CATEQUESIS DE LEÓN XIV: LA FE ES UNA REALIDAD ENCARNADA, ENTRETEJIDA CON LA CULTURA (28/10/2026)

Por la mañana de este 28 de octubre, el Papa León XIV continuó con su ciclo de catequesis sobre los documentos del Concilio Vaticano II, refiriéndose hoy al segundo capítulo de la segunda parte de la Constitución pastoral Gaudium et spes (GS), en el cual el Concilio afronta el tema de la cultura y de sus relaciones con la fe cristiana. “La Constitución Gaudium et spes nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones humanas. Al contrario, nos exhorta con estas palabras: «Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura» (GS, 62)”, dijo el Santo Padre en su catequesis, cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Los documentos del Concilio Vaticano II.
IV. Constitución Gaudium et spes. 7. La relación entre la fe y la cultura (GS, 53-62)

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos:

El Concilio Vaticano II no podía dejar de hablar de la cultura y de sus relaciones con la fe cristiana. Lo hace en el segundo capítulo de la segunda parte de la Constitución Gaudium et spes (GS).

La Iglesia católica siempre se ha preocupado por acompañar la predicación del Evangelio con la institución de escuelas de todo tipo, destinadas a acrecentar la formación humana, cultural y espiritual de hombres y mujeres de los cinco continentes. Las universidades medievales nacieron, como sabemos, del corazón de la Iglesia, contribuyendo de manera determinante al desarrollo de la civilización occidental. Al mismo tiempo, el progreso de la cultura y de los conocimientos plantea interrogantes siempre nuevos y más profundos, estimulando a los creyentes a dar razón de su fe (cf. 1 Pe 3, 15-17). Finalmente, como expresiones de la dimensión espiritual del ser humano, las diversas manifestaciones de la cultura contribuyen a abrir las mentes a las preguntas permanentes sobre el sentido del mundo y de la existencia humana, preparando así para acoger el Evangelio de Jesucristo.

La relación entre la fe y la cultura encuentra su fundamento principal en la Encarnación: si la Palabra divina se hizo carne y vino a habitar en medio de nosotros (cf. Jn 1, 14), entonces también la fe es una realidad encarnada, entretejida con la cultura en la que está inmersa. Ella está llamada también a convertirse en cultura, es decir, a llegar a la persona en su ambiente de vida, hecho de palabras humanas, tradiciones, sentido religioso, arte y poesía, pensamiento y ciencia. Como le gustaba repetir a San Juan Pablo II, «una fe que no se vuelve cultura es una fe no plenamente acogida, no enteramente pensada, no fielmente vivida». [1]

La fe puede encarnarse en cualquier cultura, porque no se identifica con ninguna de ellas de manera específica. Ella las habita moldeándolas desde dentro según la “forma” de Jesucristo, es decir, con la caridad, el servicio, el reconocimiento filial de la paternidad de Dios. Así, la Iglesia capta en las diversas culturas lo que hay en ellas de bueno, bello y verdadero, para encarnar y transmitir el mensaje del Evangelio. Al mismo tiempo, puesto siendo «enviada a todos los pueblos de cualquier tiempo y lugar, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a ninguna raza o nación, a ningún particular forma de vivir, a ninguna costumbre antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y al mismo tiempo consciente de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; dicha comunión enriquece tanto a la Iglesia misma como a las diferentes culturas» (GS, 58).

La Iglesia promueve la cultura porque esta es un bien en sí misma, es un servicio al ser humano y al cumplimiento de su vocación en la tierra. Por esta razón, Gaudium et spes exhorta a la comunidad internacional para que todos puedan tener acceso a los bienes culturales fundamentales, superando el analfabetismo y la falta de instrucción. Todos aquellos que son capaces para tener acceso a los estudios superiores – afirma el Concilio con valentía – deben ser colocados en condición para poder hacerlo efectivamente. Además, es «deber de todos hacer lo necesario para que la participación propia y necesaria de la mujer en la vida cultural sea reconocida y promovida» (GS, 60).

Además, Gaudium et spes sostiene la necesidad de orientar la enseñanza hacia cierta unidad del saber, a pesar de que las cambiantes condiciones de vida puedan hacerlo más difícil (cf. GS, 61). Los cristianos son los primeros que deben esforzarse por realizar esta unidad sapiencial, ante todo en sí mismos. Aunque hayan recibido de la Revelación las respuestas a las grandes preguntas de la existencia, no están por ello dispensados de una paciente formación intelectual y cultural; más aún, sus conocimientos humanos y científicos deben avanzar al mismo paso con los contenidos de su fe, que irán profundizando continuamente con la edad y según el nivel de sus estudios. Un particular llamado el Concilio lo dirige a los teólogos: «Los que se dedican a las ciencias teológicas [...] empéñense en colaborar con los hombres que sobresalen en las otras ciencias, poniendo en común sus fuerzas y opiniones. La investigación teológica, mientras busca el conocimiento profundo de la verdad revelada, que no pierda el contacto con su tiempo, para poder ayudar a los hombres competentes en los diversas ramas del saber a adquirir un más pleno conocimiento de la fe» (GS, 62).

Hermanos y hermanas, la Constitución Gaudium et spes nos recomienda no vivir la fe con un espíritu de contraposición u hostilidad hacia el mundo, la cultura y sus expresiones humanas, sino, más bien, nos exhorta así: «los fieles, por tanto, vivan en muy estrecha unión con los hombres de su tiempo y que se esfuercen por penetrar perfectamente en su manera de pensar y de sentir, los cuales se expresan mediante la cultura» (GS, 62). Alcanzar una síntesis madura y responsable entre fe y cultura es, de hecho, una condición necesaria para la perseverancia en la vocación cristiana, pero también un requisito indispensable para dar testimonio de la fe al mundo y comunicarla a los demás de manera creíble.


[1] San Juan Pablo II, Discurso a los participantes en el Congreso del Movimiento Eclesial de Compromiso Cultural (MEIC), 16 de enero de 1982.

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