EL MUNDO DESEA UN PROYECTO LIBERADOR Y PACÍFICO, NO ESTRATEGIAS ARMADAS: HOMILÍA DE LEÓN XVI EN LAS PRIMERAS VÍSPERAS DE LA SOLEMNIDAD DE MARÍA SANTÍSIMA, MADRE DE DIOS (31/12/2025)
Queridos hermanos y hermanas:
La liturgia de las Primeras Vísperas de la Madre de Dios es de una riqueza singular, que le viene tanto del vertiginoso misterio que celebra, como de su ubicación precisamente al final del año solar. Las antífonas de los salmos y del Magnificat insisten en el evento paradójico de un Dios que nace de una virgen, o, dicho al revés, de la maternidad divina de María. Y al mismo tiempo esta Solemnidad, que concluye la Octava de Navidad, recubre el paso de un año al otro y extiende sobre éste la bendición de Aquél «que era, que es y que viene» (Ap 1, 8). Pero aún más, hoy la celebramos al término del Jubileo, en el corazón de Roma, junto a la Tumba de Pedro, y entonces el Te Deum que resonará dentro de poco en esta Basílica querrá dilatarse para dar voz a todos los corazones y rostros que han pasado bajo estas bóvedas y por las calles de esta ciudad.
Hemos escuchado en la Lectura bíblica una de las asombrosas síntesis del apóstol Pablo: «Cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción como hijos (Gal 4, 4-5). Esta forma de presentar el misterio de Cristo hace pensar en un designio, un designio grande sobre la historia humana. Un designio misterioso, pero con un centro claro, como un alto monte iluminado por el sol en medio de un bosque espeso: este centro es la «plenitud de los tiempos».
Y precisamente esta palabra – “designio” – hace eco en el cántico de la Carta a los Efesios: «El designio de recapitular en Cristo todos las cosas / las del cielo y las de la tierra. / En su benevolencia él lo había preestablecido / para realizarlo en la plenitud de los tiempos» (Ef 1, 9-10).
Hermanas, hermanos, en este nuestro tiempo sentimos la necesidad de un designio sabio, benévolo, misericordioso. Que sea un proyecto libre y liberador, pacífico, fiel, como el que la Virgen María proclamó en su cántico de alabanza: «De generación en generación su misericordia / se extiende sobre aquellos que lo temen» (Lc 1, 50).
Otros designios, sin embargo, hoy como ayer, envuelven al mundo. Son más bien estrategias, que buscan conquistar mercados, territorios, zonas de influencia. Estrategias armadas, disfrazadas con discursos hipócritas, proclamas ideológicas, falsos motivos religiosos.
Pero la Santa Madre de Dios, la más pequeña y la más alta entre las criaturas, ve las cosas con la mirada de Dios; ve que con el poder de su brazo el Altísimo dispersa los planes de los soberbios, derriba a los poderosos de sus tronos y enaltece a los humildes, llena de bienes las manos de los hambrientos y vacía las de los ricos (cf. Lc 1, 51-53).
La Madre de Jesús es la mujer con la cual Dios, en la plenitud de los tiempos, escribió la Palabra que revela el misterio. No la impuso: se la propuso primero a su corazón y, recibido su “sí”, la escribió con inefable amor en su carne. Así la esperanza de Dios se entrelazó con la esperanza de María, descendiente de Abraham según la carne y sobre todo según la fe.
A Dios le gusta esperar con el corazón de los pequeños, y lo hace involucrándolos en su designio de salvación. Cuanto más hermoso es el designio, más grande es la esperanza. Y, en efecto, el mundo avanza así, impulsado por la esperanza de muchas personas sencillas, desconocidas, pero no para Dios, que a pesar de todo creen en un mañana mejor, porque saben que el futuro está en las manos de Aquél que les ofrece la esperanza más grande.
Una de estas personas era Simón, un pescador de Galilea, que Jesús llamó Pedro. Dios Padre le dio una fe tan franca y generosa que el Señor pudo construir sobre él su comunidad (cf. Mt 16, 18). Y nosotros estamos todavía hoy aquí para orar junto a su tumba, donde peregrinos de todas partes del mundo vienen a renovar su fe en Jesucristo Hijo de Dios. Esto ha ocurrido de manera especial durante el Año Santo que está por concluir.
El Jubileo es un gran signo de un mundo nuevo, renovado y reconciliado según el designio de Dios. Y en este designio la Providencia reservó un lugar particular a esta ciudad de Roma. No por sus glorias, no por su poder, sino porque aquí derramaron su sangre por Cristo, Pedro y Pablo y muchos otros Mártires. Por eso Roma es la ciudad del Jubileo.
¿Qué podemos desearle a Roma? Que esté a la altura de sus pequeños. De los niños, de los ancianos solos y frágiles, de las familias a las que les cuesta más trabajo salir adelante, de hombres y mujeres venidos desde lejos esperando una vida digna.
Hoy, muy queridos todos, agradecemos a Dios por el don del Jubileo, que ha sido un gran signo de su designio de esperanza en el hombre y en el mundo. Y agradecemos a todos aquellos que en los meses y días de 2025 han trabajado al servicio de los peregrinos y para hacer a Roma más acogedora. Este había sido, hace un año, el deseo del amado Papa Francisco. Quisiera que lo siguiera siendo, y diría todavía más después de este tiempo de gracia. Que esta ciudad, animada por la esperanza cristiana, pueda estar al servicio del designio de amor de Dios sobre la familia humana. Que nos lo conceda la intercesión de la Santa Madre de Dios, Salus Populi Romani.

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