DEN ESPACIO EN ESTOS DÍAS DE DESCANSO A LA PALABRA DE DIOS: ÁNGELUS DEL 12/07/2026

El Papa León XIV presidió este 12 de julio la oración del Ángelus desde la Villa de Castel Gandolfo, residencia de verano donde se encuentra actualmente hasta el próximo 27 de julio. Asomado a la Plaza de la Libertad de la localidad italiana, el Pontífice reflexionó sobre la parábola del sembrador narrada por el evangelista Mateo para recordar la generosidad con la que Dios siembra su Palabra en el corazón de cada persona y la confianza que deposita en la humanidad, incluso cuando encuentra dificultades para que esa semilla dé fruto. Compartimos a continuación el texto de su alocución, traducido del italiano:

Queridos hermanos y hermanas, buenos días y feliz domingo:

Hoy, en la liturgia, el evangelista Mateo nos presenta la parábola del sembrador (cf. Mt 13, 1-23), que describe la generosidad y la confianza con las que Dios esparce su Palabra en nuestro corazón y su poder en nosotros.

Jesús mismo, el Verbo hecho hombre, que dio la vida por nuestra salvación, es la semilla que el Padre sigue esparciendo en el mundo para que, muriendo, dé mucho fruto (cf. Jn 12, 24). Es verdad, a veces, encuentra en nosotros un terreno duro e insensible; otras veces distraído, semejante al suelo pisoteado de los senderos, al terreno pedregoso, a los matorrales de espinos; pero hay momentos en los que encuentra una tierra receptiva y fértil, y entonces se producen milagros de amor capaces de cambiar todo lo demás, como ciertamente hemos experimentado también nosotros en nuestra vida. Por eso el Padre no deja de sembrar, porque sabe que el poder de su amor es más fuerte que nuestra debilidad (cf. 2 Cor 12, 9-10).

San Juan Crisóstomo, refiriéndose a la “semilla” de la Palabra de Dios, afirma: «¿Cómo puede ser razonable sembrar sobre espinas, en terreno pedregoso, en el camino? En el caso de las semillas y de la tierra no sería razonable, mientras que en el caso de las almas y de las enseñanzas eso es muy loable». (Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 44, 3), porque en las manos de Dios es posible que «el lugar pedregoso se transforme y se convierta en tierra fértil, que el camino ya no sea pisoteado y no esté expuesto a todos los que pasan, sino que se convierta en tierra fecunda, que las espinas desaparezcan y las semillas gocen de una situación de gran seguridad» (ibid.).

La generosidad de Dios hacia nosotros no es ingenua, sino sabia, y sabe captar en nosotros la posibilidad de un bien del cual, a veces, ni siquiera nosotros nos damos cuenta. Por eso el Señor, que conoce bien el terreno de nuestro corazón, mejor de lo que nosotros mismos lo conocemos, no deja de creer en nosotros, en lo que somos y en lo que podemos convertirnos, día tras día, si con fe nos abandonamos en Él.

Así, de la gratuidad y la confianza con las que la semilla es esparcida, y de la humildad y la disponibilidad con las que es recibida, crecen en nosotros y se difunden los frutos del Espíritu Santo, que son, como enseña San Pablo: «amor, alegría, paz, magnanimidad, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5, 22). ¡Cuánto necesita nuestro mundo de estos frutos: de ser colmado y transformado por ellos!

Comprometámonos, entonces, especialmente en estos días de vacaciones, a dar espacio a la escucha, a la lectura y a la meditación de la Palabra de Dios, cultivando, junto con el descanso y la sana diversión, también momentos significativos de silencio y de oración. Volveremos a nuestras ocupaciones habituales renovados en el cuerpo y en el espíritu, dispuestos a anunciar la Buena Noticia del Evangelio y cada vez más capaces de cooperar en el crecimiento del Reino de Dios.

Que nos ayude en esto María, Reina de los Apóstoles y Estrella de la evangelización.

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