EL ESTUDIO COMO SERVICIO A LA FE Y A LA VERDAD: HOMILÍA DE LEÓN XIV EN LA MISA DE APERTURA DEL AÑO ACADÉMICO DE LAS UNIVERSIDADES PONTIFICIAS (08/10/2026)

Llevar la vida al estudio y el estudio a la vida, abrir las puertas, no encerrarse, porque mientras más nos alejamos de la realidad que el Hijo de Dios encarnado asumió y habitó, menos tendremos algo que decir y posibilidades de entender. Estas son algunas de las recomendaciones del Papa León XIV a los estudiantes, docentes e investigadores de las Universidades Pontificias, pronunciadas en su homilía de la Misa de inauguración del Año Académico celebrada, este 8 de octubre por la tarde, en la Basílica de San Pedro en el Vaticano y cuyo texto reproducimos a continuación, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la Eucaristía invocando el don del Espíritu Santo, para que el inicio de un nuevo año académico en las Universidades Pontificias sea algo más que un simple retomar las actividades de estudio y de investigación. Deseamos abrir la inteligencia y las relaciones educativas al soplo creador del Resucitado, que da paz y unidad, para asumir cada uno la propia tarea y responder así a Dios que llama y a una humanidad en espera. Que sea, por tanto, este nuevo inicio un verdadero momento eclesial, en el cual estar reunidos en torno a la mesa del Señor alimente nuestra misión común. Ninguno, entonces, enseñará, estudiará, investigará sólo para sí mismo, sino con los demás, para los demás y, sobre todo, con el Señor y para el Señor. Como hemos escuchado en la Carta a los Gálatas, de hecho, la inteligencia es determinante para la fe y la misión.

El apóstol Pablo, preocupado por las noticias recibidas de las comunidades de Galacia, escribe palabras que invitan a los destinatarios de la Carta a pensar. El tono es vibrante, encendido, pero aquello que podría parecer un reclamo, es en realidad una llamada a la inteligencia, a la memoria, al sentido crítico. En cualquier época, no faltan falsos maestros que dirigen hacia sus propios intereses el sentimiento religioso de no pocos creyentes, impulsándolos a menudo a radicalizar algún aspecto de la enseñanza recibida, en detrimento de la totalidad, que es Cristo y su Evangelio.

Muy queridos todos, estimen el estudio como servicio a la fe y a la verdad, por el bien de ustedes y el de tantos hermanos y hermanas por quienes el Señor entregó su vida. Si bien, de hecho, el encuentro con Él genera alegría y entusiasmo, nunca se trata de ser “fascinados” o “encantados” (cf. Gal 3, 1). La razón, plantearse y plantear preguntas, a la luz de la Palabra de Dios y de la Tradición de la Iglesia, son parte esencial del camino de fe en el seguimiento de Jesucristo. La Iglesia tiene, por eso mismo, el deseo y la responsabilidad de custodiar íntegro el tesoro de la Revelación y de desarrollar en los diversos contextos, su inteligencia orante, su reflexión científica, su mediación cultural y su traducción práctica. Son estas, todas ellas, expresiones de un único amor, que hoy los llama, los sostiene y los compromete en la búsqueda común. ¡Es una misión! Diversas son nuestras vocaciones, pero única es la misión.

Encontramos, además, una sugerencia más en las palabras del Apóstol. Él, de hecho, invita a los Gálatas a recordar desde dónde habían comenzado. Escribe: «¿Están tan faltos de inteligencia que, después de haber comenzado en el signo del Espíritu, ahora quieren terminar en el signo de la carne? ¿Han sufrido tanto en vano?» (Gal 3, 3-4). La inteligencia, entonces, debe hacer memoria: no simplemente uniendo datos, como un algoritmo ya lo hace más rápido que nosotros, sino recordando las experiencias vividas, con las resonancias que sólo el alma humana puede sentir y entrando más intensamente en contacto con su bondad. Todo lo que es bueno comienza “en el signo del Espíritu Santo” y tiene, entonces, un aliento, un dinamismo, un sentido de comunión que, una vez experimentados, se imprimen en el corazón. La rutina, las ambiciones, las rivalidades y otros factores negativos pueden con el tiempo distraer atención y energía, dejándonos áridos y débiles, belicosos y tristes. Hace falta, entonces, volver al corazón. Allí comenzó todo, allí está el inicio que permanece con nosotros. Muy queridos todos, ¡custodien el corazón! Ya sean estudiantes, investigadores o docentes, custodien el corazón para que cada edad y responsabilidad sean vividas “en el signo del Espíritu”.

Muy queridos todos, en la universidad cultiven la amistad, don precioso, mucho más cuando es vivida en la búsqueda común de la verdad en Cristo. Manténgase arraigados en el Pueblo de Dios, aprecien el sensus fidei, acojan sus preguntas. Y no se olviden de los pobres, que a veces son ese amigo inoportuno, que viene a tocar la puerta por la noche (cf. Lc 11, 5-13). Lleven la vida al estudio y el estudio a la vida, según la lógica de la Encarnación, fuera de la cual guarda silencio la Revelación. Sí, entre más nos alejamos de toda la realidad que el Hijo de Dios asumió y habitó con infinito amor, menos tendremos algo que decir y posibilidad de entender. Hermanas, hermanos, escuchemos el deseo de Dios que hoy vuelve a llamar a la puerta y llevémoslo a la investigación científica. Compartamos aquello que nos alimenta. Son muchos los que no tienen las mismas oportunidades formativas que nosotros hemos recibido. Abramos la puerta, no nos encerremos.

Como he sugerido en mi primera Encíclica, estamos hoy llamados a asumir la actitud del pueblo en el tiempo de Nehemías, para construir la ciudad que Dios desea habitar con toda la humanidad en la paz (cf. Carta enc. Magnifica humanitas, 8). Cada uno tiene su tarea en este lugar de construcción, en el cual es importante trabajar juntos. Por ejemplo, los que tratan con la fragmentación del saber y con el impacto de las nuevas tecnologías sobre la mente humana se dan cuenta de que «es necesario promover una verdadera higiene de la atención: ritmos que prevean silencio, estudio profundo, lectura, análisis ponderado; sin estos elementos, la libertad interior puede verse comprometida» (ibid., 146).

El estudio de la Teología no es ajeno a estos retos, pero en la construcción de la “ciudad de Dios”, su investigación contribuye a iluminar el trabajo de todos, poniéndose como encrucijada de los distintos saberes. En particular, la comunidad eclesial que está en Roma, con su vocación de servir a toda la catolicidad, es punto de encuentro, de discusión y recíproco enriquecimiento entre sensibilidades, culturas y tradiciones diversas, en las cuales el Evangelio revela sus tesoros inagotables.

Queridos hermanos y hermanas, que puedan vivir con plenitud estos sus años romanos. ¡No los dejen pasar en vano! Aquí, Pedro confesó su fe hasta el martirio. Aquí, Pablo, el gran traductor universal de la experiencia cristiana para tantos pueblos, lenguas y culturas, terminó su carrera conservando la fe (cf. 2 Tim 4, 7). En la universidad, miren a su alrededor: en sus aulas se sienta el mundo. A su lado estudian personas provenientes de África, de Asia, de América, de Europa y de Oceanía. No se limiten a sentarse al lado: encuéntrense, hablen entre ustedes, escúchense, cuéntense sus experiencias de Iglesia, oren juntos, compartan momentos de ocio, hagan nacer amistades que los acompañarán durante toda la vida.

El Señor nos dijo: «Pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá» (Lc 11, 9-10). Confiados en esta promesa, perseveremos unidos en la oración. Encomendemos el nuevo año académico a la maternal intercesión de la Virgen María, Trono de la Sabiduría, y acojamos al Espíritu Santo que nuestro Padre celestial no deja que falte a aquellos que lo piden con confianza filial.

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