LA PAZ DE DIOS NACE DE UN SOLLOZO ACOGIDO: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DEL DÍA DE NAVIDAD (25/12/2025)

Roma amaneció, este 25 de diciembre, bajo una intensa lluvia que cae sobre la ciudad desde hace varios días, pero este clima adverso no fue un impedimento para que miles de personas se dirigieran a la Basílica de San Pedro para acompañar al Papa León XIV en su primera Navidad como Sumo Pontífice. La ocasión tuvo, además, un componente muy especial, pues la última vez que un Pontífice había presidido la Misa el mismo día de Navidad fue en 1994, con Juan Pablo II. Durante su homilía, el Santo Padre reflexionó sobre el misterio de la Encarnación, señalando que el Verbo de Dios se manifiesta paradójicamente sin saber hablar, como un recién nacido que sólo llora. Explicó que esta “carne” representa la desnudez radical de quienes hoy carecen de palabra y dignidad. Transcribimos a continuación, el texto de su homilía, traducido del italiano:

Hermanas y hermanos muy queridos:

«Prorrumpan en gritos de alegría» (Is 52, 9), grita el mensajero de paz a quien se encuentra entre las ruinas de una ciudad que debe ser totalmente reconstruida. Aún llenos de polvo y heridos, sus pies son hermosos – escribe el profeta (cf. Is 52, 7) – porque, a través de caminos largos y difíciles, han llevado un anuncio gozoso, en el que ahora todo renace. ¡Es un nuevo día! También nosotros participamos en este punto de inflexión, en el que pareciera que aún nadie cree: la paz existe y está ya en medio de nosotros.

«Les dejo la paz, les doy mi paz. No como la da el mundo, yo se las doy a ustedes» (Jn 14, 27); así habló Jesús a sus discípulos, a los que poco tiempo antes había lavado los pies, mensajeros de paz que desde ahí deberían correr a través del mundo, sin cansarse, para revelar a todos el «poder de convertirse en hijos de Dios» (Jn 1, 12). Hoy, por tanto, no sólo somos sorprendidos por la paz que ya está aquí, sino que celebramos cómo este don nos ha sido dado. En el cómo, de hecho, brilla la diferencia divina que nos hace prorrumpir en cantos de alegría. Así, en todo el mundo, la Navidad es, por excelencia, una fiesta de música y de cantos.

También el prólogo del cuarto Evangelio es un himno y tiene como protagonista al Verbo de Dios. El “verbo” es una palabra que actúa. Esta es una característica de la Palabra de Dios: nunca queda sin efecto. Viéndolo bien, también muchas de nuestras palabras producen efectos, a veces no deseados. Sí, las palabras actúan. Pero he aquí la sorpresa que la liturgia de la Navidad coloca frente a nosotros: el Verbo de Dios aparece y no sabe hablar, viene a nosotros como recién nacido que sólo llora y solloza. «Se hizo carne» (Jn 1, 14) y, si bien crecerá y un día aprenderá la lengua de su pueblo, lo que ahora habla es sólo su sencilla, frágil presencia. «Carne» es la radical desnudez de quien en Belén y en el Calvario carece también de palabra; como no tienen palabra tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. La carne humana requiere cuidado, invoca acogida y reconocimiento, busca manos capaces de ternura y mentes dispuestas a la atención, desea palabras buenas.

«Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron. A cuantos, sin embargo, lo acogieron les dio el poder de convertirse en hijos de Dios» (Jn 1, 11-12). Este es el modo paradójico en el que la paz está ya entre nosotros: el don de Dios es fascinante, busca acogida y activa la dedicación. Nos sorprende porque se expone al rechazo, nos encanta porque nos arrebata de la indiferencia. Es un verdadero poder en de convertirse en hijos de Dios: un poder que permanece enterrado mientras permanezcamos indiferentes al llanto de los niños y a la fragilidad de los ancianos, al silencio impotente de las víctimas y a la resignada melancolía del que hace el mal que no quiere.

Como escribió el amado Papa Francisco, para llamarnos a la alegría del Evangelio: «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos refugios personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo del drama humano, para que aceptemos realmente entrar en contacto con la existencia concreta de los demás y conozcamos la fuerza de la ternura» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 270).

Queridos hermanos y hermanas, puesto que el Verbo se hizo carne, ahora la carne habla, grita el deseo divino de encontrarnos. El Verbo ha establecido entre nosotros su frágil tienda. ¿Y cómo no pensar en las tiendas de Gaza, desde hace semanas expuestas a las lluvias, al viento y al frío, y en las de tantos otros desplazados y refugiados en cada continente, o en los refugios improvisados de miles de personas sin hogar, dentro de nuestras ciudades? Frágil es la carne de las poblaciones indefensas, puestas a prueba por tantas guerras en curso o terminadas dejando escombros y heridas abiertas. Frágiles son las mentes y las vidas de los jóvenes obligados a las armas que, precisamente en el frente advierten la insensatez de lo que se les pide y la mentira de la que están imbuidos los rimbombantes discursos de quien los manda a morir.

Cuando la fragilidad de los demás nos penetra el corazón, cuando el dolor ajeno hace añicos nuestras certezas graníticas, entonces ya comienza la paz. La paz de Dios nace de un sollozo acogido, de un llanto escuchado; nace entre ruinas que invocan nuevas solidaridades, nace de sueños y visiones que, como profecías, invierten el curso de la historia. Sí, todo esto existe, porque Jesús es el Logos, el sentido a partir del cual todo ha sido formado. «Todo fue hecho por medio suyo y sin él no se hizo nada de lo que existe» (Jn 1, 3). Este misterio nos interpela desde los Nacimientos que hemos construido, nos abre los ojos a un mundo donde la Palabra todavía resuena, «muchas veces y de diversas maneras» (cf. Heb 1, 1), y nos sigue llamando a la conversión.

Es verdad, el Evangelio no esconde la resistencia de las tinieblas a la luz, describe el camino de la Palabra de Dios como un camino escabroso, diseminado de obstáculos. Hasta hoy los auténticos mensajeros de paz siguen al Verbo por este camino, que finalmente alcanza los corazones; corazones inquietos, que a menudo desean precisamente aquello a lo que se resisten. Así, la Navidad motiva de nuevo a una Iglesia misionera, impulsándola sobre senderos que la Palabra de Dios le ha trazado. No servimos a una palabra prepotente – estas ya resuenan por todas partes – sino a una presencia que suscita el bien, que conoce su eficacia, que no se atribuye su monopolio.

Este es el camino de la misión: un camino hacia el otro. En Dios cada palabra es palabra dirigida, es una invitación a la conversación, palabra nunca igual a sí misma. Es la renovación que el Concilio Vaticano II ha promovido y que veremos florecer sólo si caminamos junto con toda la humanidad, nunca separándonos de ella. Mundano es lo contrario: tener como centro a uno mismo. El movimiento de la Encarnación es un dinamismo de diálogo. Habrá paz cuando nuestros monólogos se interrumpan y, fecundados por la escucha, caigamos de rodillas ante la carne desnuda de los demás. La Virgen María es precisamente en esto la Madre de la Iglesia, la Estrella de la evangelización, la Reina de la paz. En ella comprendemos que nada nace de la exhibición de la fuerza y todo renace del silencioso poder de la vida acogida.

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