por otro enciende inquietudes, alimenta el deseo y la valentía de la investigación. San Agustín es un emblema de esta dinámica. Lleno de vida y de tormento debido a fuerzas poderosas que se enfrentaban en él – como escribe – por años «lanzaba gritos desesperados» (Confesiones, VIII, 12, 28), hasta que escuchó una voz de un niño que canturreaba: «Toma y lee, toma y lee». De inmediato tomó un libro de las manos de un amigo, la Carta a los Romanos de San Pablo, leyó y «una luz casi de certeza penetró en su corazón y todas las tinieblas de la duda se disiparon» (cf. Confesiones, VIII, 12.29). Se extinguió la duda, pero no el deseo que incluso se volvió más fuerte, impulsándolo a recorrer toda la extensión y profundidad de las Sagradas Escrituras. El mismo habla de ello muchas veces, cuando dice haber estudiado atentamente, doblado como un signo de interrogación, manuscritos distintos de los libros bíblicos para encontrar de ellos el mejor texto (cf. In Hep. loc. 3, 6, 14 e 3, 6, 17; Enarr. Ps. 36, III, 6; Enarr. Ps. 138,20). El libro de las Escrituras que llegó a Agustín es el mismo que le abrió al espíritu. Muy queridos todos, todos ustedes, al custodiar, estudiar y poner a disposición de los estudiosos los libros del Sucesor de Pedro, ayudan a la Iglesia y a la humanidad a estar a la altura de la profundidad del deseo. Sin ello, todo se aleja del Dios vivo, fuente de la verdad y el amor.

¿Cómo describir la Biblioteca del Papa? Recurro a una metáfora: la Biblioteca Apostólica es un corazón. El palpitar del corazón es el símbolo de la vida, y resulta de dos movimientos contrarios, la sístole y la diástole: una concentración y una distensión, un movimiento hacia el centro y uno hacia la periferia. También la Biblioteca Apostólica permanece viva en la medida en la cual asegura su propia sístole y diástole.

La sístole: que la Biblioteca Apostólica siga siendo un lugar rico de reserva, quietud, respeto y cuidado. Entre los muros vaticanos, que el ambiente casi monástico de la Biblioteca Apostólica recuerde cada día el mandato del Salvador: «Si debes construir, si debes combatir, primero siéntate y estudia» (cf. Lc 14, 28-32). La interioridad de la Biblioteca Apostólica depende también del único, inestimable tesoro que conservan. Si por una parte es un deber facilitar su estudio, también a través de la digitalización y el compartir que se ofrece en el ambiente digital, por la otra es necesario mantener y animar el antiguo gesto de moverse físicamente hacia la Biblioteca. Ésta, de hecho, no es sólo un reservorio de libros al cual recurrir cómodamente desde la computadora en casa, sino una atmósfera compuesta de vínculos, confrontación, intercambio de ideas.

El corazón, sin embargo, vive también de diástole y así es nuestra Biblioteca. Nos encontramos en la Sala Leonina, dedicada al Papa León XIII. Él fue pastor capaz de captar las cuestiones más dramáticas de su época, como los cambios debidos a la revolución industrial. Fue también el Pontífice de grandes pasos culturales, como la apertura del Archivo Vaticano a los estudiosos de todo el mundo y el incremento del acceso a la Biblioteca, tanto así que transformó un antiguo depósito de armas en esta hermosa sala de consulta. La apertura, la amplitud de miras de esta Biblioteca es evidente desde su origen humanista: no sólo obras de Teología, sino también de Literatura, Filosofía, Astronomía, Física, Matemáticas, Geografía, Botánica, Zoología, Medicina, Historia, Derecho, Arte, Economía. No sólo libros europeos y cristianos, sino también volúmenes escritos en otros contextos religiosos, provenientes de todos los rincones del mundo. Y ello muchos siglos antes de qué esto se convirtieron en una sensibilidad universalmente compartida. Con este estilo la Biblioteca Apostólica da testimonio de la antigua y nueva apertura cultural de la Iglesia. También el ciclo de muestras que inicia hoy lo confirma. Signo de esta cordialidad cultural es también la gentil diplomacia que encuentra entre los documentos y libros del Archivo y de la Biblioteca Vaticanos un camino abierto, uno de los «umbrales de reconciliación» de los que habla la Encíclica Magnifica humanitas (n. 211). Y entonces, ¡adelante! Fieles al pasado y fieles al futuro, con los lenguajes y medios que son propios para ustedes, encuentren nuevos umbrales de reconciliación.

Los saludo, recordando una urgencia que une a la Biblioteca Apostólica y al Archivo Apostólico: la necesidad de nuevos espacios. Precisamente hoy he dado indicaciones al respecto y espero que contribuirán para responder a dicha exigencia. Pretendo continuar en el camino trazado por mis predecesores, los cuales, a lo largo de los siglos, han demostrado el cuidado de la Sede Apostólica hacia las instituciones que custodian y promueven su memoria cultural y administrativa.

Muy queridos todos, gracias a todos y buen trabajo. De corazón los bendigo y pido por ustedes.

Gracias.

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