NADIE COINCIDE CON LO QUE HA HECHO, SIEMPRE ES POSIBLE EMPEZAR DE NUEVO: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL JUBILEO DEL MUNDO PENITENCIARIO (13/12/2025)
Queridos hermanos y hermanas, celebramos hoy el Jubileo de la esperanza para el mundo carcelario, para los detenidos y para todos aquellos que se ocupan de la realidad penitenciaria. Con una elección llena de significado, lo hacemos en el Tercer domingo de Adviento, que la liturgia define como “¡Gaudete!”, por las palabras con las que comienza la Antífona de entrada de la Santa Misa (cf. Flp 4, 4). En el Año litúrgico, es el domingo “de la alegría”, que nos recuerda la dimensión luminosa de la espera: la confianza en que algo hermoso, gozoso sucederá.
A este respecto, el 26 de diciembre del año pasado, el Papa Francisco, al abrir la Puerta Santa en la iglesia del Padre nuestro, en el Centro de detención de Rebibbia, lanzaba una invitación a todos: «Dos cosas les digo – afirmaba –. Primero: la cuerda en la mano, con el ancla de la esperanza. Segundo: abran de par en par las puertas del corazón». Haciendo referencia a la imagen de un ancla lanzada hacia la eternidad, más allá de cualquier barrera de espacio y tiempo (cf. Heb 6, 17-20), nos invitaba a mantener viva la fe en la vida que nos espera y a creer siempre en la posibilidad de un futuro mejor. Al mismo tiempo, sin embargo, nos exhortaba a ser, con corazón generoso, constructores de justicia y caridad en los ambientes en los que vivimos.
Mientras se acerca la clausura del Año Jubilar, debemos reconocer que, a pesar del compromiso de muchos, también en el mundo carcelario hay mucho por hacer en esta dirección, y las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado – «volverán los rescatados por el Señor; y entrarán en Sion con gritos de júbilo» (Is 35, 10) – nos recuerdan que Dios es Aquél que rescata, que libera, y suenan como una misión importante y exigente para todos nosotros. Es verdad, la cárcel es un ambiente difícil e incluso los mejores propósitos pueden encontrar muchos obstáculos. Precisamente por eso, sin embargo, no hay que cansarse, desanimarse o retroceder, sino seguir adelante con tenacidad, valentía y espíritu de colaboración. Son muchos, de hecho, los que aún no comprenden que de toda caída hay que poder levantarse, que ningún ser humano coincide con lo que ha hecho y que la justicia es siempre un proceso de reparación y reconciliación.
Cuando, sin embargo, se conservan, incluso en condiciones difíciles, la belleza de los sentimientos, la sensibilidad, la atención a las necesidades de los demás, el respeto, la capacidad de misericordia y perdón, entonces, del duro terreno del sufrimiento y del pecado brotan flores maravillosas e incluso entre los muros de las prisiones maduran gestos, proyectos y encuentros únicos en su humanidad. Se trata de un trabajo sobre los propios sentimientos y pensamientos, necesario para las personas privadas de la libertad, pero antes aún para quienes tienen la gran responsabilidad de representar junto a ellos y para ellos la justicia. El Jubileo es una llamada a la conversión y, precisamente así, es motivo de esperanza y alegría.
Por eso es importante contemplar ante todo a Jesús, a su humanidad, a su Reino, en el que «los ciegos recobran la vista, los cojos caminan; [...] a los pobres se les anuncia el Evangelio» (Mt 11, 5), recordando que, si a veces dichos milagros ocurren gracias a intervenciones extraordinarias de Dios, con mayor frecuencia se nos confían a nosotros, a nuestra compasión, a la atención, a la sabiduría y a la responsabilidad de nuestras comunidades e instituciones.
Y esto nos lleva a otra dimensión de la profecía que hemos escuchado: el compromiso de promover en todos los ambientes – y hoy subrayamos particularmente en las cárceles – una civilización fundada en nuevos criterios y, finalmente en la caridad, como decía San Pablo VI en la conclusión del Año Jubilar de 1975: «Ésta – la caridad – querría ser, especialmente en el plano de la vida pública, […] el principio de la nueva hora de gracia y de buena voluntad, que el calendario de la historia abre ante nosotros: ¡la civilización del amor!” (Audiencia General, 31 diciembre 1975).
Con esta finalidad, el Papa Francisco deseaba, en particular, que se pudieran conceder, para el Año Santo, también «formas de amnistía o de condonación de la pena orientadas a ayudar a las personas a recuperar la confianza en sí mismas y en la sociedad» (Bula Spes non confundit, 10) y ofrecer a todos oportunidades reales de reinserción (cf. ibid.). Confío en que en muchos países se dé seguimiento a su deseo. El Jubileo, como sabemos, en su origen bíblico era precisamente un año de gracia en el que, a cada uno, de muchas maneras, se les ofrecía la posibilidad de empezar de nuevo (cf. Lv 25, 8-10).
También el Evangelio que hemos escuchado nos habla de esto. Juan el Bautista, mientras predicaba y bautizaba, invitaba al pueblo a convertirse y a atravesar de nuevo, simbólicamente, el río, como en tiempos de Josué (cf. Jos 3, 17), para tomar posesión de la nueva “tierra prometida”, es decir, de un corazón reconciliado con Dios y con los hermanos. Y es elocuente, en este sentido, su figura de profeta: era recto, austero, franco hasta el punto de ser encarcelado por la valentía de sus palabras – no era «una caña agitada por el viento» (Mt 11, 7) –; y, sin embargo, al mismo tiempo era rico en misericordia y comprensión hacia quienes, sinceramente arrepentidos, buscaban trabajosamente cambiar (cf. Lc 3, 10-14).
San Agustín, al respecto, en su famoso comentario al episodio evangélico de la adúltera perdonada (cf. Jn 8, 1-11), concluye diciendo: «Yéndose los acusadores, quedaron solos […] la mísera y la misericordia. Y a ella el Señor le dijo: […] vete y no peques más» (Jn 8, 1-11) (Sermón 302, 14).
Muy queridos todos, la tarea que el Señor les confía – a todos, detenidos y responsables del mundo carcelario – no es fácil. Los problemas que hay que afrontar son muchos. Pensemos en la sobrepoblación, en el compromiso aún insuficiente para garantizar programas educativos estables de recuperación y oportunidades de trabajo. Y no olvidemos, a nivel más personal, el peso del pasado, las heridas que hay que curar en el cuerpo y en el corazón, las desilusiones, la infinita paciencia que se necesita, consigo mismo y con los demás, cuando se emprenden caminos de conversión, y la tentación de rendirse o de ya no perdonar. El Señor, sin embargo, más allá de todo, sigue repitiéndonos que una sola cosa es importante: que nadie se pierda (cf. Jn 6, 39) y que todos «se salven» (1 Tim 2, 4).
¡Que nadie se pierda! ¡Que todos se salven! Esto quiere nuestro Dios, este es su Reino, a esto se orienta su acción en el mundo. Al acercarse la Navidad, queremos abrazar también nosotros, aún con más fuerza, su sueño, constantes en nuestro compromiso (cf. Sant 5, 8) y confiados. Porque sabemos que, incluso ante los desafíos más grandes, no estamos solos: el Señor está cerca (cf. Flp 4, 5), camina con nosotros y, con Él a nuestro lado, siempre algo hermoso y gozoso sucederá.

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