LA FAMILIA SIGUE SIENDO LA CLAVE DE UNA FRATERNIDAD UNIVERSAL: DISCURSO DE APERTURA DE LEÓN XIV EN EL ENCUENTRO SOBRE “AMORIS LAETITIA” (07/10/2026)

El Papa León XIV inauguró este 7 de octubre, en el Aula Pablo VI, las sesiones de trabajo de «Diez años de Amoris Laetitia: Proclamando el Evangelio con las familias hoy», un encuentro en el Vaticano con parejas, líderes de las Iglesias orientales y Presidentes de las Conferencias Episcopales. El Santo Padre pidió interpretar y dejarse interrogar por las realidades de las familias de hoy, especialmente, en su debilidad y resiliencia, en sus esperanzas y decepciones. Reproducimos a continuación el texto de su discurso, traducido del inglés:

Mis queridos hermanos en el Episcopado, queridas familias, queridos hermanos y hermanas:

He querido convocar este encuentro diez años después de la publicación de Amoris laetitia, y les agradezco que hayan organizado sus compromisos para que pudiéramos pasar estos días juntos. Doy las gracias cordialmente a los matrimonios y a todos aquellos que han venido a compartir algo de sus vidas en Cristo y que participarán en nuestras conversaciones, así como a los expertos y facilitadores.

Permítanme comenzar recordando el largo y fructífero camino sinodal y misionero que la Iglesia ha recorrido en relación con el matrimonio y la familia, un camino que estamos llamados a continuar.

La familia siempre ha tenido un lugar importante en la preocupación pastoral del Sucesor de Pedro y de los Obispos que lo asisten mediante su participación en el Sínodo de los Obispos. El Sínodo de 1980 retomó un deseo ya expresado por el Papa Juan Pablo I durante su breve pontificado, que eventualmente condujo a la Exhortación Apostólica Familiaris consortio de San Juan Pablo II.

Al inicio de su pontificado, el Papa Francisco volvió a situar a la familia en el centro de un proceso sinodal, reconociendo la necesidad de continuar el discernimiento de la Iglesia ante los profundos cambios que afectan un área tan estrechamente vinculada con su misión en el mundo actual. Ese camino llevó, hace diez años, a la Exhortación Apostólica Amoris laetitia.

Al respecto, la Iglesia ha seguido el camino indicado por el Concilio Vaticano II. Cuando los Padres conciliares situaron la dignidad del matrimonio y de la familia al principio de la segunda parte de la Gaudium et spes, reconocieron que la vida familiar ofrece un punto privilegiado de acceso a las grandes cuestiones culturales, económicas, sociales y políticas de nuestro tiempo, incluida la labor de promover la paz entre los pueblos. La interdependencia de estas cuestiones se ha hecho aún más evidente hoy, siempre a la luz de la Palabra de Dios: «“Dios los creó hombre y mujer”. Por esto, un hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa» (Mc 10, 6-7). La familia sigue siendo clave para un enfoque que mantenga unido lo local y lo global, guiado por la búsqueda de una fraternidad universal en Cristo que el Evangelio nos llama a construir con todos. Esta historia de más de medio siglo coloca sobre nuestro encuentro una responsabilidad particular como pastores, mientras la vocación sinodal de toda la Iglesia sigue desarrollándose.

Dentro de esta historia, Amoris laetitia marcó una etapa importante, y los diez años transcurridos desde su publicación se han vuelto parte de la vida de nuestras Iglesias particulares. Durante este tiempo, la Exhortación Apostólica ha sido acogida en diferentes culturas y contextos pastorales, ha acompañado la vida concreta de las familias y ha inspirado iniciativas y procesos.

Estos son los diez años que ahora presentamos ante el Señor Jesús. Con la guía del Espíritu Santo, observar atentamente lo que ha acontecido puede ayudarnos a reconocer más profundamente lo que Cristo ha estado enseñando a su Iglesia a lo largo de estos años.

Los Hechos de los Apóstoles nos ofrecen una hermosa imagen de lo que estamos a punto de hacer. Al final de su viaje misionero, Pablo y Bernabé reunieron a la Iglesia y «le relataron todo lo que Dios había hecho con ellos» (Hch 14, 27). Más tarde, mientras se dirigían a Jerusalén, atravesaron Fenicia y Samaria contando lo que había sucedido en la misión, y su relato trajo gran alegría a los hermanos y hermanas. Al llegar a Jerusalén, fueron bienvenidos por la Iglesia, los Apóstoles y los presbíteros, y una vez más «contaron todo lo que Dios había hecho con ellos» (15, 4).

Hay algo de este movimiento en nuestra propia reunión. Como ya he dicho, la Iglesia ha pasado estos diez años recibiendo la Amoris laetitia y caminando con las familias en muchas circunstancias diversas.

También traemos historias de lo que Dios ha hecho entre nosotros. Son historias recogidas a lo largo del camino de la misión: historias de conversión, de frutos inesperados y de las relaciones que Dios ha tejido dentro de las familias mientras nuestras comunidades han buscado acompañarlas, junto con las dificultades que hemos enfrentado, las preguntas que han surgido y lo que hemos aprendido en el camino. Nos dan confianza al comenzar nuestro trabajo juntos. Presentémoslas ante el Señor, compartámoslas entre nosotros, buscando reconocer lo que Dios ha estado haciendo en medio de nosotros y hacia dónde su Espíritu está guiando a la Iglesia hoy.

En mi mensaje del 19 de marzo, en el décimo aniversario de Amoris laetitia, recordé que «hay, de hecho, lugares y circunstancias en los que la Iglesia “puede convertirse en sal de la tierra” sólo a través de los fieles laicos y, en particular, de las familias». De hecho, Amoris laetitia nos invita a tomar en serio esta vocación y responsabilidad. Las propias familias participan en la misión de la Iglesia en el tejido ordinario de sus vidas, a través del amor y la fidelidad, el cuidado y el perdón, la educación de los hijos, sus esfuerzos por transmitir la fe, la atención a los ancianos y a los vulnerables, y las muchas formas en que sirven a sus comunidades y a la sociedad. De todas estas maneras, las familias dan testimonio del Evangelio y contribuyen a la vida y a la misión de la Iglesia.

Como pastores, hemos recibido la responsabilidad, a tiempo y a destiempo, de proclamar la belleza del plan de Dios para el matrimonio y la familia, así como su llamada al amor y a la ternura. Esto nos desafía a acompañar a las personas mientras buscan vivir su vocación en las circunstancias concretas de sus vidas.

Este ministerio nos sitúa también en una escuela de la escucha. La sabiduría del Pueblo de Dios nos llega a través de nuestra fe común, que ilumina a todas las familias, incluidas situaciones marcadas por dificultades, soledad y, en ocasiones, incluso un aparente fracaso. El Señor mismo nos enseña con paciencia cuando nos tomamos el tiempo para escuchar, y sin duda tenemos mucho que aprender de las familias.

Sus vidas también nos plantean preguntas que merecen ser afrontadas con valentía. En muchos contextos, una distancia creciente ha surgido entre las formas en que el sexo y la intimidad se viven, y la visión cristiana del matrimonio. Los jóvenes siguen anhelando el amor, la fidelidad y la pertenencia, sin embargo, muchos encuentran difícil el aceptar cómo dicha visión del amor puede tomar forma en sus propias vidas o creer que un compromiso para toda la vida es la condición necesaria para alcanzar lo que desean. La inseguridad económica, la migración, la violencia, la soledad y otras formas de fragilidad emocional también moldean las decisiones que toman las personas y las posibilidades que pueden imaginar para su futuro.

Estas realidades plantean una serie de preguntas que debemos afrontar con valentía. ¿Qué buscan realmente las personas tras estos cambios culturales? ¿Qué nos revelan sus alegrías y esperanzas, sus penas y sus ansiedades? ¿En qué aspectos nuestro lenguaje pastoral y nuestras prácticas logran abrir un camino, y en cuáles no consiguen llegar al corazón de las personas o apoyar sus esfuerzos por hacer lo que es bueno? ¿Qué nos está enseñando la experiencia vivida por las familias – una experiencia de la que aún no hemos aprendido del todo? ¿Qué podemos ofrecer como formación para una vida familiar sana y santa? En particular, ¿qué podemos aprender de los padres mientras buscan acompañar a sus niños y jóvenes en tales contextos?

La fragilidad merece una atención especial, ya que puede moldear profundamente la forma en que las personas se ven a sí mismas, ven su futuro e incluso su relación con Dios y con la Iglesia. La experiencia de la fragilidad hace surgir la pregunta de si somos capaces de mantenernos cerca unos de otros cuando la vida ya no corresponde con lo que habíamos esperado de ella, y si podemos reconocer la obra de la gracia incluso en situaciones marcadas por las limitaciones, las heridas y el aparente fracaso.

También al respecto, la experiencia de las familias tiene algo que enseñarnos a todos, ya que la fragilidad pertenece a nuestra condición humana común y, por lo tanto, también a la vida de la Iglesia. Todos conocemos la brecha entre el bien que deseamos y lo que somos capaces de vivir. Necesitamos la gracia, el perdón y nuevos comienzos para cumplir la voluntad de Dios, y aprendemos que la fidelidad es en sí misma una gracia que hay que recibir y un camino que hay que renovar gradualmente, a menudo a través de las pruebas. Reconocer este desafío compartido debería marcar la forma en que nos acompañamos mutuamente en la Iglesia. ¿Qué clase de Iglesia, entonces, encuentran las personas precisamente cuando son más frágiles? ¿Nuestras comunidades les ayudan a descubrir que siguen teniendo un lugar, una responsabilidad y dones que ofrecer? ¿Puede la verdad que proclamamos encontrarse a través de la paciencia, la cercanía y la misericordia de nuestra presencia pastoral? ¿Cómo podemos anunciarles la plenitud de la enseñanza del Evangelio sobre la familia?

Durante estos días, los invito a dar a dichas preguntas todo su peso. El Espíritu Santo a menudo habla a través de las mismas situaciones que nos desafían, y nos ilumina para que podamos descubrir cómo la misericordia de Dios y la gracia salvífica de Cristo pueden llegar a nuestras familias hoy, particularmente en su debilidad y su resiliencia, en sus esperanzas y decepciones, en su anhelo de comunión y en su búsqueda de sentido. Nuestra tarea, por tanto, no es sólo interpretar estas realidades, sino dejar que nos interroguen y motiven nuestra responsabilidad pastoral, para que la Iglesia pueda encontrar formas renovadas de anunciar el Evangelio, ofrecer las gracias sacramentales, acompañar a las familias y hacer visible la ternura con la que Cristo sigue caminando entre su pueblo.

Que nuestro diálogo entre nosotros esté marcado por la libertad evangélica que vemos en los Hechos de los Apóstoles. Podemos compartir lo que nos ha traído alegría en nuestras Iglesias, lo que nos ha desafiado y qué preguntas han surgido con mayor claridad a través de la experiencia. Más aún, la diversidad de las situaciones de las que procedemos puede convertirse en un don para el discernimiento de toda la Iglesia.

El Marco Temático preparado para esta reunión está diseñado para mantener presente la amplitud de Amoris laetitia ante nosotros y traer la Exhortación apostólica a una conversación con lo que nuestras Iglesias han experimentado durante estos últimos diez años. Inspirémonos en la riqueza de la palabra de Cristo y de la tradición de la Iglesia. El programa se ha hecho público para que el Pueblo de Dios pueda acompañar nuestro trabajo mediante la oración y la reflexión sinodal.

Por nuestra parte, escucharnos unos a otros, dejar que lo que oímos resuene en nuestro interior y permanecer atentos a las inspiraciones del Espíritu Santo puede despertar la creatividad pastoral que necesitamos ante los nuevos interrogantes.

Es por ello que nuestro retiro común de esta tarde y la oración con la que comenzaremos cada día, están en el corazón de nuestra labor. Pido al Señor que nos ayude a recoger los frutos que Amoris laetitia ha dado en nuestras Iglesias locales, para que puedan alimentar a toda la Iglesia.

Espero que, a través de las numerosas historias que ustedes traen de sus Iglesias y de los distintos contextos culturales, una narrativa compartida de estos diez años vaya tomando forma gradualmente, que esté marcada por la alegría y la esperanza, y que nos permita afrontar con honestidad las pruebas y dificultades que aún permanecen. Esto alimentará el discernimiento pastoral de las Conferencias Episcopales y de las estructuras jerárquicas de las Iglesias Orientales. Asimismo, ayudará a las Iglesias locales a reconocer nuevos caminos y a involucrar a todos los bautizados más profundamente en el camino sinodal de la Iglesia. Pediría también que todos mantengamos la discreción y la confidencialidad que este tiempo de escucha y discernimiento requiere.

Que el Señor nos conceda la libertad de escucharnos unos a otros, la sabiduría para reconocer su obra entre su pueblo y el valor para seguirlo adonde nos guíe, para que, cada día, el Evangelio pueda convertirse cada vez más plenamente en buena nueva para las familias de todo el mundo. Gracias.

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