QUE LA IGLESIA SEA LA CASA DE TODOS, LA COMUNIÓN NO ES UNIFORMIDAD: SEGUNDO SERMÓN DE ADVIENTO DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA (12/12/2025)

¿De qué unidad debemos ser testigos? ¿Y cómo ofrecer al mundo una comunión creíble que no sea un llamado genérico a la fraternidad? Estas fueron las principales preguntas en las que se centró la segunda de las tres meditaciones de Adviento del Padre Roberto Pasolini, ofmcap., Predicador de la Casa Pontificia, que propuso al Papa León XIV y a sus colaboradores de la Curia Romana la mañana de este 12 de diciembre en el Aula Pablo VI. Después de la primera meditación del 5 de diciembre, dedicada a “La Parusía del Señor”, hoy el Padre Pasolini articuló su reflexión en torno a tres imágenes: la torre de Babel, Pentecostés y la reconstrucción del templo de Jerusalén. Reproducimos a continuación el texto completo de la meditación, traducida del italiano:

Reconstruir la casa del Señor
Una Iglesia sin contraposiciones

En la primera meditación de Adviento dirigimos la mirada hacia la Parusía del Señor al final de los tiempos, contemplando la imagen de un Dios que anunció y prometió su regreso glorioso. Ante esta esperanza, nos sentimos llamados a la vigilancia de nosotros mismos, para no perder la capacidad de darnos cuenta de la gracia de Dios que obra silenciosamente en la historia. Es precisamente esta gracia la fuerza que sigue dando vida al mundo y ofreciendo a la Iglesia ocasiones siempre nuevas de conversión. Ésta nos enseña a vivir, como en los días de Noé, bajó un cielo paciente, que nunca se cansa de renovar la confianza en nosotros, a pesar de nuestras fragilidades y contradicciones.

En esta segunda meditación, queremos de tenernos en la delicada responsabilidad de acoger esta gracia no sólo como individuos, sino también como comunidad de creyentes. El bautismo nos ha constituido «colaboradores de Dios» para edificar, en el tiempo y en la historia, su «edificio» (1 Cor 3, 9) que es la Iglesia: «el signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano», según la valiente y profética definición que de ello nos dio el Concilio Vaticano II (Lumen gentium, 1).

¿Pero de qué unidad debemos hacernos testigos? ¿Y de qué manera podemos ofrecer al mundo una comunión que nos reduzca a un llamado genérico a la fraternidad, sino que se convierta en una referencia estable increíble capaz de regenerar la confianza?

La ilusión de la uniformidad

Para responder a estas preguntas, debemos volver precisamente a donde la primera meditación de Adviento nos dejó: al día siguiente al diluvio. Después del gran cataclismo, la Escritura abre un escenario sorprendente: Dios bendice a Noé y a sus hijos, encomendándoles nuevamente la tierra. La violencia humana no tuvo la última palabra y la historia reinicia con un ritmo nuevo. El Génesis dedica todo un capítulo a una larga lista de pueblos, lenguas, territorios, genealogías: mosaico variado que parece querer decir que la vida, cuando renace, no produce copias idénticas sino diferencias. Y en el multiplicarse las formas, los rostros y las culturas es que la bendición de Dios da fruto.

Sin embargo, este movimiento de distribución y diferenciación expone a un riesgo que la humanidad percibe de inmediato como amenazante: la dispersión. Después de haber conocido a la fragilidad de la existencia, la humanidad naciente teme romperse, no volver a encontrarse como un solo pueblo. Y es en este clima que surge el relato de la torre de Babel, colocado inmediatamente después de la lista de los pueblos (Gen 10). El episodio se abre con una nota aparentemente de seguridad: «Toda la tierra tenía una sola lengua y únicas palabras» (Gen 11, 1). Una condición que podría parecer ideal para la paz y la colaboración. Pero la continuación revela rápidamente una cierta ambigüedad:

Vengan, construyámonos una ciudad y una torre, cuya cima toque el cielo, y hagámonos un nombre, para no dispersarnos por toda la tierra (Gen 11, 4).

La intención es clara: crear un único punto de convergencia – una ciudad fortificada y una torre altísima – para garantizar la unidad de la familia humana y exorcizar así el miedo de la dispersión. El proyecto, aparentemente encomiable, esconde una lógica mortal: la unidad se busca no a través de la composición de las diferencias, sino más bien a través de la uniformidad. Todos hablan la misma lengua, repiten las mismas palabras, persiguen el mismo objetivo. Es el sueño de un mundo donde nadie es distinto, donde nadie se arriesga, donde todo es previsible.

Incluso la elección de los materiales refleja esta mentalidad. El narrador señala que los constructores utilizan ladrillos en lugar de piedras y betún en lugar de mortero. Las piedras conservan su propia irregularidad, pueden ser trabajadas y unidas sin que su forma sea borrada. Los ladrillos, en cambio, son idénticos, estandarizados, perfectamente sobrepuestos: símbolo de una sociedad que teme la dificultad de la libertad y prefiere la seguridad de la semejanza. El resultado es una aparente unanimidad: todo alineados, todos de acuerdo, ninguna disonancia. Pero es una cohesión sólo de apariencia, obtenida al precio de la eliminación de las voces individuales.

La historia reciente conoce bien esta derivación: el siglo XX vio totalitarismos capaces de imponer el pensamiento único, haciendo callar el disenso y persiguiendo a quien osaba pensar de manera distinta. Cada vez que la unidad se construye suprimiendo las diferencias, el resultado no es la comunión, sino la muerte. Hoy en La era de las redes sociales y la inteligencia artificial, el riesgo de la homologación asume nuevas formas más sutiles: algoritmos que seleccionan lo que vemos, creando burbujas informativas en las que cada uno encuentra sólo a quien piensa como él; inteligencias artificiales que estandarizan lenguajes y pensamientos, reduciendo la complejidad humana a esquemas previsibles; plataformas que premian el consenso rápido y penalizan el disenso reflexivo.

Esta tentación no perdona ni siquiera a la Iglesia. ¿Cuántas veces, a lo largo de la historia, hemos confundido la unidad de la fe con la uniformidad de las expresiones, de las sensibilidades, de las prácticas? ¿Cuántas veces hemos deseado un consenso inmediato, incapaces de aceptar el ritmo más lento de la verdadera comunión, que no teme la discusión y no borra los matices?

La confusión como terapia

Ante el proyecto de Babel, dios elige intervenir de una manera sorprendente, lejos tanto del castigo violento como de la indiferencia. El texto bíblico señala con fina ironía que «el Señor descendió a haber la ciudad y la torre» (Gen 11, 5): la construcción que los hombres imaginaban capaz de tocar el cielo se revela tan minúscula que Dios debe abajarse para observarla. Pero el verdadero centro del relato se encuentran las palabras que siguen:

El Señor dijo: «He aquí, que ellos son un único pueblo y tienen todos una única lengua; este es el inicio de su obra, y ahora cuanto tengan en proyecto hacer no les será imposible. Descendamos entonces y confundamos su lengua, para que ya no comprendan uno la lengua del otro» (Gen 11, 6-7).

A primera vista estas palabras podrían parecer la reacción de un Dios celoso que teme la competencia humana. Pero una lectura atenta – y la memoria del diluvio que apenas se narró – nos sugieren otra interpretación: Dios no quiere castigar, más bien prevenir una derivación mortal, un proceso de «de-creación» que está nuevamente amenazando la vida.

¿Qué significa, de hecho, construir la unidad a través de la uniformidad? Significa negar a las personas en su unicidad, sacrificar las diferencias por el proyecto común, abolir la alteridad que hace posible el encuentro. Es la utopía peligrosa de una sociedad compuesta por copias idénticas, donde ya nadie puede sorprender o ser sorprendido. Como dijo el Santo Padre dirigiéndose a los trabajadores de la comunicación, este es el mundo «marcado por la confusión de lenguajes sin amor, a menudo ideológicos o facciosos» (León XIV, 12 de mayo 2025). Pero el mundo así no tiene nada de divino: es la antítesis de la creación. Dios crea separando, distinguiendo, diferenciando: la luz de las tinieblas, las aguas de la tierra, el día de la noche. La diferencia es la gramática misma de la existencia. Cuando la humanidad elige el camino de la uniformidad, está invirtiendo el impulso creador, buscando una forma de seguridad que coincide con el rechazo a la libertad.

La confusión de las lenguas es entonces es un gesto de protección, no de destrucción. Dios no divide para reinar, sino crea diferencias para permitirle a la vida desarrollarse nuevamente. Restituye a la humanidad del bien más valioso: la posibilidad de no ser todos iguales. Impide que una única voz se imponga como criterio absoluto, sofocando toda alteridad. La dispersión se vuelve así una cura: interrumpe un proyecto de muerte, detiene el sueño de una unidad obtenida pagando como precio la libertad, restituye dignidad a las singularidades. Es una terapia que abre nuevamente el espacio de la alianza, porque la alianza no existe sin distancia. No existe comunión sin diferencia.

Dios desea ciertamente que los hombres estén unidos, pero no de cualquier forma. La unidad que nace de borrar las diferencias no es comunión, sino fusión: un aplanar que reduce al ser humano a masa. Para comprender mejor el riesgo de Babel, el Nuevo Testamento nos ofrece el relato a espejo: Pentecostés. En los Hechos de los Apóstoles, personas provenientes de pueblos distintos – y que hablan lenguas diversas –comprenden a los apóstoles cada uno en su propia lengua (Hch 2, 1-12). Es un hecho decisivo: no se abole la pluralidad lingüística, ni el Espíritu Santo impone una única lengua universal. Los apóstoles hablan la suya y los que escuchan comprenden la de ellos: la diversidad permanece, pero ya no divide. No hay uniformidad, pero hay comunión. No hay una voz única, pero todo se escuchan la misma buena noticia. Pentecostés será la respuesta de Dios a la angustia de Babel: no eliminar las diferencias para crear la unidad, sino transformarlas en el tejido de una comunión más amplia.

El templo que hay que reconstruir

La humanidad empleará mucho tiempo para asimilar la elección de Babel y comprender que el encuentro entre Dios y el hombre se hace posible sólo allí donde se custodian tanto las igualdades que unen como las diferencias que hacen verdadera la comunión.

A partir del capítulo 12 del Génesis, la historia bíblica – como sabemos –restringe su mirada y se concentra en la vivencia de un pueblo, Israel, llamado por Dios a ocupar un lugar singular en la historia de la salvación, a través del don de una alianza. Después de la liberación de la esclavitud de Egipto, el largo y fatigoso camino en el desierto y el ingreso de la tierra prometida, Israel llega progresivamente a desear una forma de organización similar al de las naciones que la rodean: un rey que guíe al pueblo y después un templo en el cual custodiar la presencia del Señor y su Ley.

Ambas opciones traerán consigo una ambigüedad constante. La monarquía, porque representa simbólicamente la tentación de sustituir con un soberano humano el señorío de Dios, único verdadero Rey y Custodio de Israel. El templo, porque su vocación de ser casa de oración estará siempre expuesta al riesgo de corromperse en las formas, reduciendo el espacio sagrado a una ritualidad exterior, separada de la vida y el encuentro vivo con el Señor. No por casualidad, el primer proyecto para construir un templo, madurado en el corazón del rey David, encuentra una respuesta tímida y casi perpleja por parte de Dios. A través del profeta Natán el señor le dice: «¿Tú vas a construirme una casa para que yo la habite? […] El Señor te anuncia que Él te hará una casa» (2 Sam 7, 5.11). Es como si Dios le recordara a David que la iniciativa de la alianza proviene siempre de Él, y no puede ser encerrada en un edificio construido por el hombre.

La historia mostrará cuan real es esta ambivalencia. El templo de Jerusalén será destruido muchas veces y, a través de la voz vigorosa de los profetas, el pueblo era en esos momentos – junto con los exilios que los acompañarán – como consecuencias de la propia infidelidad a la Ley. Sin embargo, precisamente los momentos de lejanía de la tierra y del templo se convertirán para Israel en ocasiones para redescubrir, de manera más profunda, el don de la alianza y el deseo sincero de volver a vivirla.

Un momento particularmente significativo se ubica en el regreso del exilio en Babilonia y en el trabajo por reconstruir los muros de Jerusalén y el Templo. Los libros de Esdras Nehemías ofrecen de ello un relato vívido: «Jerusalén está en ruinas y sus puertas son consumidas por el fuego» (Ne 2, 17). Ante escenario desolador, el gobernador Nehemías lanza un llamado: «Vengan, reconstruyamos los muros de Jerusalén». Los repatriados responden: «¡Vamos, construyamos!», y se ponen a trabajar «vigorosamente para la buena empresa» (Ne 2, 18). Es claro de inmediato que la reconstrucción será lenta y problemática. Sin embargo, el pueblo no se desanima: «El Dios del cielo nos dará el éxito. Nosotros, sus servidores, nos pondremos a construir» (Ne 2, 20).

Sucesivamente encontramos una larga crónica de personas voluntarias que, unas junto a las otras, prestan generosamente su servicio para que los muros de la ciudad sean reedificados. El relato es sugerente porque se dice que cada uno asume la responsabilidad de restaurar un pedazo de los muros, exactamente frente a su casa. No faltan, sin embargo, los enemigos, que obstaculizan los trabajos de reconstrucción. Los repatriados están obligados a ser muy vigilantes y a defenderse.

Los que reconstruían los muros y los que llevaban o cargaban los pesos con una mano trabajaban y con la otra sostenía su arma; todos los constructores, al trabajar, llevaban cada uno la espada ceñida a su costado (Ne 4, 11-12).

Cuando finalmente se colocan los nuevos cimientos del templo, la escena parece llenarse de entusiasmo. Los sacerdotes con las trompetas, los levitas con los platillos, todo el pueblo celebra al Señor cantando: «Porque es bueno, porque su amor es para siempre hacia Israel» (Es 3, 11). Es un momento de alegría colectiva, casi un regocijo que parece borrar el peso de los años de exilio.

Pero inmediatamente ocurre algo inesperado. Mientras muchos aclaman con gritos de alegría, otros – en particular los más ancianos, que habían visto el primer templo – rompen en un llanto incontenible. La Escritura observa:

No se podía distinguir el grito de aclamación de alegría del grito de llanto del pueblo (Es 3, 12-13).

Esta escena final es de una potencia extraordinaria. El canto ya no es homogéneo: dos voces se elevan, una de alegría y una de dolor, sin ponerse de acuerdo inmediatamente. Es este el clima real en el que ocurre la reconstrucción del templo del Señor. Cuando se edifica nuevamente un espacio sagrado, nadie parte de cero: hay memorias heridas, nostalgias, enfrentamientos inevitables entre lo que se pierde y lo que nace, entre lo que era y lo que será. La reconstrucción nunca puede ser un camino lineal: está hecha de entusiasmos y de lágrimas, de nuevos impulsos y de arrepentimientos profundos.

La renovación de la Iglesia

El relato bíblico de la reconstrucción del templo se convierte en un compendio valioso para comprender el misterio de la Iglesia y su necesidad perenne de renovarse en el tiempo y el espacio. Como los muros y el templo de Jerusalén, también la iglesia – realidad divina y al mismo tiempo humana – está llamada a dejarse reconstruir continuamente, para que su forma histórica sea transparente a la belleza del Evangelio. Lo comprendieron sobre todos los santos, que más que otros intuyen cuando la “casa de Dios” muestra signos de cansancio.

Entre ellos, Francisco de Asís ocupa un puesto especial. En el silencio de su búsqueda, él escucha la voz que le dice: «Francisco, ve, repara mi casa que, como ves, está toda en ruinas» (Vida Segunda de Tomás de Celano VI, 10 – FF 593). El Pobre de Asís comienza a responder el llamado de Dios restaurando edificios de piedra. Muy pronto comprende que el templo que hay que renovar es la Iglesia misma, herida por divisiones y cargada por formas de vida que ya no revelan la frescura del Evangelio. Con la radicalidad de sus seguimiento, a Francisco restituye a la Iglesia la luminosa sencillez de la fraternidad evangélica.

No se trata de una excepción: a lo largo de los siglos, la iglesia siempre ha intuido y vivido la necesidad de renovarse para permanecer fiel a sí misma y, al mismo tiempo, seguir poniéndose al servicio del mundo. El Concilio Vaticano II recordó que la Iglesia peregrina esta llamada por Cristo a una «continua reforma» y que «toda renovación de la iglesia consiste esencialmente en una fidelidad mayor a su vocación» (Unitatis reditengratio, 6). La renovación, entonces, no es una exigencia extraordinaria, sino la actitud ordinaria de la Iglesia que quiere permanecer fiel al Evangelio y al mandamiento apostólico.

La historia sagrada que hemos recorrido, desde Mabel hasta el regreso de Israel desde el exilio, nos ofrece algunos criterios fundamentales de discernimiento. Ante todo, la renovación eclesial nunca coincide con la tentación de volver todo uniforme. Como en Babel, el riesgo de transformar la unidad en homologación siempre está acechando: pensar que la comunión requiere sólo identidad de estilos, de sensibilidades o expresiones. Una Iglesia que se renueva no es una Iglesia uniforme, sino a una Iglesia capaz de acoger la variedad, dejando al Espíritu la tarea de ordenarla en una armonía mayor que nuestras medidas.

Un segundo elemento surge de la escena de los constructores de los muros, que trabajan con una mano y con la otra empuñan el arma. La renovación nunca es una obra ingenua o pacífica: requiere un combate espiritual continuo, porque el bautismo nos habilita no sólo para edificar, sino también para resistir a lo que contrasta con el Evangelio. Quien deja de combatir – contra el orgullo, la pereza, las ilusiones son las ideologías – deja también de edificar el Cuerpo de Cristo. La iglesia se renueva en la medida en la que sus miembros aceptan permanecer en un combate espiritual auténtico, sin refugiarse en los atajos del puro conservadurismo o la innovación acrítica.

Finalmente, la escena de reconstrucción en la que algunos se alegran mientras otros derraman un llanto incontenible nos entrega una tercera enseñanza. Toda verdadera renovación pasa a través de la disponibilidad a cargar el peso de la comunión. Reconstruir la Iglesia significa aceptar esta trama: la convivencia de entusiasmos y nostalgias, de esperanzas que nacen y heridas que siguen sangrando. La comunión nunca es un sentimiento homogéneo, sino el lugar en el que voces diferentes aprenden a permanecer cerca sin borrarse mutuamente. Requiere saber escuchar también lo que no coincide con nuestra sensibilidad, a coger el dolor del otro sin juzgarlo, dejarse tocar por su historia. Es en esta paciente capacidad de “padecer” juntos que la iglesia vuelve a ser realmente Casa de todos, y que el canto fragmentado del pueblo se convierte, con el tiempo, en una alabanza mayor.

Interpretar el declive

A 60 años del Concilio Vaticano II podemos permitirnos una mirada más lúcida sobre lo que fue recibido, quizá con algún exceso de optimismo, como una “primavera del Espíritu”. Cómo le ocurrió a los primeros cristianos que esperaban el regreso del Señor, también nosotros estamos llamados a reacomodar nuestras esperanzas: las intuiciones proféticas del Concilio requerían tiempos más largos y más complejos, porque están profundamente entrelazadas con la maduración eclesial y la transformaciones culturales.

Si no nos reconciliamos con esta larga gestación, correos del riesgo de no comprender el tiempo que vivimos: un tiempo en el que conviven en elementos críticos y signos de sorprendente vitalidad. Por una parte, es evidente un declive de las prácticas, de los números y las estructuras históricas de la vida cristiana; por la otra surgen nuevos fragmentos del Espíritu: crece la centralidad de la Palabra de Dios, el laicado madura una presencia más libre y misionera, el camino sinodal se impone como forma necesaria, el cristianismo florece en muchas regiones del mundo y un nuevo entendimiento de la fe busca conjugar la herencia antigua con una más profunda comprensión del humano.

Declive y fragmento no se excluyen: son las dos caras del mismo esfuerzo, en el cual el Espíritu purifica lo que puede ser abandonado y hace nacer lo que necesita crecer. Por lo demás, ¿acaso no es eso lo que Jesús nos enseñó, cuando describió la expansión del reino de Dios a través de la lógica de la semilla?

En verdad les digo: si el grano de trigo, que cae en tierra, no muere, solo quedará; si en cambio muere, produce mucho fruto (Jn 12, 24).

Toda renovación implica realidades que florecen y otras que se extinguen. No debería sorprendernos: es la dinámica pascual, en la que muerte y resurrección son inseparables. Es verdad, para nosotros siempre es difícil aceptar la muerte y reconocer en los momentos de declive la huella de una esperanza mayor.

Espontáneamente interpretamos la disminución de los números como una crisis que hay que resolver de inmediato. De hecho, precisamente la interpretación de este delicado momento de la historia de la Iglesia – sobre todo en Occidente –se ha convertido en un terreno de enfrentamiento: cada uno identifica en el otro al responsable de la crisis y busca imponer sus propias ideas de Iglesia. Hay quien interpreta la actual situación como consecuencia de la falta de puesta en práctica del Concilio; otros, por el contrario, ven precisamente en el evento conciliar la causa de un cierto empobrecimiento de la comunidad y el testimonio cristiano. Estas lecturas opuestas, especulares en su rigidez, corren el riesgo de armar todos los tradicionalismo y todos los progresos, haciendo rígida a la Iglesia en posiciones ideológicas que no me hacen del discernimiento, sino del miedo.

Quizá la verdad es más simple y exigente: en un cambio de época sin precedentes, también a la iglesia le cuesta trabajo custodiar sus propios fundamentos. Frente a rápidas transformaciones y a veces indescifrables, la comunidad cristiana atiende a polarizarse, oscilando entre dos tentaciones opuestas: refugiarse en certeza intocables, o abrirse a cualquier novedad para permanecer relevante. Pero estas dos reacciones se exponen a la Iglesia a un grave riesgo: transformar un tiempo de declive en un tiempo de decadencia, donde no disminuyen sólo los números, sino también la confianza, la lucidez y el respiro espiritual.

El declive se convierte en decadencia cuando la Iglesia olvida la conciencia de su propia naturaleza sacramental y se percibe como una organización social; cuando la fecha se reduce a ética o bienestar, la liturgia a prestación, la teología se debilita y la vida cristiana resbala en el moralismo.

En un contexto tan complejo, la tentación de la simplificaciones es fuerte: la nostalgia por el pasado o la espera de un futuro indefinido. Sin embargo, precisamente el declive puede convertirse en un tiempo de gracia, si es afrontado sin miedo. Un tiempo que invita a abandonar las ilusiones de una Iglesia siempre fuerte, siempre socialmente relevante, siempre en el centro de atención. Un tiempo que nos hace redescubrir a la Iglesia como una obra que no nos pertenece, que no es garantizada por estrategias o proyectos humanos, sino que germina cada vez que se vuelve al corazón del Evangelio. Aceptar el declive no significa rendirse. Significa, ante todo, mantenerse lejos de las contraposiciones que dividen y vuelven estéril cualquier diálogo. Significan no buscar soluciones inmediatas o fáciles, sino aprender a permanecer fieles aún cuando las formas habituales se debilitan. Es una invitación a vivir con sobriedad y confianza, sin dejarse impulsar ni por el temor ni por el ansia de tener que salvar todo.

Es este el espíritu de los repatriados que vuelven a Jerusalén: no reconstruyen toda la ciudad, sino que se dedican a un pequeño pedazo de muro, el pedazo que está frente a su casa. También para nosotros la renovación pasa por gestos humildes y concretos. Cada uno puede ofrecer un fragmento de su propia fidelidad, de su propia paciencia, de su propia calidad. Nadie sólo puede renovar a toda la Iglesia. Sin embargo, la Iglesia es la nueva sólo otra vez de la pequeña porción que cada uno, día tras día, acepta reconstruir.

Al final, la iglesia no es algo que hay que edificar según nuestros criterios: es un don que hay que recibir, custodiar y servir. El Apocalipsis lo recuerda con fuerza: la «nueva Jerusalén» no surge de nuestras manos, sino que desciende del cielo, desde Dios, ya preparada. Es la imagen más alta de la Iglesia como realidad recibida, no producida: la casa en que todas las lágrimas serán enjugadas y todas las distancias serán colmadas. Acoger a la Iglesia como don – también hoy, en el Tiempo del declive y los nuevos brotes – significa vivir desde ahora de la promesa que nos orienta hacia aquel cumplimiento en el que Dios será todo en todos.

Oremos

Oh Dios, que con piedras vivas y elegidas preparas una morada eterna para tu gloria, sigue infundiendo en la Iglesia la gracia que le has entregado, para que el pueblo de los creyentes avances siempre en la edificación de la Jerusalén del cielo. Por Nuestro Señor Jesucristo.

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