SEAN UNA LUZ EN MEDIO DE LA OSCURIDAD QUE PUEDE PARECER SOBRECOGEDORA: VIDEO MENSAJE DE LEÓN XIV AL ENCUENTRO JUVENIL DE ANKAWA (08/07/2026)
Queridos jóvenes amigos:
Es un placer para mí saludar a todos ustedes que participan en el Encuentro Juvenil de Ankawa en la Arquieparquía de Erbil. Han llegado de distintos lugares de Irak para reunirse en una atmósfera de fe y comunión, y pido para que sea una oportunidad para todos ustedes para crecer en la amistad con Jesús y unos con otros. La juventud es un tiempo de la vida marcado por un deseo de hacer grandes cosas y marcar una diferencia en el mundo. Al respecto, me da gusto saber que el tema escogido para su encuentro este año es la misión. La Iglesia tiene una misión vital de servir al mundo compartiendo la luz de Cristo (cf. Jn 8, 12) y atrayendo a hombres y mujeres a la comunión con Dios. Ustedes comparten esta misión y los miro para que ayuden a moldear a la Iglesia – y al mundo – en los próximos años. Como he dicho antes, los jóvenes no son solamente el futuro de la Iglesia, sino también el presente.
No es siempre fácil ser luz en el mundo (cf. Mt 5, 13). De hecho, actualmente, están llamados a irradiar esta luz en una situación que a menudo ha estado marcada por la guerra y la inestabilidad. El Señor ha puesto una gran confianza en ustedes al confiarles esta misión, y yo también tengo gran confianza en todos ustedes. Ustedes deben ser la luz de Cristo en medio de una oscuridad que puede, a veces, parecer sobrecogedora. ¡No tengan miedo! Y no piensen que están solos en esta tarea. Yo estoy con ustedes; la Iglesia está con ustedes. Pongan su confianza en Jesús, escúchenlo en la oración y a través de la guía de otros, y permítanle guiarlos.
La luz es esencial para la vida en diferentes formas, y quisiera mencionar tres que pueden ayudar a guiarlos en esta misión. En primer lugar, la luz es necesaria para ver, lo que nos recuerda el don la fe. La fe en Dios no es un mecanismo para afrontar las dificultades de la vida. Más bien, es el reconocimiento de una realidad y vivir en la verdad, aprendiendo a ver el mundo, a los demás y a nosotros mismos como lo hace Dios. Requiere caminar otra vez de la vida con nuestros corazones y nuestros ojos fijos en nuestra verdadera patria (cf. Heb 11, 14), sabiendo que Dios está con nosotros aún cuando no podemos verlo. La manera en que viven debe también dar testimonio de su fe, de manera que otros puedan ver en ustedes la verdad y el sentido que ellos también desean y, por tanto, llegar a compartir en la misma luz.
El segundo aspecto de la luz es que provee calor, que simboliza el amor. Para ser luz para el mundo, primero debemos compartir en la luz y la vida de Cristo. Para participar en la misión, primero debemos descubrir una relación viva con Dios. Debemos llegar a conocerlo. Abriéndonos al amor transformador de Dios, recibimos la gracia necesaria para seguir a Jesús y abrazar la vida que él nos llama a vivir. Esta es la razón por la cual es tan importante pasar tiempo cada día en oración, y acercarse a Dios a través de los sacramentos, especialmente la Confesión y la Eucaristía. Fundamenten en sus corazones en el sólido cimiento del amor de Dios hacia ustedes; descubran el corazón de Cristo y no tengan miedo de construir sus vidas hacia él (cf. 1Jn 4, 16). Al hacerlo, no solamente encontrarán la plenitud que hacían, también serán capaces de compartir el calor del amor de Dios y el poder reconciliador de su gracia con aquellos a su alrededor.
Finalmente, la luz es necesaria para el crecimiento y la nueva vida, y es imagen de la esperanza. Arraigados en la caridad, están llamados particularmente a ser constructores de paz, a unir a los que están a su alrededor, y a infundir en otros la esperanza de un futuro marcado por una paz duradera. Quizá no sean capaces de controlar su situación o los desafíos que se les pedirá enfrentar, pero siempre pueden escoger permitir a la paz de Cristo reinar en sus corazones (cf. Col 3, 15). La virtud de la esperanza nos inspira a mirar hacia el cielo. Esto no quiere decir olvidarse del mundo, si no tener la confianza de compartir con él la paz y la vida que vienen de Cristo, cuya luz ilumina a la Nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 23).
Queridos jóvenes, nunca duden de la bondad de Dios y no tengan miedo del plan que el Señor tiene para cada una de sus vidas. El profeta Jeremías también tuvo que enfrentar momentos difíciles, y dio testimonio de que los planes del Señor son «para su bien y no para su mal, para darles un futuro con esperanza» (Jer 29, 11). Al encomendar a cada uno de ustedes a la maternal protección y guía de María, Madre de la Iglesia, pido para que durante estos días de renovación espiritual, puedan descubrir en ella el verdadero ejemplo de una vista totalmente entregada a la gracia de Dios.
Y que Dios Todopoderoso los bendiga a todos, el ✠ Padre, el ✠ Hijo, y el ✠ Espíritu Santo. Amén.

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