NO SON LAS ARMAS ATÓMICAS LAS QUE GENERAN LA PAZ, SINO EL DESARME: SE PUBLICA UN LIBRO CON DISCURSOS DEL PAPA SOBRE LA PAZ [21/07/2026]
LEÓN XIV
«¡La paz esté con ustedes!»: este fue el primer saludo que Jesús Resucitado dirigió a sus apóstoles [Jn 20, 19]. Este es también el primer don que Cristo resucitado ofreció a sus amigos y a todo el mundo: la paz. Este don, sin embargo, no llegaba “a bajo costo”: el cuerpo glorioso del Maestro de Nazaret mostraba las llagas de la Pasión. Él atravesó el odio, la violencia, la crucifixión del mundo. Jesucristo sufrió la injusticia, desarmado y desarmante, y resucitó. El anuncio evangélico se insertaba y se inserta en la historia. Hoy, como hace dos mil años.
La paz es el gran deseo que agita muchos corazones, pero es también a menudo amenazada, pisoteada, ridiculizada. Hoy en día, unos 103 Estados están involucrados de alguna manera en una guerra en la Tierra [1]. Las armas retumban y matan en Ucrania, en Medio Oriente, en Sudán, en Myanmar, en Yemen, en el Congo y en muchas otras situaciones.
Mi amado predecesor, el Papa Francisco, acuñó en su momento la expresión «Tercera Guerra Mundial a pedazos» para describir una situación de conflicto generalizado, sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Al repasar mis intervenciones sobre este tema, ahora recopiladas en esta antología, quiero subrayar algunos aspectos que me preocupan especialmente.
Ante todo, la paz es una responsabilidad. Si el primer instinto ante un problema que nos encontramos, ante una tensión que vivimos, ante una ofensa que sufrimos es el de juzgar a los demás, acusarlos e incluso condenarlos, será fatal que primero la indiferencia y luego el odio se desarrollen a nuestro alrededor. Existe una forma de ver la realidad que destruye y no construye. En cambio, la paz empieza por mí. Empieza por nosotros.
San Agustín decía: «Son tiempos difíciles, son tiempos duros, tiempos de desventuras. Vivan bien y, con una vida buena, cambien los tiempos: cambien los tiempos y no tendrán de qué lamentarse» [2]. No podemos pedir la paz a los poderosos del mundo si no empezamos a vivirla nosotros mismos, a partir de nuestras relaciones cotidianas: en nuestras familias, en nuestras casas, en nuestras ciudades, en los lugares donde trabajamos. La paz se construye con pequeños gestos cotidianos: una sonrisa regalada, una injuria perdonada, una palabra amable.
Además, la paz se edifica con la verdad. Incluso quienes hacen la guerra afirman actuar “en nombre” de la paz. Nadie tiene la desfachatez de declarar que quiere la guerra por la guerra: incluso los poderosos de la Tierra saben que toda persona aspira a la justicia y desea vivir en paz. Sobre todo, después de las terribles consecuencias de los sucesos de Hiroshima y Nagasaki, recurrir a la guerra es cada vez más una «aventura sin retorno», como señaló San Juan Pablo II [3].
He recordado en varias ocasiones el sentido llamado que San Pablo VI dirigió a la Asamblea de las Naciones Unidas. Lo que une a los hombres, hacía notar mi venerado predecesor, es un pacto sellado «con un juramento que debe cambiar la historia futura del mundo: ¡nunca más la guerra, nunca más la guerra! ¡La paz, la paz debe guiar el destino de los pueblos y de toda la humanidad!» [4].
Sobre todo, en la era atómica, la afirmación de la verdad debe abrirse paso: no son las armas atómicas las que generan la paz, sino el desarme. Dicha verdad, que parecía aclarada en las últimas décadas, durante las cuales hemos asistido a una desescalada nuclear, se ha visto empañada por una carrera armamentista que hoy asusta y aterroriza. Como escribió el cantautor y poeta Bob Dylan, dirigiéndose en sentido figurado a la Bomba atómica, en uno de sus poemas: «Te odio porque te ha creado el hombre, y el hombre te posee y te maneja» [5].
La Iglesia plantea humildemente, hoy, a la atención de todos una pregunta: ¿la especie humana debe seguir habitando la Tierra? La combinación del dominio cibernético con el rearme global induce a plantear seriamente dicha cuestión.
La paz busca testigos. Esta antología nos lo hace presente con la fuerza de muchos rostros. Las figuras de las que aquí se habla, entre ellas, el Beato Floribert Bwana Chui, los Siervos de Dios Giorgio La Pira y Dorothy Day, son emblemáticas de tantos hombres y mujeres que, en primera persona, han promovido la paz, venciendo la tentación de la corrupción, socorriendo a los pobres, favoreciendo la diplomacia.
Junto a hombres y mujeres conocidos, la paz se encarna en “protagonistas no famosos” que han seguido su propia conciencia. Ya ha ocurrido en la historia que se ha llegado cerca de una catástrofe nuclear. Las crónicas relatan que la decisión de un solo hombre, el oficial soviético Stanislav Petrov, contribuyó a evitar una posible guerra atómica mundial: era el 26 de septiembre de 1983. Los radares del búnker cercano a Moscú, donde Petrov estaba de guardia, detectaron el lanzamiento de varios misiles balísticos intercontinentales desde Estados Unidos dirigidos hacia la Unión Soviética. Se trataba, sin embargo, de un error del sistema satelital soviético de localización. Petrov, contraviniendo las órdenes, decidió no informar del presunto ataque: una decisión tomada con la conciencia de quien sabía que ese simple gesto habría podido causar millones de muertos.
Un mundo en el que sean las máquinas, por muy sofisticadas y más veloces que nosotros, las que decidieran un bombardeo sobre personas inermes sería realmente aterrador. La conciencia de un solo hombre puede valer el mundo entero.
La paz, finalmente, necesita esperanza. La Iglesia seguirá predicando la caridad hacia todos los hombres y mujeres. Si hay algo que el mundo está buscando hoy, creo que es un mensaje de esperanza para el futuro. Miremos hacia el mañana con esperanza, habiendo encontrado en el mensaje de Jesús la única fuente. Porque la esencia de la enseñanza de Cristo es esta: la caridad, el amor, el dar la vida por los demás vencen a la muerte, al aislamiento, a la violencia: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10, 10).
A quienes se arriesgan a caer en la tentación de la desesperación ante las numerosas guerras en curso en el mundo, les dirijo la invitación que ya el Papa Pío XI extendió a toda la Iglesia: «Demos gracias a Dios porque nos hace vivir en tiempos difíciles. Ahora, a nadie le está permitido ser mediocre». Que Dios nos guíe por los caminos de la no violencia. Que los creyentes y las personas de buena voluntad nunca dejen de actuar como constructores de pacificación. Que cada uno haga de la paz la causa de su propia vida.
Desde el Vaticano, 19 de junio de 2026
[1] cf. Global Peace Index 2026, Sidney 2026.
[2] San Agustín de Hipona, Discursos, 311, 8.8.
[3] San Juan Pablo II, Oración por la paz, 2 de febrero 1991.
[4] San Pablo VI, Discurso ante las Naciones Unidas, 4 de octubre 1965.
[5] Bob Dylan, Go Away You Bomb, 1963.

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