¡DIOS NUNCA DESECHA NUESTRA VIDA!: ÁNGELUS DEL 04/10/2026

“La parábola evangélica que se proclama en la liturgia de este domingo nos habla de la vida de Jesús e ilumina el sentido de su misión”, explicó el Papa León XIV este 4 de octubre al mediodía en su reflexión sobre el Evangelio de hoy, antes de la oración del Ángelus con los miles de fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro, subrayando que “Él es el Hijo de Dios enviado al mundo, pero es rechazado precisamente por aquellos que deberían haberlo acogido con los brazos abiertos”. Compartimos a continuación el texto completo de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo:

La parábola evangélica que se proclama en la liturgia de este domingo habla de la vida de Jesús e ilumina el sentido de su misión (cf. Mt 21, 33-43). Él es el Hijo de Dios enviado al mundo que, sin embargo, es rechazado precisamente por aquellos que deberían haberlo acogido con los brazos abiertos. El que ha venido a traer la salvación, recibe una condena; el que quiere entregar la vida, es condenado a muerte. Mientras nos hace reflexionar sobre las muchas crueldades que arruinan al mundo y la historia de los pueblos, la enseñanza de Cristo revela la cada vez mayor misericordia de su Padre.

Ese violento rechazo, de hecho, no rompe la voluntad de Dios, que en su infinita justicia transforma el mal en rescate: «La piedra que los constructores desecharon se ha convertido en la piedra angular» (Mt 21, 42; cf. Sal 118, 22). Jesús mismo recuerda estas palabras del salmo, que celebra la obra maravillosa realizada por el Señor: precisamente lo descartado se convierte en el fundamento que sostiene todo. Este es el modo en que el Todopoderoso guía la historia, socorriéndonos en todas nuestras caídas: ¡Dios nunca desecha nuestra vida!

Según la imagen usada en la parábola, la viña que hay que cultivar con justicia es la Iglesia, que construimos o dañamos con nuestras decisiones. A este respecto, precisamente hoy, en el octavo centenario de su muerte, deseo recordar a un obrero que trabajó con gran fruto en la viña del Señor: San Francisco de Asís, al cual Jesús mismo pidió que reparara su Iglesia. Inspirado por el Crucificado, Francisco edificó ante todo su propia vida sobre el fundamento de Cristo, compartiendo su pobreza, su alegría y sus sufrimientos, hasta el místico signo de los estigmas. Hombre de oración ardiente, lleno de caridad hacia todos, fue ejemplo para los primeros frailes que compartieron su ascesis como auténtica condición para la reforma de la Iglesia. San Francisco la reparó en virtud de la fe en el Señor Jesús, sanando las grietas de la discordia con el testimonio del amor fraterno.

Muy queridos todos, el carisma de San Francisco da fruto todavía hoy, después de ocho siglos: dan testimonio de ello no sólo la gran y dinámica familia franciscana, sino los muchos dones que su herencia espiritual difunde en el Pueblo de Dios. Mientras, entonces, celebramos el Año Jubilar Franciscano, pidamos con perseverancia el don de la paz y comprometámonos sinceramente a construir la concordia entre los pueblos.

Que en esta obra nos acompañe siempre la intercesión de María Santísima, nuestra Madre, a quien ahora nos dirigimos, espiritualmente unidos a los fieles reunidos en el Santuario de Pompeya para elevar la Súplica a la Virgen del Santo Rosario.

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