CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA MUERTE NO ES EL FINAL, SINO PARTE DEL VIAJE HACIA LA ETERNIDAD (10/12/2025)
Jesucristo, nuestra esperanza. IV. La resurrección de Cristo y los desafíos del mundo actual 7. La Pascua de Jesucristo: respuesta definitiva a la pregunta sobre nuestra muerte
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Bienvenidos todos!
El misterio de la muerte siempre ha suscitado en el ser humano profundos interrogantes. Ésta, de hecho, aparece como el acontecimiento más natural y, al mismo tiempo, más antinatural que existe. Es natural, porque todo ser viviente, en la tierra, muere. Es antinatural, porque el deseo de vida y de eternidad que sentimos para nosotros mismos y para las personas que amamos nos hace ver la muerte como una condena, como un «contrasentido».
Muchos pueblos antiguos desarrollaron ritos y costumbres ligadas con el culto a los muertos, para acompañar y recordar a quienes se encaminaban hacia el misterio supremo. Hoy, en cambio, se observa una tendencia diferente. La muerte parece una especie de tabú, un acontecimiento que hay que mantener alejado; algo de lo que hay que hablar en voz baja, para evitar perturbar nuestra sensibilidad y tranquilidad. A menudo, por eso, se evita incluso visitar los cementerios, donde aquellos que nos han precedido descansan a la espera de la resurrección.
¿Qué es, entonces, la muerte? ¿Es realmente la última palabra sobre nuestra vida? Sólo el ser humano se plantea esta pregunta, porque sólo él sabe que debe morir. Pero ser consciente de ello no le salva de la muerte, más bien, en cierto sentido, le «agobia» con respecto a todas las demás criaturas vivientes. Los animales sufren, sin duda, y se dan cuenta de que la muerte está cerca, pero no saben que la muerte forma parte de su destino. No se preguntan por el sentido, el fin, el resultado de la vida.
Al constatar este aspecto, se debería pensar entonces que somos criaturas paradójicas, infelices, no sólo porque morimos, sino también porque tenemos la certeza de que este acontecimiento ocurrirá, aunque ignoremos el cómo y el cuándo. Nos descubrimos conscientes y, al mismo tiempo, impotentes. Probablemente de ahí provienen las frecuentes represiones, las huidas existenciales ante la cuestión de la muerte.
San Alfonso María de Liguori, en su célebre escrito titulado Preparación para la muerte, reflexiona sobre el valor pedagógico de la muerte, poniendo en evidencia cómo ésta es una gran maestra de vida. Saber que existe y, sobre todo, meditar sobre ella nos enseña a elegir qué hacer realmente con nuestra existencia. Orar, para comprender lo que es bueno con vistas al reino de los cielos, y dejar ir lo superfluo que, en cambio, nos ata a las cosas efímeras, es el secreto para vivir de forma auténtica, en la conciencia de que el paso por la tierra nos prepara para la eternidad.
Sin embargo, muchas visiones antropológicas actuales prometen inmortalidades inmanentes, teorizan sobre la prolongación de la vida terrenal mediante la tecnología. Es el escenario del transhumanismo, que se abre camino en el horizonte de los desafíos de nuestro tiempo. ¿La muerte podría ser vencida realmente con la ciencia? Pero entonces, ¿la misma ciencia podría garantizarnos que una vida sin muerte sería también una vida feliz?
El acontecimiento de la resurrección de Cristo nos revela que la muerte no se opone a la vida, sino que es parte constitutiva de ella como paso a la vida eterna. La Pascua de Jesús nos hace pregustar, en este tiempo aún lleno de sufrimientos y pruebas, la plenitud de lo que sucederá después de la muerte.
El evangelista Lucas parece captar este presagio de luz en la oscuridad cuando, al final de aquella tarde en la que las tinieblas habían envuelto el Calvario, escribe: «Era el día de la Preparación y ya resplandecían las luces del sábado» (Lc 23, 54). Esta luz, que anticipa la mañana de Pascua, ya brilla en la oscuridad del cielo que aún parece cerrado y mudo. Las luces del sábado, por primera y única vez, anuncian el amanecer del día después del sábado: la nueva luz de la Resurrección. Sólo este acontecimiento es capaz de iluminar hasta el fondo el misterio de la muerte. En esta luz, y sólo en ella, se hace realidad lo que nuestro corazón desea y espera: es decir, que la muerte no sea el fin, sino el paso hacia la luz plena, hacia una eternidad feliz.
El Resucitado nos ha precedido en la gran prueba de la muerte, saliendo victorioso de ella gracias al poder del Amor divino. Así nos ha preparado el lugar del descanso eterno, la casa en la que somos esperados; nos ha dado la plenitud de la vida en la que ya no hay sombras ni contradicciones.
Gracias a Él, muerto y resucitado por amor, con San Francisco podemos llamar a la muerte «hermana». Esperarla con la esperanza cierta de la Resurrección, nos preserva del miedo a desaparecer para siempre y nos prepara para la alegría de la vida sin fin.

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