QUE LA IGLESIA FOMENTE EL ENCUENTRO: TERCER SERMÓN DE ADVIENTO DEL PREDICADOR DE LA CASA PONTIFICIA (19/12/2025)
“La universalidad de la salvación. Una esperanza incondicional” fue el tema de la tercera meditación de Adviento la mañana de este 19 de diciembre, en el Aula Pablo VI, en presencia del Papa León XIV. El Predicador de la Casa Pontificia se centró en la actitud de los Reyes Magos, quienes se atrevieron a abrirse a lo desconocido. Debemos revisar nuestros hábitos misioneros y ayudar a otros a reconocer la luz que ya habita en ellos, custodiar a Cristo para ofrecerlo a todos, la verdadera luz de la Navidad, dijo el fraile capuchino en su última meditación de Adviento de este 2025, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:
La universalidad de la salvación
Una esperanza incondicional
En las primeras dos meditaciones de este Adviento contemplamos la Parusía del Señor, su regreso glorioso al final de los tiempos, aprendiendo a vivir bajo un cielo paciente que no se cansa de manifestar confianza en la humanidad. Después reflexionemos acerca de la responsabilidad de reconstruir juntos la casa del Señor, reconociendo que toda auténtica renovación de la Iglesia pasa a través de la capacidad de acoger las diferencias sin ceder a la ilusión de la uniformidad, cargando juntos el peso de la comunión incluso cuando las voces no se ponen de acuerdo inmediatamente.
Ahora, al acercarnos a la Navidad y a la conclusión del Jubileo deseamos dirigir la mirada a un tercer movimiento de la gracia: la manifestación universal de la salvación. No es algo sin significado que la Puerta Santa se cierre precisamente el 6 de enero, Solemnidad de la Epifanía del Señor. En el día en el que la Iglesia celebra la manifestación de Cristo a todos los pueblos, se cumple también el camino jubilar con la clausura de la Puerta Santa. La coincidencia es significativa: mientras que una puerta visible se cierra, se afirma con fuerza que la salvación de Cristo permanece definitivamente abierta para todos.
Ya sea el Jubileo o la Natividad del Señor nos colocan frente al mismo desafío: reconocer la venida de Cristo en nuestra humanidad como una luz que hay que acoger, expandir y ofrecer al mundo. Está en juego la catolicidad de la Iglesia, en su doble e inseparable significado: por una parte, poseer la plenitud de Cristo; por la otra, ser enviada a la totalidad del género humano, sin excepciones ni exclusiones. Es esta la esperanza que queremos contemplar: una salvación realmente universal.
La luz verdadera
Para encaminarnos a la fiesta de la Epifanía, es útil recuperar la forma en la cual el cuarto evangelio presenta el misterio de la Encarnación. A diferencia de Lucas, que relata el nacimiento de Jesús a través de lo concreto de los eventos – el pesebre, los pastores, el canto de los ángeles – Juan levanta la mirada y observa la venida del Verbo desde lo alto, como la irrupción en el mundo de una luz verdadera. No una luz cualquiera, sino es que «ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), capaz de revelar no sólo el misterio de Dios, sino también el del ser humano.
Es una intuición de gran fuerza: la luz de Cristo se manifiesta como luz verdadera porque es capaz de iluminar, aclarar y orientar toda la complejidad de la experiencia humana. No elimina las preguntas, los deseos y búsquedas del hombre, sino que las pone en relación, las purifica y las conduce hacia un sentido más pleno.
Sin embargo, como el mismo Juan no deja de subrayar, esta luz no es acogida espontáneamente. Más aún, su aparición su cita en nosotros una resistencia inesperada y dolorosa.
Venía al mundo la luz verdadera, la que ilumina a todos los hombres. Estaba en el mundo y el mundo fue hecho por medio de él; sin embargo el mundo no lo reconoció. Vino entre los suyos, y los suyos no lo recibieron (Jn 1, 9-11).
¿Cómo es posible? El mundo fue hecho por medio del Verbo, sin embargo no lo reconoce. El Verbo viene entre los suyos, pero los suyos no lo reciben. Esta paradoja atraviesa todo el Evangelio de Juan: la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas oponen resistencia. ¿Por qué ocurre esto? ¿Qué hace que el hombre rechace de esta forma la luz que viene a salvarlo?
La respuesta la encontramos en el diálogo nocturno entre Jesús y Nicodemo, cuando el Maestro explica con lucidez las razones profundas de este rechazo.
La luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malvadas. De hecho, quien hace el mal, odia la luz, y no viene a la luz para que sus obras no sean reprobadas. En cambio, que obra la verdad viene hacia la luz, para que aparezca claramente que sus obras son hechas en Dios (Jn 3, 19-21).
El problema no es la luz, que por su naturaleza ilumina y vivifica, sino nuestra disponibilidad para acogerla. La luz es necesaria y hermosa, pero también exigente: desenmascara lo que es fingido, pone al desnudo a las contradicciones, obliga a reconocer lo que preferiríamos no ver. Por eso a menudo la evitamos, refugiándose en la seguridad de las tinieblas que nos protegen.
Es importante notar que Jesús no contrapone a quien hace el mal y a quien hace el bien, sino a quien hace el mal y a quien obra en la verdad. Para acoger la luz de la Encarnación no es necesario ya ser buenos o perfectos, sino comenzar a actuar en la verdad en la propia vida: dejar de esconderse y aceptar ser vistos por lo que se es. La Encarnación es liberadora precisamente porque rompe con cualquier moralismo y nos dice que Dios le interesa más nuestra verdad que una bondad de fachada. Preparar el camino del Señor significa, finalmente, esto: caminar en la verdad, con sinceridad y sin miedo.
En los días de Navidad es natural que se multipliquen las invitaciones a la bondad: llamados a la caridad, a la generosidad, a la acogida. Son palabras justas y necesarias, que pertenecen al léxico de nuestra fe. Y, sin embargo, en esta Navidad marcada por el Jubileo, a la Iglesia se le pide quizá algo aún más esencial. No tanto agregar nuevas exhortaciones, sino dar un paso más profundo: iniciar un camino de mayor verdad.
Actuar en la verdad, de hecho, no significa exhibir una pureza moral o reivindicar una coherencia impecable. Significa sobre todo, aceptar presentarse con sinceridad, reconociendo también nuestras resistencias, nuestras fragilidad, incluso la desconfianza que a veces habita en el corazón cuando nos descubrimos débiles. Es un gesto humilde y al mismo tiempo valiente: mostrarse al mundo no con una fachada de solidez, sino con la honestidad de quienes consciente de la necesidad de ser salvado.
Una Iglesia que emprende este camino no se hace más frágil, sino más creíble. No pierde su identidad, si no la deja surgir en su forma más evangélica: la de la autenticidad. El mundo no espera de nosotros la imagen de una institución sin grietas, ni un enésimo discurso que señala lo que debería hacerse. Necesita encontrar una comunidad que, aún en sus imperfecciones y contradicciones, vive realmente a la luz de Cristo y no tiene miedo de mostrarse por lo que es. Éste sería el verdadero gesto fuerte, la verdadera Epifanía: manifestar a Cristo no a pesar de nuestra fragilidad, sino precisamente a través de ella, porque es allí que resplandece con mayor fuerza su gracia.
El que busca, encuentra
Una forma singular de ser veraces, preparando – más aún recorriendo – el camino del Señor, es el de los Magos, que se ponen en camino desde lejos siguiendo la ley más exigente de todas: la ley del deseo. De esta forma, los Magos nos muestran que para acoger la luz de la Navidad es necesaria una cierta distancia, a veces incluso retomar el camino. Una de las más comunes formas de ceguera nace de la costumbre de mirar la realidad muy de cerca, prisioneros de juicios dados por descontados y de interpretaciones muy consolidadas. Partir desde lejos, a veces, permite ver mejor las cosas: con una mirada más libre, más profunda, más capaz de sorpresa.
Esta dinámica no se refiere solamente a quien se encuentra en los márgenes o está en búsqueda, sino involucra también a quien vive de manera estable en el centro de la vida especial y lleva sus responsabilidades. La familiaridad cotidiana con los roles, estructuras, decisiones y urgencias puede, con el tiempo, restringir la mirada. Se corre el riesgo así de reconocer con trabajo los nuevos signos a través de los cuales Dios se hace presente en la vida del mundo. No es raro que propiamente sea lo que viene “de lejos” – una voz periférica, una pregunta inesperada, una herida del mundo – lo que restituye profundidad y verdad a la mirada.
El día de Navidad celebramos que la luz entró en el mundo; en la Epifanía recordamos que esta luz no se impone, sino que se deja reconocer. Es una luz verdadera y poderosa, pero se manifiesta dentro de una historia aún marcada por la oscuridad y la búsqueda. Epifanía significa de hecho manifestación: no un resplandor que ciega, sino una presencia que se ofrece a quien está dispuesto a moverse. No todos la ven de la misma manera, no todos la reconocen al mismo tiempo. La luz de Cristo se deja encontrar por quien acepta salir de sí mismo, ponerse en camino, buscar.
Esto es válido también para el camino de la Iglesia. No todo lo que es verdadero aparece inmediatamente claro, ni lo que es evangélico resulta inmediatamente eficaz. A veces la verdad pide ser seguida aún antes de ser plenamente comprendida. Es lo que le ocurre a los Magos, que no avanzan sostenidos por certezas consolidadas, sino por una estrella frágil, suficiente sin embargo, para ponerlos en camino.
Al llegar a Jerusalén, los Magos no tienen temor de exponer las preguntas que están en sus corazones.
¿Dónde está el que ha nacido, el rey de los Judíos? Hemos visto surgir su estrella y hemos venido a adorarlo (Mt 2, 2).
Su movimiento afirma una verdad decisiva: para encontrar el rostro del Dios hecho hombre es necesario ponerse en camino. Esto es válido para cualquier creyente, pero asume un peso particular ahí donde la fe se entrelaza con la responsabilidad de custodiar, guiar y discernir. Sin un deseo que permanece vivo, incluso las formas más altas del servicio corren el riesgo de convertirse en repetitivas, autorreferenciales, incapaces de sorpresa.
En la vida de la Iglesia, como en la de cualquier persona, se reconoce realmente sólo lo que se sigue buscando. El deseo precede a la comprensión y mantiene abierto el camino cuando las respuestas aún no son claras. Los pasos más fecundo de la historia eclesial no nacen de estrategias bien calibradas, sino de corazones que no dejan de interrogarse y plantear sus preguntas en diálogo con la vida real del mundo. Cuando este deseo permanece vivo, el encuentro con Dios sorprende y supera las expectativas; cuando se apaga, entonces los signos más evidentes corren el riesgo de ya no ser reconocidos.
La estrella que guía a los Magos se convierte así en el signo de los llamados discretos con los que Dios sigue haciéndose presente en la historia. Es un signo que no impone respuestas, sino que su cita preguntas; no ofrece certeza inmediatas, sino que abre un camino. Los Magos no conocen las Escrituras de Israel, sin embargo saben leer el cielo: esto recuerda que Dios habla incluso a través de caminos inesperados, experiencias periféricas, interrogantes que nacen del contacto con la realidad y esperan ser escuchadas.
Los Magos hacen visible la promesa evangélica: «El que busca, encuentra» (Mt 7, 8). Pero buscar es posible sólo si se acepta permanecer en búsqueda, reconociendo la propia necesidad y estudiando un espacio de espera. Es así que se prepara el camino del Señor: no cerrando las preguntas demasiado rápido, si no dejándolas convertirse en el lugar en el cual Dios viene a encontrarnos.
Quedarse sentados
Existe una forma sutil, y precisamente por ello peligrosa, de sustraerse a la búsqueda de Cristo: no oponerse, pero quedarse detenidos. No se trata de rechazar abiertamente ni de negar, más bien de no ponerse en movimiento. Es la tentación de conformarse en una posición que aparece segura, hecha de certezas y costumbres consolidadas, pero que con el tiempo corre el riesgo de convertirse en una forma de inmovilidad interior. Un lugar que parece proteger, mientras que lentamente aísla, a menudo sin que nos demos cuenta. El relato evangélico de los Magos ilumina con gran claridad precisamente esta posibilidad.
Ante la noticia del nacimiento de un rey, Herodes se queda turbado, y con él toda Jerusalén. Los escriba y los jefes de los sacerdotes desarrollan con escrúpulo su tarea: consultan los textos, ofrecen interpretaciones correctas, proveen respuestas exactas. Incluso Herodes se muestra atento: interroga, calcula, planifica. Todos parecen involucrados, pero ninguno da el paso decisivo: ponerse en camino hacia Belén, aceptar el riesgo y la sorpresa de lo que podría suceder. Prefieren delegar a los Magos la tarea de ir, reservándose el derecho de ser informados sobre los desarrollos. Es la actitud de quién quiere saber todo sin exponerse, quedando al amparo de las consecuencias de involucrarse realmente.
Esta dinámica nos atañe de cerca. Vivimos inmersos en un flujo continuo de información: nos documentamos, analizamos, leemos mucho. Sin embargo, a esta abundancia de saber raramente le corresponde involucrarse realmente. Sabemos muchas cosas, pero permanecemos distantes. Observamos la realidad sin dejarnos tocar, protegidos por una posición que nos pone al resguardo de lo imprevisto. Así la información se convierte en un atajo engañoso: nos hace sentir partícipes, mientras en realidad nos permite quedarnos detenidos.
Para la Iglesia este riesgo asume contornos particularmente delicados. Es posible conocer bien la doctrina, custodiar la tradición, celebrar con cuidado la liturgia y, de todas formas, quedarse detenidos. Como le ocurre a los escribas de Jerusalén, también nosotros podemos saber dónde el Señor sigue haciéndose presente –en las periferias, entre los pobres, en las heridas de la historia – sin encontrar la fuerza o la valentía de movernos en esa dirección.
La Epifanía nos recuerda que sólo quien se pone en camino encuentra la realeza de Cristo. Sólo el que acepta el riesgo de la búsqueda puede llegar a la adoración del Verbo hecho hombre. El que permanece sentado, protegido por sus propias certezas, termina por perder la cita con la manifestación de Dios, incluso cuando está está cerca y es claramente indicada por los Escrituras. La luz verdadera puede ser acogida sólo en la medida en la cual aceptamos, un poco a la vez, salir de nuestras zonas de sombra, incluso cuando estas tienen el aspecto seguro de la competencia, de la institución, o de una seguridad religiosa ya adquirida.
Levantarse y resplandecer
Distinta de la actitud de Herodes y su corte es la actitud de los Magos: viajeros intrépidos que, aún sin conocer las Escrituras de Israel, parecen encarnar su espíritu más auténtico. Ya los profetas, en el tiempo difícil del regreso desde el exilio, habían exhortado el pueblo a volver a ponerse en camino, cuando los esperanzas de un futuro distinto aparecían a un lejanas y casi imposibles. En el así llamado libro de la consolación de Isaías, proclamado por la liturgia en la Solemnidad de la Epifanía, resuena un imperativo decisivo, que no deja espacio a dudas:
Levántate, revístete de luz, porque viene tu luz… sobre ti resplandece el Señor (Is 60, 1-2).
Es esta la invitación que Herodes no logra obedecer y que, en cambio, pone en movimiento el viaje de los Magos. Para encontrar al Señor que se ha manifestado en nuestra humanidad, el primer paso es siempre el de levantarse: salir de los propios refugios interiores, de las propias seguridades, de la visión consolidada de las cosas. Levantarse requiere valentía. Significa abandonar la sedentariedad que nos protégé pero no inmoviliza, aceptar la fatiga del camino, exponerse a la incertidumbre de lo que aún no es claro. Los Magos se levantan, dejan su tierra, atraviesan distancias sin garantías, guiados sólo por un signo tenue y discreto. No saben exactamente lo que encontraron, sin embargo confían en esa luz que los precede.
Después de la invitación a levantarse, el profeta agrega una indicación sorprendente: pide revestirse de una luz que aún no es plenamente visible, pero que ya es prometida. Se alude a una disposición interior: vivir como si la luz estuviera llegando, incluso antes de ver sus signos. Esto significa custodiar la confianza incluso cuando las circunstancias no la justifican del todo, seguir esperando mientras la noche aún no ha terminado. Sólo así se hace posible ponerse en camino hacia algo nuevo, aceptando la incertidumbre e incluso el riesgo de la decepción, para no quedarnos detenidos donde estamos.
Después de haberse levantado y haber aceptado revestirse de una esperanza que los precedía, los Magos realizan un gesto más, quizá el más decisivo de todos. El camino, la búsqueda, la expectativa no los conducen a una afirmación de sí mismos, sino a un abajamiento. El deseo que los ha puesto en movimiento encuentra cumplimiento no en la posesión, sino en la adoración. Sólo entonces su viaje llega realmente a la meta.
Al entrar en la casa, vieron al niño con María su madre; se postraron y lo adoraron. Después abrieron sus cofres y le ofrecieron como don oro, incienso y mirra (Mt 2, 11).
Arrodillándose frente al signo humilde y pobre del niño, los Magos descubren que el acceso al otro – distinto, frágil, inesperado – ocurre siempre desde abajo, nunca desde arriba. Es en el abajamiento que la distancia se colma y la diversidad se vuelve habitable. No se trata de renunciar a la propiedad identidad, sino de entregarla, abriéndola al misterio que el otro trae consigo.
Levantarse y después arrodillarse: es este el movimiento de la fe. Nos levantamos para salir de nosotros mismos, no para ponerse en el centro. Y después nos abajamos, porque nos damos cuenta que es lo que encontramos escapa de nuestro control. Esto es válido en la relación con Dios, pero también en las relaciones de todos los días. Mientras las cosas van como me imaginamos, permanecer es fácil; cuando en cambio el otro nos sorprende, nos decepciona o cambia, permanecer fieles a las decisiones tomadas y al amor prometido requiere dejar de imponer nuestro punto de vista y aprender a escuchar realmente.
Para la Iglesia este doble movimiento – levantarse y postrarse – es esencial. Ella está llamada a moverse, salir, ir al encuentro de las personas y situaciones que le son lejanas. Pero también a saber de detenerse, a bajar la mirada, a reconocer que no todo le pertenece ni puede ser controlado. Sólo así el don de la salvación puede convertirse en universal: en la medida en que la Iglesia acepta dejar sus seguridades y mirar con respecto a la vida de los demás, reconociendo que también ahí, a veces de formas inesperadas, puede surgir algo de la luz de Cristo.
Encontrarse a sí mismos
Cuándo los Magos entran en la casa y ven al niño con María su madre, se encuentran frente a algo que supera sus expectativas. Se arrodillan y abren sus cofres, ofreciendo oro, incienso y mirra. Con estos dones confiesan en ese niño la presencia de Dios, su realeza y su pleno compartir de nuestra humanidad, marcada también por el sufrimiento y la muerte. Pero, mientras realizan este gesto, ocurre algo inesperado: no descubren solamente quién es ese niño, comienzan a intuir quiénes son ellos.
En el rostro de Jesús, el Dios hecho hombre, los Magos alcanzan a ver que esa misma dignidad es prometida también a sus vidas. Si en ese niño Dios se revela como Rey, entonces también la vida humana esta llamada a una grandeza que no pasa por el poder, sino por el cuidado y el servicio. Si Dios ha elegido habitar en nuestra carne, entonces todavía vida humana lleva en sí una luz, una vocación, un valor que no puede ser borrado. Los dones que los Magos ofrecen se convierten así en un espejo: hablan de Dios, pero revelan también lo que el hombre está llamado a convertirse.
Con la visita de los Magos, el misterio de la Encarnación muestra toda su fuerza universal. No hemos venido al mundo solamente para sobrevivir y atravesar el tiempo de la mejor forma posible. Hemos nacido para acceder a una vida más grande: la de hijos de Dios. Los Magos parten buscando una estrella y han encontrado a Cristo; pero buscando a Cristo se han encontrado también a sí mismos. Han descubierto que, aún viniendo desde lejos y sin conocer las Escrituras, también en su humanidad brillaba una luz que esperaba sólo ser reconocida y llevada a la luz.
Quizás la Iglesia está llamada, hoy más que nunca, a hacer sobretodo esto: extender al mundo la luz de Cristo. No como algo que hay que imponer o defender, sino como una presencia que hay que ofrecer, dejando que cada uno pueda acercarse a ella a través de un camino semejante al de los Magos. Ellos partieron del deseo, se pusieron en camino, atravesaron preguntas incertidumbres y, sólo al final, reconocieron a Cristo y, ante Él, se descubrieron también a sí mismos.
En esta perspectiva, la misión no consiste en forzar el encuentro, sino en hacer lo posible. Extender la luz significa custodiar el espacio de la búsqueda, permitir que el deseo se ponga en movimiento, acompañar sin anticipar las respuestas. Así el encuentro con Cristo no borra la humanidad de quién lo busca, si no lo lleva a la luz y la realiza.
Si tenemos la valentía de ofrecer al mundo un testimonio tan simple y luminoso, podría ocurrirnos que experimentemos lo que el profeta Isaías anuncia a las ruinas de Jerusalén: una ciudad llamada a convertirse en lugar de atracción para todos los pueblos.
Caminarán los pueblos hacia tu luz,
los reyes hacia el esplendor de tu surgimiento.
Levanta los ojos a tu alrededor y mira:
todos los que se reunieron, vienen hacia ti.
Tus hijos vienen desde lejos,
tus hijas son llevadas en brazos.
Entonces mirarás y serás radiante,
palpitará y se dilatará tu corazón,
porque la abundancia del mar se derramará sobre ti,
vendrá hacia ti la riqueza de los pueblos (Is 60, 3-5).
Una Iglesia que ofrece a todos la presencia de Cristo no se apropia de su luz, sino que la refleja. No se pone en el centro para dominar, sino para atraer. Y precisamente por ello se convierte en espacio de encuentro, donde cada uno puede reconocer a Cristo y, ante Él, encontrar el sentido de su propia vida.
Esta perspectiva nos obliga a haber nuevamente muchas de nuestras actitudes misioneras. A menudo imaginamos que evangelizar significa llevar algo que falta, llenar un vacío, corregir un error. La Epifanía señala otro camino: ayudar al otro a reconocer la luz que ya lo habita, la dignidad que ya posee, los dones que ya custodia. No somos nosotros los que “le damos” a Cristo al mundo, como si tuviéramos la exclusiva. Nosotros estamos llamados a hacer visible su presencia con tal claridad y verdad que cada uno puede reconocer en Él el sentido de su propia existencia
Esto no relativista la verdad de Cristo ni reduce el Evangelio a una valoración genérica de lo humano. Al contrario, toma en serio la catolicidad de la Iglesia en su significado más profundo: custodiar a Cristo para ofrecerlo a todos, con la confianza de qué en cada persona ya están presentes la belleza, la bondad y la verdad, llamadas a realizarse y a encontrar en Él su sentido más pleno. La verdadera luz de la Navidad «ilumina a todos los hombres» precisamente porque es capaz de revelar a cada uno su propia verdad, su propio llamado, su propia semejanza con Dios.
Si así fuera, la Navidad que se entrelaza con la conclusión del Jubileo podría haber encendido una esperanza incondicional no sólo en la Iglesia, sino también en el mundo. La iglesia puede alegrarse de haber reencontrado a Cristo como centro; el mundo, al encontrar nuestro frágil testimonio, podría haberse sentido animado a hacer surgir su propia humanidad, ofrecer sus dones y reconocer su dignidad ante Dios.
Ese sería el signo más de lo cuente de una Iglesia fiel a su vocación: no mantener la luz para sí, si no dejarla resplandecer para que la vida nueva, ya sembrada en el corazón de cada hombre y mujer, pueda finalmente germinar y dar fruto.
Oremos
Oh Dios, que con la guía de la estrella, has revelado a los pueblos a tu Hijo unigénito, condúcenos benigno también a nosotros, que ya te hemos conocido por la fe, a contemplar la belleza de tu gloria. Por Cristo Nuestro Señor.

Comentarios