NECESITAMOS UNA CURIA ROMANA CADA VEZ MÁS MISIONERA: PALABRAS DE LEÓN XIV EN EL ENCUENTRO NAVIDEÑO CON LA CURIA ROMANA (22/12/2025)
Señores Cardenales, venerados hermanos en el Episcopado y en el presbiterado, queridos hermanos y hermanas:
La luz de la Navidad viene a nuestro encuentro, invitándonos a redescubrir la novedad que, desde la humilde gruta de Belén, recorre la historia humana. Atraídos por esta novedad, que abraza a toda la creación, caminamos en la alegría y la esperanza, porque ha nacido para nosotros el Salvador (cf. Lc 2, 11): Dios se ha hecho carne, se ha convertido en nuestro hermano y permanece para siempre el Dios-con-nosotros.
Con dicha alegría en el corazón, y con un sentido de profunda gratitud, podemos mirar los acontecimientos que se suceden, también en la vida de la Iglesia. Así, ahora casi en la vigilia de las fiestas navideñas, mientras los saludo cordialmente a todos ustedes y agradezco al Cardenal Decano sus palabras – siempre llenas de entusiasmo: hoy el Salmo nos dice que son setenta nuestros años, ochenta para los más robustos, así que celebramos también con ustedes –, deseo ante todo recordar a mi querido predecesor, el Papa Francisco, que este año ha concluido su vida terrenal. Su voz profética, su estilo pastoral y su rico magisterio han marcado el camino de la Iglesia en estos años, animándonos sobre todo a volver a colocar en el centro la misericordia de Dios, a dar mayor impulso a la evangelización, a ser una Iglesia alegre y gozosa, acogedora con todos, atenta a los más pobres.
Precisamente inspirándome en su Exhortación apostólica Evangelii gaudium, quisiera volver sobre dos aspectos fundamentales de la vida de la Iglesia: la misión y la comunión.
La Iglesia es, por su naturaleza, extrovertida, abierta al mundo, misionera. Ésta ha recibido de Cristo el don del Espíritu para llevar a todos la buena nueva del amor de Dios. Signo vivo de este amor divino por la humanidad, la Iglesia existe para invitar, llamar, reunir en el banquete festivo que el Señor prepara para nosotros, para que cada uno pueda descubrirse hijo amado, hermano del prójimo, hombre nuevo a imagen de Cristo y, por ello, testigo de verdad, de justicia y de paz.
Evangelii gaudium nos anima a avanzar en la transformación misionera de la Iglesia, que encuentra su fuerza inagotable en el mandato de Cristo Resucitado. «En este “vayan” de Jesús están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia, y todos estamos llamados a esta nueva “salida” misionera» (EG, 20). Dicho estado de misión deriva del hecho de que Dios mismo, en primer lugar, se puso en camino hacia nosotros y, en Cristo, vino a buscarnos. La misión comienza en el corazón de la Santísima Trinidad: Dios, de hecho, consagró y envió a su Hijo al mundo para que «todo aquel que cree en Él no muera, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16). El primer gran “éxodo”, por tanto, es el de Dios, que sale de sí mismo para venir a nuestro encuentro. El misterio de la Navidad nos anuncia precisamente esto: la misión del Hijo consiste en su venida al mundo (cf. San Agustín, La Trinidad, IV, 20.28).
Así, la misión de Jesús en la tierra, prolongada en el Espíritu Santo en la de la Iglesia, se vuelve criterio de discernimiento para nuestra vida, para nuestro camino de fe, para las praxis eclesiales, como también para el servicio que realizamos en la Curia Romana. Las estructuras, de hecho, no deben entorpecer, detener la carrera del Evangelio o impedir el dinamismo de la evangelización; por el contrario, debemos «actuar de manera que éstas se vuelvan todas más misioneras» (Evangelii gaudium, 27).
En el espíritu de la corresponsabilidad bautismal, por ello, todos estamos llamados a participar en la misión de Cristo. También el trabajo de la Curia debe estar animado por este espíritu y promover la solicitud pastoral al servicio de las Iglesias particulares y de sus pastores. Necesitamos una Curia Romana cada vez más misionera, donde las instituciones, las oficinas y las tareas estén pensadas mirando los grandes desafíos eclesiales, pastorales y sociales de hoy, y no sólo para garantizar la administración ordinaria.
Al mismo tiempo, en la vida de la Iglesia la misión está estrechamente ligada a la comunión. El misterio de la Navidad, de hecho, mientras celebra la misión del Hijo de Dios entre nosotros, contempla también su finalidad: Dios ha reconciliado consigo al mundo por medio de Cristo (cf. 2 Cor 5, 19) y, en Él, nos ha hecho sus hijos. La Navidad nos recuerda que Jesús ha venido a revelarnos el verdadero rostro de Dios como Padre, para que pudiéramos convertirnos todos en sus hijos y, por tanto, hermanos y hermanas entre nosotros. El amor del Padre, que Jesús encarna y manifiesta en sus gestos de liberación y en su predicación, nos hace capaces, en el Espíritu Santo, de ser signo de una nueva humanidad, ya no fundada en la lógica del egoísmo y el individualismo, sino en el amor mutuo y la solidaridad recíproca.
Esta es una tarea más urgente que nunca ad intra y ad extra.
Lo es ad intra, porque la comunión en la Iglesia permanece siempre como un desafío que nos llama a la conversión. A veces, detrás de una aparente tranquilidad, se agitan los fantasmas de la división. Y estos nos hacen caer en la tentación de oscilar entre dos extremos opuestos: uniformar todo sin valorar las diferencias o, por el contrario, exasperar las diversidades y los puntos de vista en vez de buscar la comunión. Así, en las relaciones interpersonales, en las dinámicas internas en las oficinas y los roles, o tratando los temas que se refieren a la fe, la liturgia, la moral e incluso otros, se corre el riesgo de caer víctimas de la rigidez o de la ideología, con las contraposiciones que ello implica.
Nosotros, sin embargo, somos la Iglesia de Cristo, somos sus miembros, su cuerpo. Somos hermanos y hermanas en Él. Y en Cristo, aún siendo muchos y diferentes, somos una sola cosa: “In Illo uno unum”.
Estamos llamados, también y sobre todo aquí en la Curia, a ser constructores de la comunión de Cristo, que pide configurarse como Iglesia sinodal, donde todos colaboran y cooperan en la misma misión, cada uno según el propio carisma y el rol recibido. Pero esto se construye, más que con las palabras y los documentos, mediante gestos y actitudes concretos que deben manifestarse en nuestra cotidianidad, también en el ámbito laboral. Me gusta recordar lo que escribía San Agustín en la Carta a Proba: «En todos las cosas humanas nada es querido para el hombre sin un amigo». Él, sin embargo, se preguntaba con una pizca de amargura: «Pero ¿cuántos pueden hallarse tan fieles, que podamos confiar con seguridad en su ánimo y su conducta en esta vida?» (Carta a Proba, 130, 2.4).
Esta amargura en ocasiones se abre camino entre nosotros cuando, quizás después de muchos años ofrecidos al servicio de la Curia, notamos con desilusión que algunas dinámicas vinculadas al ejercicio del poder, al afán de sobresalir, al cuidado de los propios intereses, les cuesta cambiar. Y cabe preguntarse: ¿es posible ser amigos en la Curia Romana? ¿Tener relaciones de amigable fraternidad? En el esfuerzo cotidiano, es hermoso cuando encontramos amigos en quienes poder confiar, cuando caen máscaras y subterfugios, cuando las personas no son usadas y pasadas por encima, cuando hay ayuda mutua, cuando se reconoce a cada uno el propio valor y la propia competencia, evitando generar insatisfacciones y rencores. Hay una conversión personal que debemos desear y perseguir, para que en nuestras relaciones pueda transparentarse el amor de Cristo que nos hace hermanos.
Esto se vuelve un signo también ad extra, en un mundo herido por discordias, violencia, conflictos, en el que asistimos también a un aumento de la agresividad y la rabia, frecuentemente instrumentalizadas por el mundo digital y la política. La Natividad del Señor trae consigo el don de la paz y nos invita a convertirnos en signo profético en un contexto humano y cultural demasiado fragmentado. El trabajo de la Curia y el de la Iglesia en general debe pensarse también en este amplio horizonte: no somos pequeños jardineros dedicados a cuidar el propio huerto, sino que somos discípulos y testigos del Reino de Dios, llamados a ser en Cristo fermento de fraternidad universal, entre pueblos distintos, religiones diferentes, entre las mujeres y hombres de toda lengua y cultura. Y esto ocurre si nosotros en primer término vivimos como hermanos y hacemos brillar en el mundo la luz de la comunión.
Muy queridos todos, la misión y la comunión son posibles si ponemos de nuevo a Cristo en el centro. El Jubileo de este año nos ha recordado que sólo Él es la esperanza que no declina. Y, precisamente durante el Año Santo, celebraciones importantes nos han hecho recordar otros dos acontecimientos: el Concilio de Nicea, que nos reconduce a las raíces de nuestra fe, y el Concilio Vaticano II, que fijando la mirada en Cristo ha consolidado a la Iglesia y la ha impulsado al encuentro del mundo, en escucha de las alegrías y las esperanzas, de las tristezas y las angustias de los hombres de hoy (cf. Gaudium et spes, 1).
Permítanme finalmente recordar que hace cincuenta años, en el día de la Inmaculada Concepción, era promulgada por San Pablo VI la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, escrita después de la tercera Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos. Ésta subraya, entre otras cosas, dos realidades que aquí podemos recordar: el hecho de que «toda la Iglesia recibe la misión de evangelizar, y la obra de cada uno es importante para el todo» (n. 15); y, al mismo tiempo, la convicción de que «el testimonio de vida auténticamente cristiana, abandonada en Dios en una comunión que nada debe interrumpir, pero igualmente entregada al prójimo con un celo sin límites, es el primer medio de evangelización» (n. 41).
Recordemos esto, también en nuestro servicio curial: la obra de cada uno es importante para el todo, y el testimonio de una vida cristiana, que se expresa en la comunión, es el primer y el mayor servicio que podemos ofrecer.
Eminencias, Excelencias, queridos hermanos y hermanas, el Señor desciende del cielo y se abaja hacia nosotros. Como escribía Bonhoeffer, meditando sobre el misterio de la Navidad, «Dios no se avergüenza de la bajeza del hombre, entra en él […]. Dios ama lo que está perdido, lo que nadie considera, lo insignificante, lo marginado, débil y abatido» (cf. D. Bonhoeffer, Riconoscere Dio al centro della vita, Brescia 2004, 12). Que el Señor pueda darnos su misma condescendencia, su misma compasión, su amor, para que nos convirtamos en sus discípulos y testigos cada día.
Les deseo de corazón una Santa Navidad a todos ustedes. Que el Señor nos traiga su luz y conceda al mundo la paz.

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