CATEQUESIS DE LEÓN XIV: EL MATRIMONIO, ENTREGA RECÍPROCA QUE EXIGE PLENA FIDELIDAD Y UNIDAD INDISOLUBLE (21/10/2026)

“La enseñanza de Gaudium et spes sobre la comunidad conyugal y familiar llega entonces a hacer evidente la función social de la familia, definida como «una escuela de humanidad muy rica» y «fundamento de la sociedad»”. Así lo dijo el Papa León XIV en la Audiencia General de este 21 de octubre, al continuar con su ciclo de catequesis dedicados a reflexionar sobre los documentos del Concilio Vaticano II. El Santo Padre reiteró que “«la vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado», rechazando «el aborto y el infanticidio»; y que «los actos específicos de la vida conyugal, ordenados según la verdadera dignidad humana, deben ser respetados con gran estima»”. Compartimos a continuación el texto completo de su catequesis, traducido del italiano:

Los documentos del Concilio Vaticano II.
IV. Constitución pastoral Gaudium et spes 6. El compromiso con la familia en la sociedad de hoy (GS, 47-52)

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Lo primero que quiero decirles es: ¡gracias! Gracias por el apoyo de sus oraciones. Gracias a Dios por su generosidad. Renovemos todos nuestra confianza en la bondad, en la misericordia de Dios.

La Constitución Pastoral Gaudium et spes (GS) del Concilio Vaticano II, después de haber ilustrado, en la primera parte, la dignidad de la persona y su vocación en el mundo, en la segunda parte, «a la luz del Evangelio y de la experiencia humana», considera algunos problemas contemporáneos más urgentes (cf. GS, 46). La atención se centra en primer lugar, en el matrimonio y la familia, con la convicción de que «el bien de la persona y de la sociedad humana y cristiana está estrechamente conectado a una feliz situación de la comunidad conyugal y familiar» (GS, 47).

Con dicho objetivo, no se reiteran simplemente sus valores y sus fines, sino que plantea una concepción renovada del matrimonio como «íntima comunidad de vida y de amor conyugal» (GS, 48). Integrando la dimensión jurídica del matrimonio como contrato, el fundamento de dicha unión se reconoce en el «pacto conyugal», entendido como el «acto humano por el cual los cónyuges se dan y se reciben mutuamente» (ibid.). La donación recíproca del hombre y de la mujer, de modo que «ya no son dos, sino una sola carne» (Mt 19, 6), motiva la exigencia de la «plena fidelidad» y de la «indisoluble unidad» de los cónyuges, encontrando una expresión viva en la procreación y en la educación de los hijos (cf. GS, 48). Reflejo de la Trinidad divina, el amor conyugal y parental, a través del Sacramento del matrimonio, «es apoyado y enriquecido por la fuerza redentora de Cristo», para que los cónyuges puedan amarse el uno a la otra «como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella» (ibid.).

Después de haber iluminado la realidad del matrimonio a la luz del amor de Cristo, que es verdad del amor humano y divino, Gaudium et spes dirige la atención al amor conyugal y a la fecundidad matrimonial. No limitándose al atractivo erótico, que también forma parte de él, el amor conyugal involucra toda la voluntad de los esposos, reavivando los afectos del alma y expresándose mediante sentimientos y gestos de ternura (cf. GS, 49). Abarcando el bien de toda la persona del hombre y de la mujer, iguales en dignidad, este amor impregna toda la vida de los cónyuges, encontrando expresión en los actos exclusivamente propios del matrimonio (cf. ibid.). Mientras que significa el amor integral de persona a persona, la singular intimidad de los esposos favorece su entrega mutua y enriquece su recíproca alegría (cf. ibid.).

La fecundidad del amor conyugal, además, se expresa en la procreación de los hijos, «el don más excelente del matrimonio» (GS, 50). Transmitiendo y educando la vida humana, que nunca debe ser descartada, los esposos se convierten en «cooperadores del amor de Dios Creador y casi sus intérpretes» (ibid.). Llamados a dicha responsabilidad humana y cristiana, están llamados a dejarse guiar por un juicio recto acerca de su propio bien y el de sus hijos, ya nacidos o todavía por venir. Dicho juicio que, en último término, los esposos deben formular ante Dios, exige que su conciencia se conforme a la ley divina, interpretada por el Magisterio eclesial a la luz del Evangelio (cf. ibid.).

La valoración de la comunión amorosa y de la fecundidad procreativa en el matrimonio lleva al Concilio a excluir que pueda haber «contradicción verdadera entre las leyes divinas, que rigen la transmisión obligatoria de la vida, y las que favorecen el auténtico amor conyugal» (GS, 51); y a afirmar, en cambio, que «cuando se trata de poner de acuerdo el amor conyugal con la transmisión […] de la vida» se debe «mantener en un contexto de verdadero amor, el significado total de la mutua entrega y de la procreación humana» (ibid.). De ello se deriva tanto que «la vida, una vez concebida, debe ser protegida con el máximo cuidado», rechazando «el aborto y el infanticidio»; y que «los actos específicos de la vida conyugal, ordenados según la verdadera dignidad humana, deben ser respetados con gran estima» (ibid.).

La enseñanza de Gaudium et spes sobre la comunidad conyugal y familiar llega entonces a hacer evidente la función social de la familia, definida como «una escuela de humanidad muy rica» y «fundamento de la sociedad» (GS, 52), recordando a todos aquellos que tienen responsabilidades sociales, especialmente en el ámbito político y cultural, el deber de «colaborar eficazmente en la promoción del matrimonio y de la familia» (ibid.).

Muy queridos todos, este compromiso es más urgente que nunca. La Iglesia lo sabe bien, como demuestra la preocupación pastoral de los Papas que se han sucedido después del último Concilio, hasta la doble Asamblea sinodal deseada por el Papa Francisco, sobre la cual volvieron, en los días pasados, los jefes de las Iglesias Orientales Católicas y los Presidentes de las Conferencias Episcopales. Que la Sagrada Familia de Nazaret nos ilumine en el camino y proteja a las familias de todo el mundo.

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