ESCUCHAR, DISCERNIR Y EVALUAR Y NO SÓLO AÑADIR NUEVAS INICIATIVAS: PALABRAS DE LEÓN XIV A LA ASAMBLEA DIOCESANA DE ROMA (18/09/2026)

Al comienzo del nuevo año pastoral de la Diócesis de Roma, el Papa León XIV presidió el inicio de la Asamblea Diocesana en la Basílica de San Juan de Letrán, este 18 de septiembre por la tarde, y les pidió un proceso compartido de evaluación pastoral centrado en el encuentro con Cristo, la comunidad y el servicio a la ciudad. El proceso, explicó, significa detenerse para releer lo que ha sucedido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos las razones por las que ha sido así. Debe involucrar a toda la comunidad eclesial y, cuando sea posible, escuchar también a quienes no participan regularmente en la vida de la Iglesia, dijo el Santo Padre en su discurso, cuyo texto traducido del italiano, compartimos a continuación:

Queridos hermanos y hermanas:

Quisiera comenzar con ustedes a partir de la mañana de Pascua, desde un jardín, desde un sepulcro vacío. María de Magdala está allí, al amanecer, cuando aún está oscuro, y la oscuridad en la que se encuentra no es solamente la de la noche que no ha terminado. Es la oscuridad de quién ha perdido a alguien, de quien busca y no encuentra, de quién se inclina y llora. El Evangelio, sin embargo, no la deja en ese llanto. Se le acerca un hombre, que ella confunde con el guardia del jardín, y le dirige dos preguntas: «¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?» (Jn 20, 15).

Estas dos preguntas, muy queridos todos, quisiera que inspiraran el camino próximo de la Diócesis de Roma. Creo, de hecho, que podemos escuchar las dirigidas, hoy, a nuestra iglesia y a toda la ciudad: “¿Por qué lloras? ¿A quién buscas?”. Éstas se refieren a la búsqueda ansiosa de esperanza que perciben en las parroquias, en los encuentros y los ambientes de vida, cuando se ponen a la escucha unos de otros y de la gente. María Magdalena se despertó antes del amanecer y ya corrió hacia el sepulcro, porque en ella hay vida, hay esperanza. Así, en Roma son muchas las personas que inician de nuevo cada mañana, pero también comunidades parroquiales, asociaciones, movimientos, grupos y realidades eclesiales que trabajan con generosidad en la evangelización, en la caridad, en el servicio a la oración litúrgica. Es verdad, junto a esta riqueza en reconocido con honestidad algunos cansancios. Es la pérdida de quién ya no logra encontrar en dónde está el Señor. Una experiencia que compartimos con muchos hermanos y hermanas, pero que ocurre que también la vivimos nosotros. A veces se multiplican las propuestas, las actividades, los encuentros y se pierde el centro, el sentido evangélico de lo que se hace.

Y he aquí, en el Evangelio, que una sola palabra hace voltear a la Magdalena: su nombre, «¡María!» (Jn 20, 16). Es así como se encuentra a Jesucristo: escuchándose llamar por nuestro nombre por Él, en las muchas formas en las que puede ocurrir. Es a partir de aquí que debe recomenzar toda acción pastoral: no tanto preguntándose “qué” hacer, sino más bien “a quién” y “cómo” encontrar. En nuestras comunidades se puede permanecer anónimos, invisibles e incomprendidos, o en cambio ser vistos, conocidos y llamados por nuestro nombre. Y quien encuentra realmente a Cristo, como María de Magdala, siente llenarse de nuevo el corazón y entonces no puede quedarse quieto, corre y va a anunciar. «¡He visto al Señor!» (v. 18), dice la mujer los discípulos. No un recuerdo, no un hecho privado, sino una alegría profunda que genera comunidad.

Por eso, hermanos y hermanas, no les entrego hoy un nuevo programa pastoral. No comenzamos de nuevo a partir de cero, y nada de lo que hemos vivido debe ser archivado. El trabajo sobre las “enfermedades espirituales” nos ha enseñado a reconocer aquello que, en nuestra vida eclesial, requiere ser curado, corregido o convertido. El Camino Sinodal no se ha enseñado cómo escuchar y discernir juntos, corresponsables de la única misión. Deseo en cambio proponerles desarrollar una tercera dimensión: la de la evaluación pastoral.

Evaluar, bajo la luz del Espíritu Santo, significa detenerse, releer lo que ha ocurrido, reconocer lo que ha dado fruto, comprender lo que no ha funcionado y buscar juntos sus razones. Significa, en una palabra, hacer verdad. Los invito a trabajar esta evaluación involucrando a toda la comunidad y, en la medida de lo posible, escuchando también a personas que no la frecuentan y ven las cosas, por así decirlo, “desde fuera”.

Para ejercitarse en la evaluación pastoral les señaló algunas atenciones, que distingo entre sí, pero que forman un único dinamismo.

La primera atención: encontrar a Cristo y hacerlo encontrar. La Iglesia no existe para sí misma, sino para conducir a toda persona al encuentro con el Señor; y entonces no basta con preguntarse si una actividad está bien organizada, si hay participación, si dura muchos años; es necesario preguntarse si ésta conduce realmente a Cristo, si hace encontrar el Evangelio con la vida concreta de las personas.

La segunda atención: generar comunidad. A partir de la Pascua de Cristo nacen en comunidades nuevas, libres, reconciliadas. Tengamos la valentía de cuidarlo es esencial, para dejar espacio a relaciones reales, dentro de las cuales las personas se sientan parte de un pueblo: se sientan acogidas, acompañadas, valoradas, corresponsables. Comprometámonos a ofrecerles tiempo y escucha a los jóvenes, dentro y más allá de las iniciativas.

La tercera atención: vivir y servir a la ciudad. Roma no es el trasfondo indiferente de nuestras comunidades: es el lugar de nuestra misión. La comunidad generada por el Resucitado no puede permanecer cerrada en sí misma, sino que comparte las expectativas, fragilidad y preguntas de las personas; y aprende a reconocer, en lo que ocurre en los distintos ambientes de la ciudad, las preguntas a las cuales el Evangelio puede responder, si es nuevamente acogido.

A estas tres atenciones de evaluación se les agrega una cuarta, que las atraviesa a todas: la formación del Pueblo de Dios. Nuestras actividades ¿hacen crecerlas en la fe? ¿Forman discípulos misioneros? ¿Ayudan a madurar responsabilidades eclesiales? ¿Generan una fe adulta, capaz de traducirse en decisiones concretas de vida y servicio?

El corazón del método que les propongo es, sin embargo, una pregunta muy sencilla: “¿por qué?”. Se trata de detenerse juntos y preguntarse, para cada cosa que se hace: ¿por qué la hacemos? ¿Qué intención evangélica nos mueve, a qué necesidad real pretendemos responder, de qué manera esta decisión corresponde a la misión de la Iglesia? Y después, el segundo paso: ¿por qué obtenemos esos resultados y no otros? ¿Por qué algunas iniciativas generan caminos y otras permanecen aisladas? ¿Por qué algunas participan y otras se quedan en los márgenes? A partir del encuentro entre las razones de nuestras decisiones y las razones de sus efectos nace un discernimiento auténtico, que permite reconocer lo que hay que mantener, valorar, corregir, abandonar o iniciar.

Para que todo esto no se quede en un buen propósito, el camino tendrá su “ritmo”, y agradezco al Cardenal Vicario y a los demás colaboradores que hayan predispuesto las etapas que se les van a presentar.

Les pido, por ello, darse el tiempo de caminar juntos – no un año, sino un camino –, para que sea un verdadero discernimiento y no una iniciativa que se agrega a las demás. El obispo no les pide programar nuevas actividades: les propone un método común de escucha, de discernimiento, de evaluación y conversión. Los contenidos y las prioridades permanecen encomendados al responsabilidad de sus comunidades, en los cinco ámbitos que son la catequesis y la iniciación cristiana, los jóvenes, la familia, la caridad, las vocaciones, porque el objetivo es compartir un estilo pastoral, no uniformar las experiencias. Y en esto las Prefecturas están llamadas a convertirse cada vez más en lugares de encuentro, de discusión y elaboración pastoral compartida.

Queridos hermanos y hermanas es verdad: un método, por sí solo, nunca ha convertido a nadie. Entonces, para que lo que les he propuesto no permanezca abstracto, les recuerdo también un rostro. He aprobado, de hecho, con alegría la decisión de llevar a cabo los pasos necesarios para que inicie la investigación diocesana sobre la vida, las virtudes y la fama de santidad de Don Luigi Di Liegro, presbítero de esta Iglesia, fallecido el 12 de octubre de 1997. El don que hace a nuestro camino no está, ante todo, en las obras que hizo: Don Luigi, antes que construir cualquier cosa, quiso “ver”. En 1969 comisionó una investigación sobre la religiosidad de los romanos, porque había aprendido que no hay encarnación del mensaje sin escucha de la realidad. En su última intervención, pocas semanas antes de morir, Don Luigi dijo a sus agentes pastorales: «El discernimiento es esta pregunta: ¿Señor, dónde estás?».

Muy queridos todos, esto hace pensar en la pregunta de María de Magdala junto al sepulcro de Jesús. Es la pregunta con la que hoy volvimos a empezar. ¿Qué signos del Reino y qué llamadas del Espíritu Santo surgen hoy de la vida de Roma, y qué forma de iglesia es necesario asumir para reconocerles y servirles? Custodiar en nosotros esta pregunta nos ayudará a ser Iglesia solidaria con el destino de esta ciudad, en contacto con sus heridas, sus esperanzas y transformaciones.

Quisiera ahora decirles una palabra acerca del ministerio ordenado en Roma. Primero, sin embargo, deseo decir “gracias”, y no por una formalidad. Gracias al Cardenal Vicario, a los Obispos auxiliares, a los prefectos y a quienes prestan servicio en las oficinas del Vicariato. Gracias a los párrocos y a los vicarios parroquiales; a los sacerdotes ancianos y enfermos, a los capellanes de los hospitales, las cárceles, las escuelas y universidades; a los sacerdotes venidos de otras Iglesias y otros países, que sirven en esta ciudad como si fuera la de ellos. Gracias a los diáconos permanentes y a sus familias. Gracias a los religiosos y las religiosas; a quienes en el silencio sostienen a Roma con la intercesión; y a quienes la encuentran cada día en las escuelas, los hospitales, las casas de acogida, las periferias. Gracias a los catequistas, a los educadores, a los agentes de caridad. Lo sabemos: el bien no hace ruido, lo sabe el Señor, y hoy deseo reconocerlo también yo. ¡Gracias!

Sé también que el servicio pastoral, hoy, cuesta más trabajo que ayer. Los exhorto a no cargar las fatigas solos. Y les digo con claridad que el arte de la evaluación pastoral no les pide que hagan más: les da, más aún, el permiso de hacer menos y mejor. Si la evaluación pastoral se convirtiera en un peso más sobre sus hombros, habríamos traicionado su sentido. Quisiera entonces ofrecerles alguna consideración sobre el rostro de los presbíteros que Roma necesita. Y el sacerdote debería ser un hombre que escucha antes de responder, que discierne antes de decidir. Una persona que permanece frente al Señor, porque no puede conducir a los demás aún encuentro que no está viviendo. La pregunta del “¿por qué?” es, ante todo, una pregunta personal suya: ¿por qué soy sacerdote? ¿Corresponde todavía, mi día, al motivo por el cual el Señor me llamó por mi nombre? El sacerdote no concentra en sí mismo todas las responsabilidades. Reconoce los carismas, forman las conciencias, hace posible la corresponsabilidad de los laicos: no por falta de fuerzas, sino por fidelidad a la naturaleza de la Iglesia. Una comunidad en la cual todo depende del párroco es una comunidad frágil y presidir no significa hacer todo. Significa generar comunión, valorar las energías de los demás, relacionar personas y realidades, custodiar la unidad. El sacerdote, finalmente, se inserta y desea pertenecer a una comunidad capaz de leer su barrio, de compartir sus heridas y esperanzas, responsable de la vida de todos, incluso de quienes no atraviesan el umbral de la iglesia. Esta es la forma que la caridad asume en la presidencia pastoral, y es lo que impide a una parroquia replegarse en la autoconservación.

Nadie está llamado a vivir todo esto solo. El presbiterio no es la suma de sacerdotes que se encuentran por necesidades organizacionales: es una fraternidad, y es el primer lugar en el cual evaluar si lo que hacemos genera realmente comunión. Deseo que las Prefecturas sean, antes que instrumentos de coordinación, lugares efectivos de fraternidad sacerdotal, en donde se pueda contar también el propio cansancio sin avergonzarse de ello. Junto a ustedes, los diáconos recuerdan a toda la Iglesia que ella existe para servir; y los religiosos y religiosas, con la gratuidad de sus vidas, recuerdan a Roma que ninguna eficiencia salva al hombre y que la primacía le corresponde a Dios.

Un pensamiento particular se dirige a nuestros seminaristas. Queridos jóvenes, se están preparando para ser sacerdotes para esta Diócesis. Nos invitó a formar parte, ya desde ahora, en este camino de evaluación, aprendiendo a asumirlo como estilo en los años de la formación. Y déjense formar tanto por los libros, que son necesarios para encontrar a los buenos maestros, como por los rostros: de los pobres, de los enfermos, de la gente de nuestras parroquias. A ustedes y a sus formadores les expreso mi gratitud y mi confianza. Los jóvenes no se entregan a un rol, sino que siguen a hombres y mujeres que se muestran felices de lo que son.

Sé que este camino de evaluación requerirá paciencia e incluso también la valentía de dejar ir algo por lo que sentimos afecto. Pero es la misma valentía de María de Magdala, que tuvo que dejar ir el deseo de retener al Señor para correr, en cambio, a anunciarlo. De este discernimiento pastoral nacerá, lo espero, una frase para compartir las experiencias renovadas y después la construcción de un camino común que nos prepare, juntos, para el Jubileo de la Redención del 2033.

Queridos hermanos y hermanos de Roma, no tengan miedo de seguir dejándose llamar por su nombre. El Señor vivo se deja encontrar a partir de aquí, como María al amanecer de la Pascua, aún tiene la valentía de buscarlo, incluso entre lágrimas, incluso en la oscuridad. Que los acompañe la Madre de Dios, Salus Populi Romani, que en primer lugar creyó y engendró a Cristo para el mundo. Y a todos ustedes, a sus comunidades y a esta ciudad, les llegue mi bendición.

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