SIN FAMILIAS SÓLIDAS, EL MUNDO NO TIENE PORVENIR: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA POR EL ANIVERSARIO DE “AMORIS LAETITIA”, LEÍDA POR EL CARD. TAGLE (14/10/2026)

«La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia». Así, hace diez años, el Santo Padre Francisco iniciaba la Exhortación Apostólica “Amoris laetitia” y con estas palabras, inició la homilía preparada por el Papa León XIV, que fue pronunciada por el Cardenal Luis Antonio Tagle, recientemente nombrado Decano del Colegio Cardenalicio, durante la Santa Misa al término del encuentro por el décimo aniversario de la publicación de la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, que el purpurado presidió este 14 de octubre por la mañana en la Plaza de San Pedro. Los trabajos del Encuentro que hoy concluyó se realizaron «tratando de asimilar su riqueza y de poner en práctica sus indicaciones pastorales», recuerda el Santo Padre en el texto de la homilía que preparó y cuyo texto compartimos a continuación, traducido del italiano:

Ahora leeré la homilía preparada por el Santo Padre, el Papa León XIV.

«La alegría del amor que se vive en las familias es también el júbilo de la Iglesia» (Francisco, Exhort. ap. Amoris laetitia, 19 marzo 2016, 1). Así el Santo Padre Francisco, hace diez años, iniciaba la Exhortación Apostólica Amoris laetitia (AL).

Hoy celebramos la Eucaristía presentando al Señor los frutos del trabajo realizado sobre el Documento en este período, tratando de asimilar su riqueza y de poner en práctica sus indicaciones pastorales.

La liturgia de este día nos ofrece al respecto algunos puntos de reflexión. Escuchamos, en la primera lectura, el “himno a la caridad” de San Pablo (cf. 1 Cor 12, 31-13,13), que la Exhortación, en el capítulo cuarto, pone como base de una rica meditación sobre las virtudes del Matrimonio cristiano, unión «afectiva, espiritual y oblativa» (AL, 120) e icono del amor de Dios (cf. AL, 121). Es, de hecho, a través de estos valores que los esposos, a imagen de la Trinidad y con la ayuda de la gracia, crecen juntos, día a día, madurando cada uno en su propia peculiaridad y, al mismo tiempo, realizando esa mutua semejanza que crece a partir del «proyecto estable de compartir y construir juntos toda la existencia» (AL, 123). Así, la verdadera alegría del amor es un lento fundirse juntos, en la cual la singularidad de uno florece, en el don, a través de la presencia del otro.

El Apóstol, por lo demás, dirigía sus palabras a una comunidad rica en dones y carismas (cf. 1 Cor 12, 4-11), pero necesitada de madurar en la caridad. Recordaba a los Corintios que, sin ella, a pesar de todos los talentos recibidos, el hombre es como «bronce que resuena o como platillo que retumba» (1 Cor 13, 1): una voz desprovista de amor, un oído incapaz de llevar mensajes al corazón, una individualidad distante, fría, impenetrable.

No estamos hechos para esto. Nos lo recordó también el Salmo responsorial, definiéndonos como “pueblo” y “rebaño” de un Dios cuyo «amor es para siempre» y cuya fidelidad se extiende «de generación en generación» (Sal 99, 5), de un Señor que ama sin hacerse para atrás, que nunca deja de buscarnos, de darnos confianza y de renovarnos su amistad.

Es esta la caridad que Amoris laetitia nos invita a poner como fundamento de nuestras familias. Es el amor verdadero al que nos exhorta, en modo particular, a educar a los jóvenes que se preparan para el Matrimonio, enseñándoles «la importancia de las virtudes», entre las cuales un lugar especial se asigna a la castidad, «condición preciosa para el crecimiento genuino del amor interpersonal» (AL, 206). Son encomiables, con dicho objetivo, los caminos que con esfuerzo se realizan a nivel parroquial o de zonas pastorales. Recordemos, sin embargo, que estos programas por sí solos no bastan, si no van precedidos y apoyados por una educación para el amor que acompañe todo el crecimiento, desde la infancia. El Papa Francisco, al respecto, observaba que «aprender a amar a alguien no es algo que se improvisa, ni puede ser el objetivo de un […] curso previo a la celebración del matrimonio» (AL, 208). Y explicaba: «En realidad, cada persona se prepara para el matrimonio desde el nacimiento» (ibid.), y todo lo que un joven vive en familia debe contribuir a «hacerlo capaz de un compromiso pleno y definitivo» (ibid.).

Así, la caridad doméstica, concreta, a la que no faltan momentos de dificultad, de errores y caídas, y al mismo tiempo maravillosa en su impredecible cotidianidad, es la primera escuela de los afectos, el primer aprendizaje precioso e insustituible de la “alegría del amor”. Por ello, merecen ser valorados y apoyados los esfuerzos de tantas familias que, en nuestras ciudades y pueblos, viven su vocación y misión día a día, sin hacer ruido, pero con fidelidad a veces heroica. Ellas son una respuesta generosa y comprensible para todos a las palabras de Jesús que escuchamos en el Evangelio: «No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes y los he constituido para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca» (Jn 15, 16). A través del testimonio de estos padres, hijos, abuelos, jóvenes y ancianos, pequeños y grandes, el mensaje de verdad y plenitud de vida del Evangelio se difunde eficazmente en el mundo.

El Evangelista Juan nos relató el mensaje sencillo y claro que nos dejó Jesús al final de su vida terrenal: «Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15, 12). Pongámoslo en práctica, para crecer como Iglesia que es «familia de familias» (AL, 87), en un clima de cuidado recíproco del que todos obtendremos beneficio: los jóvenes esposos, que se sentirán animados mientras inician su vida matrimonial; los padres, que contarán con ayuda para afrontar los desafíos exigentes vinculados con el crecimiento de los hijos y el manejo de la vida familiar; los ancianos, que verán reconocido y valorado su papel de testigos de sabiduría y virtud, mientras las fuerzas físicas disminuyen. Aquí encontrará apoyo y motivación incluso el más frágil, o quien vive situaciones difíciles y momentos de crisis, rodeado de afecto y protegido de juicios y prejuicios. Recordemos que, «por muy herida que pueda estar una familia, ésta puede siempre crecer a partir del amor» (XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Relatio finalis, 1).

En esta caridad, fundamental para nuestra propia existencia y nuestra convivencia como seres humanos, profundizan además sus raíces también los valores de la apertura y el respeto hacia la vida, desde la concepción hasta el fin natural. De dichos valores la familia es depositaria por excelencia, como faro para el bien de la humanidad. El Papa Francisco, al respecto, subrayaba que «ninguna unión precaria o cerrada a la transmisión de la vida […] asegura el futuro de la sociedad» (AL, 52). Sin familias sólidas, abiertas al don de los hijos, atentas a su educación y crecimiento, el mundo no tiene porvenir.

En los textos que hemos escuchado hay, sin embargo, una importante invitación de Jesús que quisiera recordar: la de “pedir al Padre en su nombre” (cf. Jn 15, 16). Estas palabras nos recuerdan que la familia es lugar privilegiado de oración. Hay que reconocer, lamentablemente, que hoy, en muchas partes del mundo, la costumbre de orar juntos entre los muros domésticos – antes de los alimentos, al principio y al final del día, o en ocasiones particulares – se ha debilitado mucho. Amoris laetitia nos recuerda que hacerlo es fundamental: «Hay que subrayar – afirma – la importancia de la espiritualidad familiar, de la oración y de la participación en la Eucaristía dominical» (AL, 223), y recomienda que también entre las familias se reúnan «regularmente para promover el crecimiento de la vida espiritual y la solidaridad en las exigencias concretas de la vida» (ibid.). La oración común y los Sacramentos tienen un papel muy relevante en la vida familiar porque, al abrir los corazones a la acción de Dios, permiten llegar juntos incluso allí a donde solos nunca llegaríamos. Son un alimento sólido y una medicina saludable; por lo tanto, exhorto fervientemente a todos a redescubrir y promover esta práctica.

Queridos hermanos y hermanas, tengo además el honor de presidir esta celebración con un mandato especial del Santo Padre León XIV, con el fin de manifestar públicamente la comunión eclesiástica que Él ha concedido a Su Beatitud Polis III Nona, Patriarca de Baghdad de los Caldeos, que participa en esta Eucaristía.

La comunión de un Patriarca con el Sucesor de Pedro recuerda una práctica antigua, que consagraba la unidad en la fe y en la caridad de una Iglesia patriarcal con la Sede de Roma y, en aquella época, de las propias Iglesias entre sí: no representa, entonces, una mera formalidad, sino una realidad viva, que toma su razón de ser en la Comunión eucarística, fuente y culmen de la unidad de la Iglesia en Cristo.

Beatitud, su presencia nos ayuda a comprender mejor nuestro ser Iglesia, comunión en Cristo Señor de Iglesias de diversos ritos y tradiciones en la unidad visiblemente manifestada con el Sucesor de Pedro. Le aseguramos el afecto de toda la Iglesia católica y la oración por los fieles encomendados a sus cuidados pastorales, desde hace tiempo puestos a prueba, pero firmes y, a menudo, heroicos al dar testimonio, en medio de muchas adversidades, de la fe en Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, encomendamos a todas las familias y a toda la Iglesia a la Sagrada Familia de Nazaret, retomando la oración planteada por el Papa Francisco al final de Amoris laetitia.

«Sagrada Familia de Nazaret,
haz de nuestras familias
lugares de comunión y cenáculos de oración,
auténticas escuelas de Evangelio
y pequeñas iglesias domésticas. […]
Que nunca más haya en las familias
episodios de violencia, de cerrazón y división;
[…] que quien haya sido herido o escandalizado
sea pronto consolado y curado.
[…] Haz que todos nos hagamos conscientes
del carácter sagrado e inviolable de la familia,
de su belleza en el proyecto de Dios.
Jesús, María y José,
escúchenos y acojan nuestra súplica. Amén.» (AL, 325).

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